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¡Que todos los seres sean felices! 

     

 

 

                                                       ACTIVIDADES PRESENCIALES PARA EL NUEVO CURSO

                                           ¡Comenzamos! (Primera fase de conferencias, terapias y prácticas expresivas)

Estimados amigos: Les indicamos que comenzaremos a partir del día 5 de SEPTIEMBRE un nuevo ciclo de conferencias de psicología aplicada de la auto-realización, terapias e introducción a la meditación.

Se programan dos grupos, uno por la mañana: JUEVES a partir de las 11 horas, y otro por la tarde: LUNES a partir de las 19, 30 h.

Acercamos estas actividades desde nuestra Obra Social C.E.P.A. (Centro de Estudios de Psicología de la Auto-realización) a todos aquellos que deseen iniciar o bien continuar un adecuado programa de desarrollo personal y anímico.

Decirles que el taller de Coaching-y-Desarrollo-Personal_Las-Rozas_Crea-t«educación en valores» para instructores, profesores, padres o bien aquellas personas que deseen acercarse a este tipo de educación que brindamos los MARTES (18 h.) requiere inscripción previa.

De igual manera sucede con el taller de terapia y ejercicios que se realizará todos los JUEVES (18h.)

Les recordamos que la cuota de socio presencial es de 25 euros al mes, cuotas que permite acudir a todas las actividades que sean de su interés.

Aquellas personas que no puedan presencialmente acercarse a nuestros cursos y talleres, les ofrecemos un amplio programa de acercamiento a la Psicología de la Auto-realización como alumnos no-presenciales. O bien aquellos audios y libros pertinentes según las fases de desarrollo que se programan.

Agradecemos su interés. Para cualquier consulta, les sugerimos nos escriban a nuestro email: cepa@cepaluz.com; o bien nos llamen al teléfono 958580702
Les saluda, como presidente de C.E.P.A. Antonio Carranza

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(Fragmentos del III capítulo de libro «Resplandor y brisa» de Antonio Carranza)

Hay una diferencia notable entre CEDER y CONCEDER.

Concede la persona que es fuerte y es capaz de prescindir de sus pretensiones, en la medida en que siente como prioritaria la conciliación, pues el gozo y la satisfacción de los otros ya los siente como propios. Aquél que en beneficio de un bien mayor puede sacrificar o dejar a un lado su posición en favor de los demás, de posibilidades generales que solicitan un espíritu colaborador, de participación y solidaridad.

Concede el que otorga y hace merced de su nobleza, pues ha madurado para relativizar sus propias convicciones y necesidades.

cederEl espíritu reclama esta sintonía, pues aprecia como primordial la cooperación con la que el «Ego» pierde su postura y su falso gesto. El individuo, cuando concede, favorece la ley de la sinergia, cooperando decididamente con el plan de la Totalidad en el que todos estamos implicados. Es así como una persona aprende a amar y a desacoplar conscientemente su talante egocéntrico.

Cede el débil que, atrapado en su carencia, se deja llevar por la voluntad de otra persona o de la marejada social que cerca su decisión. El que se rinde y da por miedo, o bien porque se siente encogido ante la decisión de los demás. Como aún su satisfacción apunta a conseguir sus propios logros, como aún lo atosiga la necesidad y el deseo, cuando cede lo hace con dolor, a regañadientes y sujeto por la molestia que supone para su «Ego» prescindir.

El que cede desde la debilidad personal aún no ha conquistado su propia dignidad, afectando al cardias mediante un permanente desasosiego. Es el desasosiego de la baja auto-estima, de no hacer valer sus propias convicciones y de mantener ante los demás una continua refriega. Como reclama constantemente consideración ajena, al ceder se siente disminuido y sometido.

El espíritu del que se ve obligado a ceder sufre la dicotomía de esa precaria voluntad, y la mente interpretará como injusta la situación de dependencia y como sometimiento el poder que los demás ejercen sobre él.

El débil pues tenderá a compararse, a culpar a otras personas de su precaria situación, reclamando de continuo una ubicación personal que lo valide ante sí mismo y ante el mundo. No podrá por consiguiente, ser ecuánime, ni apreciar como oportuna la concesión ante el bien ajeno, puesto que no ha aprendido a amar. Diríamos que el amor es un brindis emocional que no puede permitírselo. En este orden de cosas, la persona inconsciente se encuentra acorralada por sus propias convicciones y ambiciones, que se convierten en el menester permanente de un Yo inestable.

Por Antonio Carranza

(Este libro estará disponible para aquél que lo desee, bajo previo pedido. P.V.P.- 15 euros.)

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LA COMUNICACIÓN:

«La comunicación es a la relación lo que la respiración a la vida» Virginia Satir.

¿Por qué es tan importante comunicar? Porque en la expresión no sólo el Yo personal se auto-determina, sino también a través de ella podemos sentir la complicidad de alguien que camina junto a nosotros y nos escucha. Esto, sin lugar a dudas, favorece todo el circuito sensorial humano, contribuyendo a la auto-estima y regenerando los lisosomas del cerebro. En consecuencia, la comunicación sana afecta a la propia regeneración celular del individuo, estableciendo salud y bienestar.

dinamica-distorsion-comunicacion-clinica-del-L-1La persona, según se desarrolla y evoluciona, experimenta como satisfactoria la escucha, aguza el oído a lo que oye del otro, pues aprende a auscultar con el alma y lo escuchado, por muy contrario que se muestre a sus formas de pensar y sentir, no cruje con dolor.

Habitualmente los seres humanos han amplificado el hábito de convertir a la persona que les sirve de interlocutor en un espejo donde proyectar la propia consideración. Esto significa que se ESPERA, aún inconscientemente, la confirmación de la otra persona a lo expuesto, y cuando no se produce, el «Ego», de forma automática, emite su gruñido de malestar y confusión. Como es fácil de entender, cuanto más débil sea la persona, cuanto más sienta menoscabada su auto-estima, más reclamará certificación en el otro y, asimismo, más sufrirá los desacuerdos con daño y pena.

Muchas personas se sienten dolidas por la expresión que le acerca otra persona, bien sea porque les llega con una carga de imposición, o debido a las estrategias de expectación y complot que el «Ego» necesita. «Expectación» porque el inconsciente precisa certificación, espera que lo validen y alaben; «complot» debido a la necesidad de confabulación emotiva que se produce cuando en la comunicación se esponja el Yo, e intuimos que puede convertirse en un medio suculento para que nos quieran.

Obviamente, si las personas que se comunican son egocéntricas, tenderán a imponer y manipular, aún sin darse cuenta de cómo su «Ego» se declara. Aquí nos parece fundamental considerar que el índice de carga egocéntrica que padece un individuo se puede determinar por su incapacidad de escucha, al interpretar o bien sentir como provocación la reflexión contraria de otra persona, reaccionando a la contra o necesitando fehacientemente defenderse.

Una conversación en la que se piensa y se siente de forma dispar puede ser distendida si los individuos que la experimentan han superado la cota de incomodidad que suelen sentir las personas endebles, aquellas que se anonadan fácilmente o bien fácilmente reaccionan con acritud. Según esto, el amor propio queda herido en el instante en que el eco del otro lo interpretamos como incitación. Nos irrita que nos pongan en evidencia, que nos contradigan; nos sublevamos al experimentar lo diferente como un desafío que el «Ego» experimenta con hostilidad, y de esta forma la comunicación se enturbia.

Una conversación llega a hacerse tortuosa si en ella se instalan conductas de ataque y defensa. Estos hábitos dañinos podrán manifestarse abiertamente, a través de una reacción de enfado, de protesta y malhumor; mas también podrán declararse de forma solapada, mediante la ironía, el sarcasmo o bien aquella indiferencia que ignora y huye de la controversia. Como es de suponer, estas rutinas, que el «Ego» patrocina de forma automática, son causa del desamor que mina el afecto y puede quebrantar cualquier relación.

Cuando una persona requiere certificación personal en la comunicación, podríamos decir que aún no puede amar, ya que el amor busca indefectiblemente, de forma primordial, conciliación y acuerdos, un entendimiento saludable que en ocasiones requiere dejar a un lado nuestras manidas posiciones para poder apreciar «lo otro». Al amor lo refresca la escucha y el sano entendimiento.

Así, una zona oculta de nosotros señalará lo siguiente: «si no confirmas lo que espero de ti, si no colaboras con tus palabras a lo que yo siento y necesito, no te oigo y te rechazo». Cuanto más la persona requiera auto-afirmación, cuanto más demande a la vida los señuelos que puedan avalar su propia identidad, más crítico se hará con lo que escucha del otro. Por lo que aquél que suele sentir como repelentes las observaciones ajenas, declara de forma palmaria su necesidad de que lo certifiquen y resuelvan.

El ser humano común cae en una fraudulenta estratagema: «Los demás me resuelven en la medida en que me aplauden y valoran». Esto se convertirá en un estímulo vanidoso que, sin darnos cuenta, solemos incorporar a la comunicación. En consecuencia, si alguien ahí afuera no certifica nuestros criterios, o bien pone en evidencia algo impropio de nosotros mismos, lejos de escuchar con solicitud, se dispara un mecanismo de rechazo y animadversión.

Obviamente, es en la confianza y en el trato habitual donde se dispara con mayor virulencia este dispositivo, ya que la familiaridad permite deshacernos de la máscara y mostrar abiertamente la propia condición. Aquí, una persona educada podrá atenderse, en la medida en que no sólo observará su talante discutidor, sino que será capaz de aguzar el oído y abrirse a lo diferente, tanto sea para aceptar como para aprender.

La aceptación a lo que la otra persona es y representa, a aquello que manifiesta según su propia idiosincrasia o progreso personal, es fundamental en cualquier relación humana; como lo será estar abierto a lo nuevo, pues en multitud de ocasiones es en lo diferente donde podemos en verdad aprender. ¿Siento que asumo la realidad de mi interlocutor, admito sin virulencia sus pensamientos y formas de entender? ¿Qué puedo aprender de esto que me está expresando? ¿Escucho sin interpretar o prejuzgar, sin que esa afectación mine el fluir de la conversación?

Al identificamos excesivamente con los venenos de los demás, el «Ego» nos lleva al campo de batalla en donde surge fácilmente la enemistad. Atrapados por este hábito, aparecerá en la conversación una hiper-vigilancia a lo que el otro declara, siendo proclives a tomarnos de forma personal sus creencias y argumentos, una trampa que contribuye al sentimiento de intimidación.

La réplica puede verse sometida por una reacción molesta que opone el «Ego» a la manifestación del otro, o bien convertirse en una objeción constructiva, en la medida en que no la mueve la protesta, sino el interés por entenderse y el sano juicio. En muchas ocasiones las personas suelen presuponer una respuesta en el otro que no se da y la mente, cuando es educada en la interpretación y en la suposición, se deprava. Una mente sana no prejuzga, no se anticipa, fluye psicológicamente y llega a apreciar con simplicidad cualquier situación.

¿Qué entendemos por sano juicio? Bueno, yo diría que parte de un interés por aclarar y considerar con sensatez y proporción. Así, al criterio no lo envolverá de forma taimada el sentimiento, que en multitud de ocasiones prevalece por encima del entendimiento. Una persona excesivamente emotiva tiende a bloquear el juicio en favor de la sensación, por lo que se conmoverá, haciendo que sus criterios sean erráticos y giren en torno a la impresión sensible que, en ocasiones, podrá perjudicar sus estados de ánimo. Obviamente, cuando en una conversación son varias las personas que mantienen este tipo de frecuencias compulsivas, la palabra vagabundea, y las conductas pueden fácilmente soliviantarse.

El sano juicio requiere prudencia y asiento. Prudencia para que el hilo conductor de la opinión no llegue a agredir al que escucha, en aquellos instantes en que de forma automática acometemos o nos defendemos a ultranza, convirtiendo al otro en contrincante. Asiento para no caer en la grotesca costumbre de la justificación mental, que engendra argumentos sin mesura, haciendo que la persona se aferre a un exclusivo alegato.

Es fácil comprender que es satisfactorio sentirse comprendido y escuchado mas, sin embargo, muchas son las personas que no llegan a experimentar esta posibilidad, quedando anulada o bien reducida a un marco estrecho de situaciones. ¿Por qué sucede esto? Pues sencillamente porque el ser humano común no es educado desde edades tempranas a atender sin reactividad, a desarrollar la sana complicidad con los demás, principio cardinal del respeto y de poder sentir el bienestar ajeno como propio.

Ser «cómplice de camino» significa no sólo reconocer sensiblemente la necesidad de la otra persona, sino descubrir el privilegio de darse y tomar como relevante el compartir. Cuanto más una persona se sienta necesitada, menos podrá dar y compartir. Desarrollar un espíritu conciliador requiere sensibilidad y tacto, como cualidades que, sin que el individuo tenga por qué perder la propia auto-estima, integra en sí lo de los demás. De esta manera se establece la sinergia en cualquier relación, ley fundamental de la vida que indica que siempre que dos o más entidades se reúnan con espíritu de cooperación, se consigue más con un menor gasto de energía.

Es significativo comprobar cómo en muchas relaciones familiares la actitud egoísta y la falta de tacto contribuyen a que se gaste una cantidad excesiva de energía, que sucederá no sólo en los altercados y discusiones que se provoca, sino también en el malestar interior y en el reclamo. Todo reclamo no solucionado requiere actualización, por lo que la comunicación es imprescindible para subsanar el dolor que internamente se padece. Dentro del clima familiar, muchas personas apelan al silencio, a la evasión expresiva, a no hablar para no discutir, pues se encuentran hastiados por la incomprensión. Sin embargo, consideramos aquí la comunicación como vía terapéutica imprescindible en el marco familiar, y si ésta se hace imposible, el estado anímico de los implicados habrá de sufrir su fiebre y, a la postre, enfermará.

Como en mi anterior tratado «La balanza dorada» refiero, el ser humano coopera decididamente con el Plan de la Totalidad en la medida en que integra cada una de las partes o aspectos disímiles que le llegan para superarse a sí mismo y aprender. En este sentido, la persona se hace consciente de lo que implica cada relación, desarrollando tanto su capacidad de adaptabilidad como de entrega.

La honestidad, la búsqueda de la verdad y la consecuencia, no sólo convierte en afable la comunicación, sino que le proporciona una calidad intelectual útil para que las personas que se relacionan se entiendan y aprendan los unos de los otros. Sin embargo, la mayoría de las personas son educadas desde niños para proclamar en una conversación las propias ideas, que sin conciencia terminan por convertirse en instrumentos psicológicos de un Yo necesitado de consideración.

De esta manera, tenderemos a justificar a ultranza los propios argumentos, por muy peregrinos que sean, a trabar el intelecto en exclusivos puntos de vista, al disimulo que pone de relieve la máscara personal…, hábitos que impedirán que la mente se clarifique y que convertirán la comunicación en competitiva y egocéntrica.

El «Ego», como mecanismo inconsciente donde suele apoyarse el amor propio, nos lleva a la hipocresía y, asimismo, a manidas posiciones intelectuales que quiebran la sensatez y la sensibilidad indispensable para abordar con sano juicio cualquier relación.

La hipocresía es una mueca sardónica que hiere al alma, resbala por la faz y entumece la propia personalidad. Lejos de reconocer la virtud como dueña y señora de la expresión individual, la desdeña, pues ella es un vicio impúdico que usa el débil cuando aprecia la autenticidad como signo de humillación.

La virtud precisa de una austeridad, de un rigor que a la hipocresía molesta. La virtud nunca se aviene al disimulo, ni merodea en torno a criterios errabundos con los que defender la propia imagen; no es acomodaticia y no necesita fingir para pronunciarse.

La hipocresía da rienda suelta a su clamor y a su terrorista ojeriza, y si fortuitamente se siente sorprendida, encuentra sin dificultad nuevos argumentos con los que volver a recolocar su máscara. Conspira y coquetea usando una falsa cordialidad para seducir al mundo, el mundo que ella remienda a su antojo y con el que vanidosamente trafica. De esta manera no se da cuenta del vasallaje y del atuendo de lacayo que emplea.

Ante el empuje de tanta farsa, la virtud, desconcertada, como no puede estallar en violencia, se conmueve y debilita. Se ha convertido en una vaca sagrada aquejada de tifus a quien nadie venera. Escuálida, mira con pena a la patética hipocresía, sintiendo resignada cómo sus escándalos hacen temblar la tierra y colorean con artificios cualquier relación.

En este orden de sensaciones, el amor también tirita, pues se siente cómplice de la virtud, compañero de la verdad desamparada.

Si como indicamos anteriormente Virginia Satir nos relaciona la comunicación con la respiración, podríamos plantearnos la posibilidad de permanecer en una conversación atentos según el flujo respiratorio que manifiesta nuestro campo vital. Esto es como decir que si en un intervalo concreto del diálogo aparece una desazón, un brote de molestia y reactividad, podríamos generar el hábito de transformar conscientemente la impresión que nos llega del otro.

Antes de permitir que el Yo establezca su mecanismo compulsivo, antes de reaccionar psíquicamente y ofrecer una respuesta prefrontal en donde la dualidad se implanta contundentemente, podríamos activar el foco consciente en el centro de la frente, respirar sosegadamente y disponernos a escuchar sin oposición. El ser humano guarda en sí mismo la posibilidad unívoca de la síntesis; y esto significa que en vez de alimentar la costumbre discutidora en donde la confrontación trepa por el pensamiento, en todo momento podemos decidir por la integración lúcida que restablece el entendimiento.

En el instante en que asumo, presto atención y aprendo del otro, estoy haciendo un ejercicio de centramiento que me lleva a la unidad. ¿Unidad…? Implica interponer la conciencia entre el estímulo externo y la psique, un ejercicio lúcido que proponemos en uno de los capítulos de nuestro anterior tratado «Senda de Sabiduría», al hablar detenidamente sobre la transformación de las impresiones que nos llegan de afuera.

El gimnasio de la vida está diseñado para que el ser humano aprenda a superarse a sí mismo, gracias a la madurez que puede transmutar el hábito ordinario. Cada relación se establece como una oportunidad de logro y consecuencia, en la que el Yo ordinario puede ser entrenado. Cada vez que un individuo se concilia psíquicamente ante la existencia, está avanzando en el camino de la auto-realización, por lo que armonizar y convenir con el otro se convierte en el adiestramiento más notable que nos facilita la vida para avanzar. La palabra «trans – mutar» significa ir más allá mediante un cambio en nuestra forma de operar y comportarnos, lo que convierte cada relación en un ejercicio de alquimia interior.

El propósito sustancial de la vida, aunque muchas personas no lo sepan, es aprender a conciliar en nuestra dimensión anímica los factores Yang y Yin (masculinos y femeninos) que se establecen de continuo en ambos hemisferios cerebrales. Cuando se produce este casamiento consciente, en la silla turca se activa el chakra Ajna, debido a una pulsión estimulativa que percute en la glándula pineal. En consecuencia, el llamado «tercer ojo» se abre cuando el individuo desarrolla una amplia percepción, según sea su mirada interior y según aquiete su balance emocional.

En estos tiempos de tránsito y crisis la humanidad pasa de un dilatado periodo patriarcal, en donde la energía Yang (masculina) ha imperado socialmente durante siglos, a otro matriarcal Yin en donde la mujer reclama una posición paritaria, un periodo destinado a que la energía femenina adquiera en la reciente Era de Acuario que inauguramos un decidido influjo. Lo queramos o no, estamos al borde de un nuevo matriarcado, como sucedió hace milenios en la Grecia antigua, cuando la mujer (según nos cuenta Plutarco) era instructora del saber, venerada y diosa.

Sin embargo, esta travesía, como les sucede a tantas otras, es impulsada por la Ley del péndulo, haciendo que la mujer, en general, se incline a una decidida auto-afirmación, en muchos casos desproporcionada y extrema. De un estado de sometimiento, en el que las actitudes machistas imperaban socialmente, hemos pasado en esta época de cambios frenéticos, a un apuro por ser y representar a toda costa nuestro pintiparado Yo.

Así las energías Yang y Yin se encuentran en franca contienda, alentadas por la marea ansiosa y vanidosa que nos subyuga. Si por un lado el cambio y la vindicación social son legítimos, como es legítimo que todo ser humano tienda a auto-realizarse como individuo en lo que hace y construye, por otro lado la prioridad de vigorizar al Yo a toda costa puede ir en detrimento de esa paridad que requiere toda relación de pareja. Y esta cuestión, como es evidente, atañe tanto a la realidad masculina como a la femenina. La importancia egoica que otorga credibilidad a un Yo deteriorado, en muchos casos llega a perjudicar las relaciones de pareja. De forma general diríamos que el Yo femenino busca a toda costa resarcirse de sometimientos pasados, mientras que el Yo masculino se siente desbordado por este empuje vindicativo que descoloca su condición, tanto personal como social y familiar.

Es en esta marejada cuando la mujer puede llegar a perder su capacidad conciliadora, el prestigio intuitivo y  pacificador que de siempre la caracterizó. Y es aquí donde la turbiedad mental se acrecienta, pues en aras de la igualdad puede naufragar la sensatez. Asimismo, el hombre podrá tender a defenderse de lo que interpreta como hostilidad, sin tomar conciencia de aquello que subyace tras el gesto vindicativo de la mujer. En el libro «Senda de Sabiduría» refiero lo siguiente: «El ser humano vive tras la alambrada de su propia consideración, una defensa que él encuentra como natural frente a los demás y ante el medio que le toca vivir».

Acuario es un signo de aire, precursor de una nueva Edad, de un nuevo ciclo zodiacal que empuja influido por dos planetas principales: Urano y Saturno. Urano ha de ejercer un empuje revolucionario que quiebre la conmoción emocional que bañaba el anterior signo de Piscis, por lo que si no hemos asimilado el mensaje de Amor Consciente que patrocinaban los anteriores maestros de esta era de agua (Jesús de Nazaret en occidente y Gautama el Budha en oriente), el ser humano requerirá una nueva determinación que dé un giro notable a la conciencia. Saturno nos llevará al caos regenerativo, a las oportunas crisis en las que pueda morir lo viejo para que florezca lo nuevo, por lo que el cuervo negro — emblema de este planeta — nos sugiere una oportuna muerte psicológica en la que poder prescindir del Yo-consideración.

En este orden de ideas, las divergencias que hoy en día afectan a los dos sexos son producto de este influjo astrológico, de la mano de las radiaciones que establece la estrella central de Alcione. Es una crisis necesaria que ha de provocar un ajuste, un forcejeo de identidades que reclaman distensión, consecuencia y orden.

Acuario, por consiguiente, obliga al rigor, como consecuencia imprescindible para los nuevos tiempos, en los que las enseñanzas del espíritu han de llegar higienizadas por conductas juiciosas y estables. Es un nuevo tiempo que recupera las enseñanzas iniciáticas de antaño, el eco templado y explícito que pueda aniquilar la turbiedad mental y esa propensión vanidosa en la que zozobra el Yo. En consecuencia, la comunicación que patrocina esta nueva Era es lúcida y concreta, exenta de proselitismos, de posiciones gregarias y partidistas, pues busca la luz individual al servicio de los demás. Sin método no puede haber consecuencia; método para el entendimiento, método para el progreso individual, como el método oportuno que requieren los niños y las familias para emprender una saludable educación.

La mayor parte de personas que leen esto podrán estar de acuerdo con la idea de que en estos tiempos turbios se defienden postulados insensatos. El «Ego» baña las mentes humanas con tintes presuntuosos, lo que contribuye a  que la persona se encuentre aturdida, sin respuestas coherentes ante cualquier situación. La osadía de los derechos prevalece por encima del desánimo de los deberes; y esto es como decir que muchas son las personas que son educadas para prosperar según la contundente certificación que establezca su Yo-consideración.

Como es de entender, esta desbordante situación se proyecta de consuno en la comunicación. Si no perdemos de vista el matiz psicológico de la cuestión, muchas son las conversaciones que se agitan entre la vindicación sostenida, y los ardores petulantes que pavonean al Yo. Así el discurso hace aguas, y la justificación mental prolifera, al abrigo de ese personaje que de continuo pretendemos proteger.

¿Qué podríamos hacer en favor de un diálogo sensato y coherente?

— En primer lugar atender la disposición al razonamiento constructivo: ¿mantengo a ultranza posturas irreconciliables, o puedo atender «lo otro» como válido, sin solivianto?

— Desarrollar la facultad de concreción mental que contribuye en una conversación a no «irnos por las ramas». ¿Suelo ser preciso en aquello que deseo expresar? ¿Cómo mi emotividad me lleva a proclamar sinsentidos o a repetir una y otras vez las mismas consideraciones?

— Aprender a no interpretar o prejuzgar para poder escuchar. ¿Mantengo habitualmente una oculta aprensión, escrúpulos  que me impiden ser imparcial a la hora de comunicarme con los demás?

— No interrumpir o ignorar la libre expresión ajena. Cada cual tiene derecho a expresarse según es su talante intelectual y emocional. ¿Comprendo que la forma de ser y manifestarse del otro contribuye al desarrollo de la atención y de la escucha? ¿Soy en verdad paciente ante lo diferente?

— La importancia de ceder cuando pongo atención a lo que es preeminente. El ceder no significa aguantar, pues llega a ser un acto de amor donde se aprecia que la felicidad del otro contribuye a nuestra propia felicidad. La persona, cuanto más madura es, más indulgente se muestra. ¿Tengo capacidad de desistir de lo mío en favor de lo del otro?

— Observar cómo de forma taimada se manifiesta la descalificación. Al anular o desacreditar al otro, estamos consolidando un espejo que refleja nuestra indefensión.

— Reconocer y poner en evidencia aquello que es juicioso y coherente, según nuestros compromisos con la vida y con los demás. ¿Qué significa en verdad el compromiso que adquiero con la vida? ¿Puedo conciliarlo saludablemente con el compromiso adquirido con otras personas?

Consideramos desde aquí que estas pautas deberían de atenderse en el propio sistema educativo, al entender que la conversación es un arte susceptible de ser desarrollado.

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Fragmento del libro Ser o no Ser (nuestro perpetuo dilema) de Antonio Carranza

¿QUÉ OCULTA EL VELO FEMENINO?

LA DIOSA DE LA ABUNDANCIAMe encuentro como instructor con algunas mujeres que, por el simple hecho de ser hombre, reaccionan como alumnas y no consienten ser enseñadas. En ellas prevalece la generación por encima de lo individual. La conformación de su identidad parte de una espesa carencia, que es impelida culturalmente y ha condicionado la forma de ser de sus madres y abuelas. Algunas lo reconocen; otras no pueden.
Por otro lado la energía Yang (masculina), cuando se aviva en afirmación y rigor, si es impulsada con contundencia, suele incomodar a aquellas personas que la vinculan a una rotundidad paternalista y manipuladora. Recuerdo cuando fui invitado hace años a participar en un congreso sobre chamanismo en México, el día en que un señor interrumpió mi intervención afectado por la forma contundente con la que exponía el necesario RIGOR y la RECIEDUMBRE con la que el Mago Interior (como parte autónoma de nuestro Ser) debía pronunciarse. Luego reconoció, con las lágrimas anegando sus ojos, que mi energía le evocaba el temperamento díscolo de su padre, y que una zona débil de él mismo le había impulsado a reaccionar a la contra.
Este ejemplo da a entender cómo muchas personas reaccionan con afectación ante el rigor, que lo suelen relacionar con la severidad y la áspera tiesura que puede manejar las mentes impresionables, o bien someterlas a voluntad. Así, en aras del amor, la ternura y el respeto, rechazan cualquier conato solvente, mas a su vez sucumben en la paradoja de pretender por medios tibios la afirmación que les falta.
El cariz feminista, como lo es el machista, establece disputas de género en cualquier relación con el sexo complementario. El conflicto subyace en una zona imprecisa del inconsciente y del subconsciente, por lo que la persona no se dará cuenta de cómo su Yo permanece a la defensiva, y su alma castigada por clichés aprendidos a través de los cuales se puede sentir fácilmente intimidada, movida por la urgente necesidad de auto-afirmarse frente al otro. Esto hará que en la energía que vibra en el sexo complementario no llegue a encontrar conciliación y descanso.
Me parece verdaderamente singular la contradicción que muchas mujeres experimentan en estos tiempos de desconcierto. Por un lado deciden no llamarse «feministas», pues conceptualmente buscan un poso de igualdad y respeto en la comunión de los sexos. Sin embargo, por otro lado, cuando se relacionan habitualmente con un hombre que declara abiertamente sus convicciones, sienten que una parte de ellas mismas se siente apocada, y es así cómo la libre expresión del hombre puede llegar a convertirse en amenaza. Por supuesto, parecido pasmo sufre el hombre común, aunque en una dirección diferente.
La Ley del péndulo las lleva a afianzar manidos postulados en los que buscan alentar de continuo a su Yo:
Consideremos algunos:
1.- Las mujeres han sido engañadas y se les ha lavado el cerebro para que asuman su papel de esposa y madre como única meta; como consecuencia el ser «ama de casa» las deprecia y anula.
2.- Es imprescindible establecer una revolución social, una reforma de la imagen femenina, para que toda mujer no se sienta sojuzgada y manipulada.
3.- La cultura existente no permite a la mujer sentirse un ser humano pleno, por lo que ella debe luchar para afirmarse y combatir la autoridad del hombre.
4.- La mujer debe enfrentarse a los prejuicios machistas o bien religiosos, ya que ellos usan técnicas manipuladoras que hacen que ella no se sienta plena y liberada.
5.- Es imprescindible que la mujer alcance cuanto antes las posiciones de poder que el hombre ha disfrutados durante milenios.
6.- El matrimonio no debe ser una vocación. Ser esposa y madre puede convertirse en un papel que denigre la libertad femenina.
7.- La madre trabajadora debe luchar por la igualdad, allá donde ejerza; y asimismo hacer que el hombre cumpla con el 50% de los cometidos respecto a los hijos, sean de la índole que sean.
8.- El aborto es un legítimo derecho femenino en donde el hombre adquiere un papel irrelevante.
9.- El lesbianismo es una opción sexual válida y aceptable que no tiene por qué implicar traumas ni condiciones psicológicas para la familia.
10.- El hombre es un competidor, un adversario a vencer, pues ha sido causa del sometimiento y de la falta de libertad de la mujer. Detrás de todo hombre hay un peligro sutil: una tendencia a subyugar y avasallar. Por ello la mujer de nuestro tiempo tiene que permanecer alerta ante cualquier conato de abuso.
Muchas son las mujeres que sostienen en sus relaciones sociales y de pareja estos axiomas, criterios recurrentes que les impedirán alcanzar una legítima individualidad. Es el individuo el que puede conciliarse con otro individuo diferente, en la medida en que ES por sí mismo y no necesita ningún tipo de proyección. Cuando una mujer ve reflejada su imagen en el espejo de un hombre, no sólo consiente en que el conflicto merme su luz femenina, sino que usa las arcaicas posiciones de competencia y revancha para su propia afirmación; y esto no es dignidad, sino otro tipo de vasallaje más sutil que alienta las sociedad de nuestro tiempo, precursora de una igualdad decadente.
Obviamente, la mujer que se escuda en estos principios no puede advertir el talante reivindicador y combativo que fuerza su personalidad a la lucha y a la prioridad (exclusiva y excluyente) de su auto-consideración. El estado egocéntrico del ser humano desde tiempos inmemoriales ha devastado profundamente al alma y, asimismo, a la calidad de la luz familiar. Hoy en día, si bien la mujer suele mantener la prioridad inclusiva de los hijos en su proyecto individual, no así lo hace con la pareja, por lo que pondrá de relieve sus propios pretextos para sentirse realizada, muchas veces en detrimento de la conciliación y los acuerdos paritarios que definen el equilibrio en toda la relación.
Fisiológicamente el cerebro de una mujer es bien diferente al cerebro de un hombre, ya que suele suceder que unos desarrollen con mayor vigor el hemisferio derecho (Yin) y otros el izquierdo (Yang). En este sentido, la capacidad sensible y analítica en ambos puede ser distinta, si bien conciliable. Por otro lado, el hecho de que una mujer esté desde niña capacitada para dar a luz y ser madre establecerá (aún inconscientemente) toda una serie de improntas que invertirá en su forma de ser y conducirse.
Desde mi punto de vista, favorecer en la sociedad una INTELIGENCIA CONSCIENTE es una labor educativa susceptible de renunciar a los viejos paradigmas feministas y machistas. Este tipo de educación antepone la luz de la sensatez a las consideraciones de género, cuestión que muchas personas no saben cómo abordar. Así la fuerza, sensibilidad e inteligencia, como aspectos cardinales de la personalidad humana, pueden llegar a construirse de forma individual, y no por oposición. Por consiguiente, los aspectos que degeneran la personalidad serían los siguientes:
FUERZA — lucha por el poder y la razón / hegemonía del Yo representación frente a la representación del otro / pendencias y rivalidades subliminales.
SENSIBLIDAD — acomodo inquietante de la sensiblería, desborde impresionable en el trato / tendencia excesiva de coloquios y discursos donde los afectos y necesidades emotivas se ponen de relieve / predisposición inconsciente a usar a los hijos como cataplasma de la propia identidad / penuria que pone de relieve la insensibilidad y falta de tacto del cónyuge, como una forma taimada de vindicación personal.
INTELIGENCIA — deterioro de la coherencia y concreción mental / discurso errático y polivalente / menoscabo de la sensatez en beneficio de la propia consideración.
Una sociedad —como le sucederá a cualquier familia— diríamos que puede alcanzar un notable bienestar cuando es capaz de trascender la competencia de género, desde la dignidad conquistada y el apoyo que sus miembros patrocinan entre ellos. En el momento en que una persona es débil, busca autoafirmarse frente al otro, posicionando su Yo-identidad ante un espejo que la subordinará al rol y a las competencias. El verdadero individuo aprende a romper el espejo, síntoma de libertad y autosuficiencia. Y es así cómo se descubre el gran privilegio de dar más y mejor, de ocuparse de la realidad ajena, fundamento cardinal de eso que llamamos amor.
El intervalo en el que una persona está más por ser ella misma ante los demás, cuando su prioridad se centra en que no la desprestigien o menoscaben, buscando afirmar su propia imagen, su prestigio, podríamos decir que es egocéntrico. Esta es una fase legítima en el desarrollo de cualquier identidad, si bien podrá conllevar frecuentes conflictos y, en ocasiones, contradicciones personales.
La feminidad sucumbe cuando una mujer no se atiende a sí misma desde su idiosincrasia profunda; al igual que pasa con la masculinidad en el hombre. La naturaleza profunda de la que hablamos excluye el rol y la imagen a proteger, pues es una cualidad anímica que ha de florecer desde el subconsciente. En este sentido podríamos decir que la mujer es el eje de la familia, y que la impronta como madre la puede llevar a ser conciliadora, mediadora y protectora, sin que por ello tenga que descuidar su luz como persona individual; es más: cuando una mujer se ha preservado como tal, al poner esmero en esta particularidad, llega a enriquecer el orbe social donde se ubica.
Desde mi punto de vista, en el momento en que una mujer descuida su feminidad en beneficio de su rol, muchas veces asistido por un vuelco hacia la vanidad social que impregna de lleno nuestro tiempo, puede perder su ingenio femenino, la perspicacia y sensibilidad inherentes a su naturaleza, que son cualidades imprescindibles para el equilibrio humano. Un hombre sensible no sólo las valora, sino que se nutre permanentemente de ellas, ayudándole a su vez a que despierte su inspiración y su capacidad amorosa. Dice un antiguo dicho tántrico que «el dios Shiva sin la luz de la diosa Shakti, termina por conducirse como un cadáver».
La dignidad de todo ser humano reside en él mismo, por lo que para que brote una personalidad estable todo individuo debe aprender a escuchar su corazón y no traicionarse en favor de posturas aprendidas y movidas por intereses partidistas.
«Te doy gracias mujer por el hecho mismo de ser mujer. Con la “intuición” propia de tu feminidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas».             (Karol Wojtyla)

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EL TIRANTE DESEO (Julio 2016)

 
DESEOAl campo del deseo lo siembran
las semillas de la espera;
un campo pálido en donde la soledad abruma,
cala los huesos allá al fondo
y se excede en un sueño turbio, sin acomodo ni norte.
Los gusanos del miedo babean
en fatalidad mortuoria;
es un humus necesario, irremediable.
Y el deseo se resiste a morir,
infectado por una voluntad disoluta,
ya membrana que quiere ser coliflor
y se riza, delira, y no puede.
Lo llaman amor, y lo riegan
a lágrimas, con suspiros podridos
de avidez y desencanto.
Un asomo de conciencia quiere sobreponerse,
dos pupilas desorbitadas a ras de tierra,
fluctuando sin aliento:
la espera cobriza y lenta en sofoco.
Fuera de su vaina,
al amor lechoso lo sangran
moscardones vehementes;
y la sed se encabrita
con los labios ásperos y desgarrados.
A la dicha la agita el ardor,
a este lado en donde las uvas revientan a racimos;
la Verdad se retrae asustada,
intimidada por la impaciencia
del céfiro indecente.
Harta de sol, la pesadumbre
tirita deseca, entre cardos y lagartos,
bajo las grietas del deseo.
No hay consuelo
allá donde la brisa lastima,
ni posible abandono:
hay un lánguido silbido
que reclama con crimen
la silueta de la muerte.
 
Por Antonio Carranza
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 EL YO ADOLESCENTE
 
(Extracto capítulo III del tratado «Resplandor y brisa, los parámetros de la conducta» de Antonio Carranza)
 

Problems between generations concept. Teen closed his ears with his hands while her mom yells at her.

El adolescente se muestra básicamente egocéntrico. Una persona egocéntrica es aquella que aprecia la realidad según su exclusiva consideración, muy subordinada a su debilidad personal y a sus propias carencias. Por consiguiente, el egocéntrico no alcanza perspectiva sobre la realidad que le toca vivir ni en relación con los demás.

Juzga y valora al otro según lo que espera de él, y no según aquello que en verdad representa para su vida. Él no ha aprendido a considerar el índice de aceptación y humildad que proponen las pruebas de la vida, lo que en verdad sugiere la forma de ser de otra persona que pasa por su lado, pues no puede entender que en las diferencias reside su gran entrenamiento.
El adolescente es proclive a compararse, tanto para salir ganando como perdiendo. De esta forma es vanidoso, pues necesita proteger su propia imagen ante los demás. Le importa sobremanera que lo admiren y aplaudan, y no soporta bajo ningún concepto que pongan a su Yo en evidencia. Mantendrá sin conciencia una pintiparada imagen que declarar, por lo que disfrazará la verdad con muy diversos manejos para que su Yo no se sienta menoscabado.
¿Cómo puedo saber si aún adopto una actitud adolescente ante la vida? Pues yo diría atendiendo a aquellos argumentos del pasado con los que justificas las penurias del presente; observando las explicaciones manidas que aún sirven a tu «Ego» de auto-defensa, ante otra persona que no sueles escuchar y aprecias como contrincante. Cómo tu Yo se molesta y se dispara en consideraciones subjetivas que no van a favor de la autenticidad y del reconocimiento de la utilidad de las cosas. Asimismo, en una conversación discutidora, atrapada en ideas inconsistentes, se manifiesta de forma palmaria la sinrazón del adolescente.
Siempre escorado en su posición y planteamientos, se deja llevar fácilmente por la emoción negativa, por la contrariedad, evadiendo cualquier enfoque que pueda facilitarle una mirada más amplia de aquello que está sucediendo. De esta manera el adolescente alienta el amor propio, como apoyo cardinal de un Yo del que no puede adoptar perspectiva alguna. Y, de ningún modo, estará dispuesto a reconocer sus propias contradicciones y a excusarse.
Acumula sin darse cuenta la insatisfacción, como sedimento que lo frustra y aminora. Esto es como decir que va acopiando decepciones, acrecentando el foco de dolor que su «Ego» carente ha forjado. El adolescente mantiene vivo en su psique el «no me diste», la decepción que de forma dispar se convertirá en un reproche continuado, destinado a patentizar la inadecuada actitud del otro ante sus intereses. Su mirada a la vida suele ser por tanto absoluta y crítica, no disponiendo de capacidad para relativizar los fenómenos ni, tampoco, para olvidar.
El adolescente no se da cuenta del mecanismo defensivo que usa su Yo ante la adversidad. Él lo justifica de continuo, y cuando se molesta tiene a su disposición una retahíla de advertencias y admoniciones que extrae irreflexivamente de su foco de dolor. Sin darse cuenta, funciona automáticamente, por lo que suele emplear una mente difusa, en donde la concreción se hace muy difícil. Es básicamente emocional, y no estará educado a seguir el hilo de una conversación ordenada y constructiva, ya que suele funcionar por impulsos y dispares reacciones.
Un adolescente que lea esto difícilmente se sentirá identificado con el perfil, por lo que sugerimos desde aquí una oportuna toma de conciencia con la que poder comprender nuestros hábitos dañinos y reconocer los escollos del camino. Todos de alguna forma mantenemos por instantes actitudes adolescentes, sin embargo, la madurez alza el vuelo hacia la corrección, y es en la enmienda, en el momento donde surge la prueba, cuando la honestidad y la nobleza desenmascaran la faz bisoña del Yo.
En el espejo ajeno se reflejan más vivamente las carencias humanas debido a un mecanismo prefrontal del cerebro, gracias al cual tendemos a traducir y valorar en exceso todo lo que se mueve a nuestro alrededor. De esta manera programamos desde niños la mente para enjuiciar lo de afuera, para estipular, aun inconscientemente, qué me niega o qué me puede reportar complicidad y seguridad. Este hábito a la especulación establece nuestros juicios de valor según lo que al «Ego» le interese apreciar, cuestión que nos impide estimar a nuestros semejantes de forma ecuánime.
El Yo aparente evita que podamos hacernos una idea precisa de lo que almacena nuestro subconsciente, del balance carencial que padece nuestra alma. No comprenderemos por tanto el entrenamiento y aprendizaje que propone una relación para ajustar en nuestro interior algo no solucionado. Estamos tan habituados a tener en cuenta las concretas respuestas que nutren a nuestro Yo personal, que no llegamos a distinguir el lenguaje oculto de nuestros estados anímicos. Esta sucesión de hábitos compulsivos y externos ha contribuido a que el subconsciente humano engorde en necesidades y ahogos personales, produciendo una serie de trastornos que merman la identidad individual. Y este colapso —que desde aquí consideramos enfermizo— impide que podamos atender con sano juicio aquello que nos reporta el trato con nuestros semejantes.
Todos, en mayor o menor medida, padecemos esta equívoca situación. Mas es a través de las personas con las que compartimos vida cómo podemos ir manifestando y comprendiendo las cuestiones no resueltas por el Yo y, asimismo, las cualidades que debemos lograr; aunque este entrenamiento lo vivamos desde una continua comparación, o bien desde la reacción y tensión personal. En este laboratorio de experiencias y correspondencias humanas investigamos nuestra razón de ser, de existir y constituirnos. Por ello las relaciones con los demás se van a convertir en el caldo de cultivo imprescindible para la evolución.
Dentro de cualquier sistema de correspondencias gobiernan dos aspectos fundamentales de la energía: la simpatía y la repulsión. Podríamos decir que en el interior de cada uno de nosotros vibra un timbre personal siempre dispuesto a sentir como agradable la relación con aquellas personas que van a favor de nuestro Yo, y como desagradable la de aquellos individuos que vibran en una sintonía distinta. Es como si el Yo dispusiera de un sintonizador de frecuencias y lo aplicara en la relación con los demás de forma mecánica. A mayor confusión y debilidad, mayor resistencia tendremos a sintonizar con los demás, reduciendo nuestras relaciones a un marco estrecho de posibilidades. Sin embargo, el desarrollo de la conciencia nos permitirá poder asumir y simpatizar con un índice mayor de individuos.
Todo el universo sucede como una telaraña energética en donde cada hilo no podría establecerse si no cuenta con la estructura general y, asimismo, con aquél en donde se apoya. Esto es como decir que todos dependemos de todos, que somos eslabones de una cadena común en la que nos corresponde un exacto cometido que podríamos identificar conscientemente.
Esta previa investigación requiere pues mucha industria, ya que se trata de pasar del marco de referencias externas que sumen al Yo en una permanente superchería, al marco consciente que nos permitiría definir nuestra exacta posición individual. Es fácil entender que la persona, cuanto más débil se siente, cuanto más inmadura, más va a necesitar envolver su personalidad en las actitudes y características de los demás, ya que al no encontrar en sí mismo una estabilidad propia, tenderá a que otras personas sirvan de referencia a su menoscabado Yo. Podríamos decir que en la medida en que se va estableciendo su fuerza personal, el individuo se siente menos subordinado a los otros, se hace más libre e independiente, debido precisamente a su mayor capacidad de tolerancia y comprensión.
Como es de suponer, buscamos en los demás superar un fondo carencial no resuelto, compartir sentimientos, criterios e intereses comunes, en la medida en que no nos sentimos completos y, en cierto modo, realizados. Todos los seres humanos pretendemos mitigar a través de emociones compartidas la sensación de zozobra que nos proporciona la vida; y esto es así porque necesitamos a nuestros semejantes para ir alcanzando una cierta estabilidad emocional.
Luis Racionero nos acercaba este elemental desenlace:
«Baila un hombre al sonido de un tambor, son las doce de la noche, apenas bailará una hora.
Bailan muchas personas al sonido del mismo tambor, podrán pasarse toda la noche bailando».
Esto nos indica cómo el ser humano siempre ha necesitado la complicidad de los demás para dilatar sus sensaciones.
Es fatalidad experimentar la existencia humana desde un continuo sobresalto, marcada por una incesante sensación de pérdida. Esto lleva al individuo a conquistar, a ansiar sensaciones que puedan llegar desde afuera, porque no somos capaces de encontrarlas en nuestro interior. Por muy pasajera que sea la experiencia, la psique se ilusionará con la idea de conquista y con aquella que nos hace sentir cómplices del destino de otra persona. Aparece como imprescindible la exaltación de los sentidos, que nos ha de prolongar hacia el placer y la fascinación que tanto el Yo anhela. Por ejemplo: si las palabras que nos llegan de otra persona certifican a mi Yo, me siento partícipe de ellas, la sensación personal será estimulada; por el contrario, si el eco que me llega del otro no le interesa a mi Yo, no forma parte de mi consideración, tenderé a rechazar e ignorar.
A tenor de esto seremos educados desde dos paradigmas esenciales: «No valgo si no represento» y «no me aprecian si no tengo». Participarle a otra persona estas dos referencias, sea cual sea el sentimiento que nos ligue con ella, se convierte en cardinal para todo sujeto. Y es por esto que podríamos decir que antes de que suceda el afecto ha de suceder la confirmación; o lo que es lo mismo: el subconsciente necesita articular un contundente axioma: «no te quiero si no confirmas a mi Yo».
Por Antonio Carranza
(Este libro estará disponible para aquél que lo desee a partir de julio, bajo previo pedido. P.V.P.- 15 euros.)
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TEMAZCAL: LA LUZ Y SUSTANCIA DE LA MADRE
¡Por todas nuestras relaciones!
El concepto de hermandad se manifiesta de forma esplendorosa en el temazcal, ya que él representa el seno de la Madre de donde parten todas las criaturas. Este ritual ancestral solicita una nueva gestación, en la que el alma humana ingresa de nuevo en la matriz de la Madre para poder ser alumbrada a una nueva vida. El temazcal integra una unidad energética que vibra en un solo tono, en la frecuencia armónica que prevalece en el interior de la Naturaleza.

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Cuenta la leyenda que el Gran Espíritu hizo dos muñecas de arcilla y las puso en el suelo. Después se colocó a su lado y sudó por mucho tiempo hasta que las muñecas se convirtieron en personas vivas. Una de ellas se dirigió hacia el oeste, decidiendo encantarse con las diferentes sensaciones e ilusiones que otorga la vida. Esta criatura se quedó sumida en el sueño. La otra se dirigió hacia el este, y fue así que comprendió cómo la aurora hace fecunda en la mañana todas las cosas vivientes. El contacto con los primeros rayos de sol le brindó el anhelo de superación y salud, por lo que se convirtió en iniciado y aprendió a estimar con devoción el influjo de la Madre. El iniciado hace su ofrenda en el Temazcal para mostrar su gratitud por ser creado, para regenerar todos sus campos energéticos y, asimismo, para recibir de la Madre el don de la asistencia, un atributo de amor que sólo puede obtenerse cuando trascendemos el deseo ordinario y nuestros hábitos mentales. El iniciado no puede comulgar con las fuerzas del Universo mientras su mente se encuentre atrapada en la ilusión de lo que quiere y espera de la vida, por lo que aquellos que experimentan este ritual de alto grado interpretándolo según sus creencias o bien sus aspiraciones, cierran el alma al sortilegio de la Madre. El temazcal, por tanto, requiere abandono y confianza, no sólo en el chamán que oficia, sino en la misma Naturaleza que opera en el hervor de la regeneración.
Hace tiempo, en aquellos días en que las personas y los animales danzaban juntos, el Gran Espíritu consintió en que todos entraran en la Casa Sudor para dar nombre y sustancia a cada uno de ellos. Antes de comenzar el ritual divino, a todos les habló: «Nosotros hemos estado en la Tierra un rato largo, pero no estaremos más tiempo en la condición presente. Unas personas diferentes están viniendo a vivir aquí y hemos de dejar que ellos resplandezcan. Debemos partir, mas para que ustedes puedan merecer esta gloria, les dejamos como regalo la Casa Sudor, para que en ella la Madre los regenere y lleguen a alcanzar la Gran Salud.
Muchos de ustedes no estarán dispuestos o preparados para esta aventura, por lo que cada uno decidirá a partir de ahora permanecer al margen de la Madre o poder ser nutrido por Ella. Tienen que decidir».
Fue así cómo el alce aceptó el regalo, recibiendo su nombre y saliendo empapado de luz de la Casa Sudor. De allí también brotó el águila, volando hacia las grandes alturas para anunciar el lucero de la mañana. Entonces la urraca azul dijo en la Casa Sudor que deseaba ser un águila, y el Gran Espíritu le dio la oportunidad de serlo, permitiéndole volar. La urraca azul intentó imitar el vuelo fácil y elegante del águila, pero no guardó su equilibrio y batió pronto sus alas. El Gran Espíritu dijo al fin: «una urraca azul es una urraca azul. Tendrás que estar satisfecha con lo que eres. De la Casa Sudor surgirán criaturas de todo tipo: unas serán fuertes y otras débiles; las habrá valientes y generosas, mas también deberán de existir las que temerosas se agazapen entre las malezas».
Cuando el oso avanzó, el Gran Espíritu lo nombró vigilante de los bosques, animal feroz para las personas y demás animales. A todos dio nombre y función pública el Gran Espíritu, menos al coyote. Una vez que todos los animales se dispersaron por el bosque, el Gran Espíritu llamó al coyote y le dijo: «Has sido sabio y hábil, un animal temido, y a ti te daré la misión más especial de todas: aullarás a la luna para que los humanos puedan recordarme. Será así cómo ellos elijan lo que quieran ser. Podrán convertirse en taimados como el puma, en feroces como el oso; podrán imitar el silbido de la serpiente, mas también algunos pocos decidirán volar como lo hace el águila y entrarán en la Casa Sudor para lograrlo». De esta forma el coyote se sintió satisfecho por su cometido, aullando a los cuatro vientos para dar sentido y luz al camino.
El Gran Espíritu se dispuso a irse para siempre de este mundo, dejando la Casa Sudor al cuidado del hombre precavido. Antes de partir le dijo: «a todos he dado su nombre y su cometido, mas serás tú el que vele por este recinto. No permitas que personas desagradecidas entren a él, ni aquellos que no desean sudar, cuya fuerza y poder la buscan con el pensamiento. Sólo le daré el poder a los piadosos que anhelen sudar y empaparse con la luz de la Madre, a los elegidos de noble corazón que comprenden el Gran Sacrificio.
Y fue así como el hombre precavido se hizo chamán y custodiador de la Casa Sudor, y habló con las piedras, y se hizo hermano de los árboles y los frutos de la Tierra, sabiendo que su verdadero espacio estaba alentado por el Gran Espíritu. Nunca más temió cosa alguna, y sirvió de puente y canal a los ancianos y ancianas de larga vida, a aquéllos que soplan en el vientre de la Madre. Convino sabiamente los elementos en su corazón, y la Gran Salud pudo habitar entre los humanos.
Los iniciados emprenden el gran viaje cuando en verdad están preparados, cuando confían y dejan de temer. En el interior del Temazcal se transita el rumbo del Universo, en el Gran Aliento del vapor de la Madre. ¡Oh iniciado, no temas la brasa ardiente, pues es la respiración con la que la Madre te alumbrará a una nueva vida. El trastorno es necesario pues forma parte de la sanación de tu alma. Jubiloso, deposita con fe tus ofrendas en la Casa Sudor y el Gran Espíritu consentirá tu renacimiento!
 
Por Antonio Carranza (Basado en un antiguo texto chamánico)
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  ESTUDIO DEL CAMPO MENTAL

 (Fragmento del libro «El Árbol de la Vida, las distintas etapas del camino») por Antonio Carranza

mente-confusaAl confirmar los significados de la vida, al comprender que todo tiene su sentido dentro de una disposición universal, se adquiere una perspectiva que contribuye a desembarazar la mente de la ilusión que la embarga, esto es: del hábito del discurso que, de forma relativa, interpreta de continuo la existencia. La ambigüedad debe ser observada, comprendida, para superar la esclavitud del criterio en donde se apoya el Yo y esto, evidentemente, cuesta. El «Ego» no quiere morir, por lo que argumentará multitud de justificaciones o, en su caso, recurrirá a tensiones psicológicas que crearán dolor.

Cada aliento comprensivo consolida tanto la estructura del pensamiento como la serenidad que brinda el no pensamiento. Una de las prácticas habituales que empañan el mundo de la mente es lo que denominamos la «MECÁNICA DE LA DEVOLUCIÓN INCONSCIENTE». Ella lleva al sujeto a reaccionar no sólo a través de comentarios donde involucra su consideración, sino también a un impulso díscolo en donde el Yo se siente molesto. Sin darse cuenta implica en la conversación tres matices sombríos:

  • El dolor de la no aceptación, que pone en evidencia mediante la tensión reactiva.
  • La propia necesidad afectiva, que manifiesta solapada en su defensa.
  • La debilidad que padece y le lleva al amor propio herido.

La mente discutidora está educada para interpretar y devolver con argumentos lo que no nos gusta de la realidad, un mecanismo que alimenta al «Ego» y perturba la conciencia. El campo de la mente se limpia cuando la réplica es nula; de esta forma el Yo se desembaraza del gesto y del alegato mental que lo alimenta.

Tengamos en cuenta tres aspectos fundamentales del trabajo psicológico en el camino de la iniciación:

— El que se refiere a la observación de la mecánica del pensamiento, la charla mental continuada que genera hábito y condiciona una constante traducción de los asuntos de la vida según los códigos previos que establece la mente. Esto, sin lugar a dudas, es causa de un hábito inconsciente que hace que el Yo se apoye en sus creencias y establezca todo tipo de prejuicios, sentencias, elucubraciones, dudas, parapetos ideológicos… vestigios recurrentes que se repiten de forma automática.

— El que guarda relación con la capacidad analítica que puede desarrollar el individuo para aprender a distinguir lo útil de lo inútil. De esta manera la psiquis se hace precisa en sus distintas formas de expresión, circunstancia que nos permite advertir las causas y motivos del comportamiento.

— El que hace referencia a la capacidad de vaciar la mente de contenidos superfluos, una limpieza psicológica que propicia la atención y las diferentes técnicas de meditación que ayudan a agudizar la percepción. Así se educa el espectador comprensivo que discierne sin una excesiva identificación con lo que está pasando, ya que cuanto menos se involucra la emoción en ello, más se comprende.

Esta característica que los chinos denominaban Mo-Chao Mo» significa silencioso o sereno, mientras que el término «Chao» señala la actitud de observar), se refiere a la capacidad consciente de todo individuo cuando consigue atender de forma serena, observando sin excesiva identificación. Un estado de conciencia dilatada no puede lograrse mientras la actividad mental esté condicionada por el bucle del pensamiento.

Un texto que se atribuye a Buddha, en el momento en que se dirige a su discípulo Ananda, reza de la siguiente forma: 

«Es preciso que tú seas tu propia lámpara, que tú seas tu propio refugio. No te refugies en nada fuera de ti mismo. Permanece firmemente apegado a la verdad como una lámpara y un refugio… uno se convierte en su propia luz y en su propio refugio observando sin cesar su propio cuerpo, los propios sentimientos, las propias percepciones, los estados de ánimo y las ideas, de tal suerte que doma los ardientes deseos y los desánimos del hombre corriente y es siempre enérgico, dueño de sí mismo y de su pensamiento».

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LA SED DE CONQUISTA

 El primer pálpito emotivo surte del ideal. El ideal de completar una media naranja rota y desgarrada tras tantos años de ansiedad en el que el ser humano siente la vida defectuosa. Defectuosa y carente, porque en el subconsciente hemos aclimatado una sensación de penuria que nos lleva a codiciar algo que nos pueda completar y proporcionarnos un mínimo de sosiego.

El hombre burdo busca ese sosiego en las formas: la satisfacción de un logro mundano que compense su apuro emotivo, el anclaje a la belleza que él puede tomar como sublime, sin tener conciencia de que forma asimismo parte del ensueño. Este bucle formal va desde los señuelos que usa la quimera social para seducirnos, hasta los muy variopintos perfiles del arte. Sin embargo, la maniobra más instintiva de la que se vale el subconsciente es el encanto y la atracción que nos suscita el sexo complementario. ¡Atributos…! Variables que acicala la naturaleza y suscita el embeleso, como herencia animal imprescindible para la supervivencia de la especie.

Nos pasamos la vida encantados o inclinados a todas las formas de encantamiento posibles, sin tener conciencia de la envoltura fantástica que recubre cualquier fascinación. Desde el punto de vista sexual, la atracción parte del contorno, de la serie de peculiaridades y distintivos que en el inconsciente provocan una llamada de atención. Es el deseo el que prima, como condición arcaica que estimula los sentidos y despierta el mecanismo de la conquista…; y si no es así, diremos que la parvedad del apetito y la necesidad frustrada.

¡Está ahí…! En el subconsciente profundo que buscará todo tipo de compensaciones que aminoren de alguna manera la ansiedad. Es como si el ser humano hubiera desarrollado, sin saberlo, un mecanismo de auto-defensa con el que volcar a la sociedad su hambre de estímulos y descargar de alguna manera su penuria materno-sexual. Carencia materna que heredamos desde la infancia, desde los primarios estímulos bucales. Carencia sexual que arrastramos desde la adolescencia, desde el estímulo que nos provoca el sexo complementario.

La sed de conquista se convierte así en una rémora antigua de difícil redención. No obstante, existe una vía —aunque estrecha— en la que podríamos encontrar un ápice de luz. Y sucede cuando la provocación del estímulo sensorial es educada, sustituyendo el simple deseo por una emoción sublime que puede convertirse en el umbral de la liberación.

Queremos decir que el arco de la emoción se convierte en el viaje cardinal que puede redimir la pobre condición humana:

Es un viaje que va desde el deseo insatisfecho a la vacilación de una angustia vital que en nuestra existencia no deja de atormentar la psique. Pasa a la ansiedad por conquistar y alcanzar los muy variados incentivos que han de servir de placebos para el Yo sensorial, y no importa tanto la anécdota o el fin, pues lo que realmente recolecta el alma humana es el cúmulo de emociones que hayamos implicado en la empresa y la sensación de logro obtenido. En consecuencia, en el proceso será tan útil el placer que un niño experimenta cuando encaja la última pieza de su puzle, que aquél del adulto en el momento en que da la última pincelada a su cuadro. La suma de placeres sensuales acomoda en el subconsciente los distintos valores anímicos que han de servir para nuestra maduración.

VIAJE ESTADOS DE ÁNIMOEn consecuencia, no maduramos en relación a la anécdota o logro adquirido, sino más bien según el timbre emotivo que la experiencia haya podido articular en nuestra alma. Así una persona puede haber obtenido muy variados provechos materiales o, incluso, conquistas y placeres sensuales, mas si no ha aprendido a destilar esa emotividad como poso útil en su interior, el resultado se quedará prendido en una periferia aparente que lo social podrá aplaudir, más lo anímico no podrá identificar como verdaderamente efectivo.

Es por esto que nos podremos pasar la vida atesorando querencias que mitiguen en cierta medida nuestra zozobra, sin tener en cuenta que el «querer» nos crea una dependencia emocional anclada en la carestía y en la vieja angustia vital. El salto de calidad emocional hacia el AMOR requiere maestría. No se puede amar si previamente el individuo no ha cultivado sus estados de ánimo, a través de la actitud y el desarrollo de la asunción. La mayor parte de personas no están educadas en la asunción, esto es: aceptar sin condiciones la realidad de los demás, por lo que, sin conciencia, demoran su viaje en la «querencia emotiva», en la necesidad de placebos que amortigüen el dolor, rellenando sus huecos insatisfechos con fetiches y conquistas que suceden en la periferia de un Yo huérfano, desprovisto de una verdadera individualidad.

En la mayor parte de relaciones de pareja, el estímulo sensorial queda suspenso en la inclinación pasional, en el hábito que subyuga en la medida en que aplaca síntomas de angustia y ansiedad. Desde ahí se establece con fuerza una dependencia afectiva que puede promover el deseo y la misma insatisfacción, mas no llega a convertirse en amor. El amor se cuece en la pulsión anímica, desde la atención consciente donde las almas experimentan un estado de sublimación y simbiosis capaz de liberar los síntomas turbios de un Yo menesteroso.

El amor calma la sed de conquista y establece en el alma un sedimento de concordia que puede poco a poco exaltarla y sublimarla. En esto consiste el denominado «tantra» sexual, como vía de liberación espiritual a través del trance del amor; y en esto consiste la alquimia emocional, como aquella industria de mudanzas conscientes que usa el maestro para hacer efectivo su viaje.

 (Fragmento del libro «Senda de Sabiduría» 3ª edición)        de Antonio Carranza

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Dame herramientas adecuadas para el bien vivir y tendré respuestas saludables para el bien morir.

EL DUELO:

El denominado proceso de «duelo» es la respuesta patética del ser humano ante un hecho que una parte de sí mismo no comprende o bien no acepta.

PATÉTICO: que impresiona, demostración sensible que agita el ánimo de una forma vehemente, usualmente con dolor, tristeza o melancolía.

La mayor parte de las personas son educadas para obtener y preservar, lo que genera, cuando la vida nos propone prescindir de algo o de alguien querido, que una zona inconsciente de nuestro Yo sufra la situación con dolor. Esta tendencia dramática y trágica no subsiste en la propia existencia, ya que la naturaleza establece de forma consonante sus procesos de pérdida y ganancia, de vida y muerte, según el esquema acorde que establece la regeneración.

DRAMÁTICO: aquello que interesa y conmueve vivamente.

         El hecho de que una cebra sea devorada por un cocodrilo para la naturaleza no es tan diferente del hecho de que un niño pequeño muera de tifus; o bien que un joven quede paralítico a tenor de un accidente de tráfico. En la naturaleza no subsiste lo dramático, ya que ella no mueve moral alguna cuando aplica sus leyes. Todo suceso se encuentra regido por un orden cabal que dictamina la misma regeneración, que es imprescindible para los procesos de la evolución. En consecuencia, si no existiesen cambios que regeneraran la vida no podría suceder la evolución.

REGENERAR: restablecer a través de mutaciones o cambios precisos que favorecen la reutilización de algo, restituyéndolo y animándolo para un renovador proceso.

dolorSegún esto todos los seres vivos estamos regulados por ajustes naturales, y a todos de continuo nos afecta la regeneración. De momento en momento, de instante en instante la naturaleza nos regenera, mediante cada aliento que busca, en definitiva, abrirse a un nuevo espacio; o a través de cada pensamiento que persigue respuestas donde, sin conciencia, buscamos perpetuarnos y subsistir.

Dicho lo cual, el hecho de que cualquier mamífero vuelque hacia la pérdida de un familiar una compunción dolorosa, viene dado por la resonancia sensible que establece en su cerebro una cierta dependencia emocional, útil, por otro lado, para perpetuar la especie. Así pues un elefante se detendrá desconsolado ante un ser querido, incluso pretendiendo reanimarlo con la trompa; llorará y bufará, hasta que el instinto le lleve a abandonar ese trance de duelo y continuar el camino de su regulada existencia. De la misma manera que lo hará un perro ante la ausencia de su amo, o bien un oso polar en un zoológico, cuando al ser condenado a perder su hábitat natural, mantendrá un movimiento continuo y desesperado con su cuerpo, mediante el cual manifestará el dolor de su nueva condición.

En nuestro anterior tratado «El humus humano» decimos: «Es debido a la investigación en sensaciones, a los anhelos de superación y traslación y a las emociones asimiladas por los plexos nerviosos, como vamos a ir definiendo nuestro Yo. Lo que nos da a entender que cada uno de nosotros necesitamos de una personalidad que exprese rasgos y caracteres propios…. Heredamos un talante emocional para que el alma humana pueda interactuar con el mundo. Y será de esta forma cómo la reacción emotiva implicará profundos cambios en el cuerpo físico, afectando a los sistemas visceral y glandular. A todo el proceso evolutivo del alma humana lo define la emoción, como el mecanismo de pálpitos que nos lleva a querer y, por consiguiente, a tender y elegir».

Nos es por tanto imprescindible sacudir nuestras emociones ante las diferentes circunstancias que estremecen la vida, ya que estamos vinculados a un arco sensible que nos lleva de la euforia y la satisfacción, a la depresión y al dolor. Esta cuestión en el ser humano se hace natural, marcada por el instinto primario que nos vuelca a nuestros deseos. Mas lo que la mayoría de las personas no llegan a comprender es que la emotividad, como lenguaje del alma humana, se convierte en el balance preciso de nuestra evolución. Podríamos decir: DIME CÓMO TE EMOCIONAS Y TE DIRÁ CÓMO EVOLUCIONAS.

Obviamente, los sujetos más débiles e inconscientes agitarán su emotividad de una manera compulsiva, mecánica y en muchas ocasiones arbitraria; mientras que las personas evolucionadas anímicamente dispondrán de una respuesta emotiva más calmada y ecuánime.

El duelo, en todos sus aspectos, pone al descubierto la penuria emotiva del ser humano, marcada por la identificación sensible con aquella cosa, suceso o persona que no está dispuesto a abandonar. Podríamos decir que cuanto más se declara la servidumbre, el sometimiento emotivo, de menos respuestas conscientes dispone el individuo. En el momento en que una persona comprende el devenir y el sentido regenerativo de la vida, deja de padecer la situación como molesta, ya que la pérdida no la identifica como inconveniente, sino más bien como adecuada y prescindible.

Una persona puede prescindir de algo en el instante en que comprende que ya no tiene que estar. Si el apego emocional lleva al sujeto a identificarse con la sensación de pérdida es, sin duda, por falta de conocimiento de las leyes naturales, y debido a ese instinto primario que nos vuelca en exceso a la vida y se resiste con virulencia a la muerte. El elefante padece su duelo en el tiempo preciso que en su cerebro se activa la pena y aun la nostalgia, mas cuando se cerciora de lo que ya es inevitable, abandonará y permitirá que el empuje de la supervivencia tome las riendas de su devenir.

Sin embargo el ser humano puede demorar el trance del dolor, alimentado por la melancolía y, sobre todo, por el cariz resistente que empleará su mente ante lo que no soporta o no está dispuesto a asumir. Con ello, enarbolará sin conciencia un foco soberbio y beligerante contra la vida, y no se dará cuenta porque su reacción luctuosa no sólo será aceptada socialmente, sino que en cierta manera lo excusará ante sí mismo. Es como si el subconsciente le dijera: «si no sufres, es porque no quieres de verdad». De esta manera cuanto más sufra una parte de sí mismo rendirá pleitesía a aquello que ha de abandonar, reafirmando su estimación. Su «Ego» lo llevará una y otra vez a la auto-compasión, y no podrá valorar con ecuanimidad la situación, ya que su visión se verá enturbiada por el mismo dolor. No obstante, aquí decimos que el verdadero amor puede prescindir saludablemente del sufrimiento, ya que reclama la luz de la aceptación.

Para poder afrontar conscientemente una pérdida, sea de la índole que sea, lo primero que tendríamos que preguntarnos es «¿Qué me quiere decir esta nueva situación? ¿Qué tengo que aprender de esto?» Si estas preguntas se declaran desde la serenidad, en la mayoría de los casos la respuesta nos revela el desapego lúcido que nos ha de ayudar a no sufrir.

Ya los antiguos griegos comprendían que el equilibrio emocional consistía en conciliar a Eros (agente de la vida) con Thanatos (dios de la muerte). Cuando una sociedad se educa para conservar y preservar, desde la inclinación erótica que reclama de continuo nuevas sensaciones, rechaza cualquier conato de muerte. Sin embargo, la muerte ya está aquí, junto a nosotros, es concomitante a la vida, pues en ella de continuo se nos reclama desechar algo para poder conquistar y progresar. La persona que no está dispuesta a prescindir demora su proceso adolescente y no puede progresar en el transcurso de la maduración.

Uno de los conceptos básicos que integramos en el camino de la auto-realización individual es el de aprender a hacernos «amigos de la vida». El sujeto que no comprende el devenir, difícilmente puede hacerse amigo de la vida, ya que en la medida en que no acepta lo que le pasa, agita sus resistencias mentales y emocionales, poniéndose en contra del destino. En consecuencia, la persona evolucionada aprende a asumir sus situaciones vitales, ubicando su emotividad a favor de la existencia.

La cuestión primordial que permitiría a muchas personas dejar de obcecarse y resistirse en la inclinación instintiva hacia el apego emocional, reside en el conocimiento amplio de las leyes naturales. Cuando alguien comprende el sentido tácito de la muerte, deja de sufrir. Tan importante es para nuestra evolución hacernos amigos de la vida como de la muerte. Aprender a bien morir significa asumir con un talante cordial aquello que hemos de abandonar a un lado del camino, ya que si desaparece o bien nos plantea un concreto desprendimiento, es porque no nos es útil. El desapego se convierte en uno de los principales antídotos que nos pueden redimir del veneno del «Ego», mas para poder aplicar este remedio una persona tiene primero que comprender su devenir y el sentido de lo que la vida le propone, momento a momento.

La comprensión del sentido regenerador de la muerte es cardinal para el proceso. Esta cuestión no debería ser tratada desde una óptica meramente religiosa, ya que el conocimiento trascendental que podríamos adquirir si analizamos y estudiamos multitud de tradiciones, o bien experiencias diáfanas que nos aclaran el sentido de la muerte física cuando ésta ha de llegarnos, es fundamental para nuestra comprensión.

Son muchos los individuos que se resisten a acercar sus mentes a un conocimiento trascendental, ya que su parcial mirada sobre los asuntos cotidianos la define el índice sensorial que han desarrollado. Esto es como decir que todo lo que interpretan de la existencia es a través de sus sentidos primarios, por lo que la intuición y la posibilidad de asumir una perspectiva holística sobre los asuntos de la vida y de la muerte queda relegada.

Nosotros desde aquí sugerimos un conocimiento adecuado y preciso que nos pueda llevar a la compresión del devenir, no precisamente a través de la creencia, sino más bien de una clara percepción sobre la realidad. Esta mirada nos ayudaría a dejar de sufrir la vida como ingrata y, al mismo tiempo, a despertar la conciencia sobre lo que nos pasa o bien le sucede a los demás.

Muchas personas de buena intención patrocinan círculos luctuosos en los que, sin una definida comprensión, alientan el frío helor de la pérdida. Ellos creen que el duelo es imprescindible y que requiere el tinte plañidero con el que poder justificarnos y desahogarnos. Desde aquí, no se percibe la sutileza de la dudosa compasión que puede experimentar el sufridor, el tono hosco y yo diría «egoico» de la resistencia emotiva, el veneno insidioso del apego, mas tampoco el trance de un personaje que en el teatro de la vida adopta sin conciencia el papel de víctima.

No estamos en esta vida para sufrir; y aquél que convierte su existencia en un valle de lágrimas se perderá la maravillosa sensación de sentir la vida integrada y cabal. Es la mirada consciente la que inunda el corazón de esperanza; y es la conciencia la que nos puede proporcionar el exquisito elixir del amor incondicional, aquel que abraza a la misma muerte. Abrazar la muerte es un acto de amor. Para vislumbrar mejor este concepto pondremos un ejemplo: Si un padre asume una limitación o incapacidad de su hijo como pertinente, según lo que la vida dispone para él, no sólo lo está amando, sino que contribuye a que el muchacho se sienta integrado con su realidad. Diremos que el subconsciente del niño identifica la asunción del padre o bien de la madre con la de la propia vida. Por el contrario, si el padre lo deprecia o bien pretende que sea un niño normal, aunque a priori parezca que lo ame no será así, ya que estima más su criterio sobre lo que espera de su hijo que la realidad de lo que es y manifiesta. Esto sería un acto de desamor que no contribuiría a que el niño creciera de forma adecuada. ¿Comprendemos esto….? Pues nuestras sensaciones y conductas ante la realidad existencial ocasionan lo mismo.

Si estuviéramos educados para reconocer que en cada situación de aceptación o desprendimiento que nos sugiere la vida se establece el antagonismo del amor o bien del desamor, identificaríamos el apego como un síntoma de subordinación y dependencia emocional. El amor es un sentimiento expansivo que abre la emoción a la realidad bienhechora de la vida. El desamor, por el contrario, se establece desde la aprehensión, pues crea resistencias sensibles y mentales a las circunstancias que se disponen como entrenamiento emocional. Cada vez que nos resistimos a lo que nos sucede estamos generando en nuestro campo astral un signo de desamor que comprime al alma humana. Si el progreso del Yo personal requiere de la energía de Eros, para constituir una concreta individualidad a través de lo que elegimos y deseamos, nuestra evolución anímica necesitará del beneficio de Thanatos, como energía liberadora que nos proporciona cada desprendimiento. En consecuencia, la liberación del alma precisa del consciente desarraigo de los efectos mundanos y, qué duda cabe, de aquellos apegos emocionales que nos sujetan a este mundo.

Los estudiosos del proceso de la muerte coinciden al considerar que cuando un moribundo se resiste a lo inevitable, recurre a una angustia extrema que lo lleva a sufrir. La resistencia ante la muerte conlleva dolor, tanto para los vivos como para los muertos, mientras que la capacidad de desprendimiento proporciona el bienestar plácido de la aceptación.

Muchas personas que leen esto podrían pensar: «eso está muy bien, lo entiendo, pero ¡qué fácil es argumentar sobre la muerte a aquellos que no han perdido a un hijo; a los que no los ha abandonado una esposa o bien no los han echado del trabajo!» Esta simple respuesta mental indicaría de forma palmaria la distancia insalvable que el subconsciente establece entre la teoría y la práctica. El individuo común está tan habituado al duelo que no concibe prescindir de él, por mucho que comprenda el beneficio anímico que la liberación mental comportaría. Muchas veces podemos divisar un ápice de la verdad, vislumbrar la luz, mas la obstinada condición pesará como una losa que a nuestro depauperado «Ego» le será imposible mover. Si no echamos a un lado la losa de nuestros hábitos negativos, de los clichés psicológicos que certifican la condición, no podremos avanzar en el camino.

                                                                                                         (Fragmento del libro «Resplandor y brisa» de Antonio Carranza)

Libros recomendados del mismo autor:

«El humus humano (Viaje mítico hacia la Totalidad)»

«La balanza dorada (Estudio de las 48 leyes que nos gobiernan)»

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PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL CAMINO

(Fragmento del libro «Ser o no ser», nuestro eterno dilema) de Antonio Carranza.

Desde el punto de vista de la masonería, los cuatro fundamentos del camino tienen que ver con el hacer, con el osar, con el callar y con el atender.

Como vimos anteriormente, el «hacer» guarda relación con el desarrollo de los dos primeros chakras, ya que a través de los logros que conquistamos podremos favorecer la construcción del Yo. Por eso las personas deprimidas o que tienen baja autoestima necesitan fundamentalmente acercarse a terapias de manipulación,  de expresión creativa. El «hacer», el tomar decisiones, desarrollar inquietudes no sólo es útil a los sentidos, sino que terminará por serlo a nuestra alma humana. Hay  acciones útiles para el Yo y otras que tenderán a fortalecer el alma humana. El Yo requiere en un principio representarse a sí mismo en lo que hace, dosis de vanidad, la sensación de haber podido y construido. Al alma humana, por el contrario, le será adecuado el compartir sanamente emociones, la sensación de cooperación y entrega donde el Yo aprende a sentirse ubicado de una forma más integral y participativa.

El «osar» se relaciona con el tercer chakra. Osar significa atreverse, y el que no se atreve no vence sus miedos y sus inhibiciones personales. El chakra manipura nos invita a adoptar la fuerza interior, como una resultante fundamental en el desarrollo de la personalidad humana. El ser humano «es» en la medida en que «se atreve a ser», a realizar sus proyectos, a afrontar situaciones de riesgo que le ayuden a realizarse como individuo.

Aprender a «callar», a hacer más pasiva la personalidad y el ansia por representarnos a nosotros mismos en lo que expresamos con la palabra, sólo puede suceder cuando un individuo ha alcanzado una cierta madurez emocional. La cualidad fundamental del corazón es la dignidad. El chakra Anahata relacionado con el corazón nos permite ser por nosotros mismos, ser verdaderos individuos, porque en la medida en que se obtiene la fuerza interior —que no es orgullo, ni soberbia—, el ser humano deja de necesitar consideración y estima de aquellos que lo rodean. La mayor parte de nuestras expresiones busca, aun inconscientemente, esa consideración. La verdadera capacidad de amar no podrá suceder sin estas dosis de fuerza personal.

La atención se convierte en el siguiente aspecto imprescindible para el desarrollo del alma humana. El proceso estímulo-modelo-respuesta debe de sufrir aquí un cambio sustancial, cuando el iniciado se permite activar su conciencia entre las impresiones que llegan del exterior y la mente. «Atender» es la base fundamental de todos los principios conscientes que han de favorecer el tránsito hacia la maestría, ya que la comprensión y la conciencia, como aspectos fundamentales del camino iniciático, no pueden suceder si no aprendemos a prestar una atención debida a aquello que nos condiciona.

Como vemos, el cuerpo humano es un arquetipo divino organizado cabalmente para que en él se puedan dar los principios naturales de la evolución. Él va a representar los diferentes trances del camino, mas será en su núcleo, en el sol central del corazón, donde el iniciado comience a construir su templo interior. La capacidad de respeto y compasión suceden como una derivada oportuna de la ubicación personal, cualidad fundamental de este chakra. En efecto, ya que el proceso del amor sólo puede establecerse en nuestro corazón cuando alcanzamos la dignidad personal.

El denominado «Niño Sol» por los alquimistas medievales es un principio crístico que emana del chakra anahata (corazón), como la primera luz de ese «sagrario» espiritual que todos llevamos en nuestro interior. Construir el templo se convierte para los freemasons (el gremio de albañiles libres nacido tras el Renacimiento) en el objetivo primordial del hombre espiritual. Así el templo exterior que ellos edifican irá destinado a representar el templo interno que cada uno debe construir en su corazón. Ellos, como los templarios y cátaros, entienden la evolución del alma humana como un proceso de desarrollo de la conciencia, un tránsito de las referencias externas que atrapan al hombre hacia las internas que lo liberan y clarifican.

En este sentido, el término «templo» guarda las mismas raíces etimológicas con las palabras «tiempo» y «temple» (templanza). Construir nuestro templo interior significará liberarnos de la rueda de lo temporal y caduco, trascender la inercia de la vida e instalar la emoción en una serenidad neutra, en una «templanza» que nos permita experimentar la paz del espíritu. Ellos van a utilizar una serie de símbolos que representen este fundamental proceso:

La regla.- destinada a unir. Representará el «trazo consciente» que el iniciado debe establecer entre sus intenciones y objetivos.     conducta-masonica

La palanca.- destinada a levantar. Representará el esfuerzo y la constancia, como virtudes principales para alcanzar los logros del espíritu.

El mazo.- destinado a consolidar. Él se convertirá en la pieza que represente el tesón y la voluntad consciente.

El compás.-  destinado a cerrar el círculo de la vida. Esta herramienta será la clave última de la masonería, ya que simbolizará el cierre de los ciclos de la vida y el encuentro con nuestra esencia primordial.

Si estos son los elementos principales, representados infinidad de veces en las catedrales masónicas, el sentido fundamental de la construcción del templo es el de rehacerse a sí mismo. La piedra filosofal será representada por un hexaedro perfecto y pulido, como culminación del trabajo de depuración y síntesis que todo iniciado emprende en el camino. Así pues, la masonería es fundamentalmente alquimista, ya que en sus símbolos señala el proceso de destilación y depuración anímica que permitirá que el espíritu triunfe sobre la materia.

Hiram Abiff sería el constructor del templo, el arquitecto que Salomón elige y que con posterioridad es traicionado y asesinado por tres de sus envidiosos ayudantes. Esta traición es considerada para los judíos como la influencia del mal en el alma humana. La masonería entenderá asimismo que todos nosotros somos Hiram Abiff, iniciados en el camino de la vida que tendrán que aprender a construir su templo interior. Es por ello que a los iniciados masónicos se les denominara «hijos de la viuda», ya que el arquitecto Hiram era hijo de una viuda en la misma ciudad de Jerusalén. No obstante, todos tendremos que padecer la traición de las tres influencias nefastas destinadas a desestabilizar la obra, representados vivamente en multitud de tradiciones espirituales:

Los tres traidores de Harim Abiff:

Sebal                   Orteluk                         Stokin

Tres enemigos indeseables fueron los que traicionaron a Moisés:

Core                    Dathan                         Abiram

Asimismo el patriarca Job se tuvo que encontrar con sus tres enemigos de la noche:

Eliphas                Bildad                           Zophar

Entre los egipcios tres demonios desestabilizarán el reino de Osiris:

El demonio del deseo (Apopi) El demonio de la mente (Hai)  El demonio de la mala voluntad (Nebt)

Los antiguos griegos los representarán en sus tres furias:

Alecto                           Mégera                         Tisífona

Para los budistas serán tres venenos que contaminarán al alma humana:

El veneno del apego     El veneno de la ignorancia     El veneno del desamor

            Según la antigua tradición mazdeista, que fundara Zoroastro, serán los servidores de Ahrimán, la sombra:

Asoqar                Frasoqar                       Zaroqar

En las antiguas tradiciones aztecas nos vienen señalados por:

Ihuimicatl           Toltecatl                       Tezcatlipoca

También las leyendas nórdicas nos hablan de los tres traidores de Odín:

Juvelon               Juvelaz                         Juveloz

Los tres traidores de Jesús de Nazaret representarán a su vez el demonio del deseo (Judas), el demonio de la mente (Pilatos) y el demonio de la mala voluntad (Caifás).

Al final Salomón, basándose en las medidas que su padre David recibiera mediante la inspiración, reconstruye el gran templo en Jerusalén, como obra culminante que la voluntad divina llegara a cristalizar en el mismo pueblo de Israel. El pueblo judío pues se convertirá todo él en un arquetipo representativo de la obra espiritual que el iniciado debe emprender aquí en la tierra. Tendrá asimismo que liberarse de la esclavitud de lo mundano y grosero, representado en el proceso de decadencia que vivía el pueblo egipcio, cuando mantenía en esclavitud la voluntad judía. Tendrá que verse sometido por la inercia que lo lleva a venerar al dios asirio Mammon, en el pasaje en que el envidioso Datán lleva al pueblo a adorar al becerro de oro, mientras Moisés ora en el monte Sinaí para recibir las Tablas de la Ley.

El dios asirio Mammon representará para toda una era de decadencia el culto al placer desorbitado y ansioso y, a su vez, el afán por los bienes materiales. Como consecuencia de esta debilidad inconsciente, el arquetipo se llega a declarar en todo un pueblo que habrá de pasar los duros trances del denominado «desierto de los sabios», aquel que todo iniciado debe atravesar para encontrar la «Tierra Prometida».

El pueblo de Israel tendrá que aprender a consolidar su hegemonía espiritual en la Tierra Prometida. Por ello necesitará previamente fundar la ciudad de Jerusalén, viva representación del poder de la paz y el amor en el corazón del hombre. El templo pues estará destinado a consolidad la luz divina en el alma humana, proceso de las tres fuerzas de la creación que guardan relación con el mismo nombre «IS-RA-EL».

IS.- Principio de la luz femenina, representada por los egipcios en la diosa Isis, como fuerza naturalizante de vida.

RA.- Principio del poder y la fuerza masculina encarnada por el dios egipcio RA. Este será el dios solar que surcará los cielos con su barca para servir de puente y esperanza al alma humana.

EL.- Como aquella fuerza capaz de conciliar, principio espiritual de casación y síntesis. No en vano el nombre de Elías significa «soy el que soy», ya que su origen etimológico deriva de Eliy Yah, o el poder del Verbo que crea.

                                                                                             (Extracto del libro «Ser o no ser» nuestro perpetuo dilema de Antonio Carranza)

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 LA MOLESTIA

 La regeneración humana implica cambios y un movimiento consciente de la conducta y la realidad vital que nos sustenta. Entendemos cuatro aspectos que de continuo requieren una continua regeneración, para que no entren en procesos de decadencia y deterioro.

El primero atiende a nuestra realidad física. Sentirnos cómodos con nuestro cuerpo implica una adecuada expresión y, a la vez, atender al balance de densidad que en él incorporamos. Resistencias en la forma de movernos, debilidad que sufre el Yo personal y de continuo repercute en nuestros órganos y sistemas.

53596_N_08-09-12-22-28-16El segundo atiende a nuestro contexto mental. Observar la inclinación inconsciente al pensamiento negativo y a la reacción que instaura la psique frente a aquello que nos pone en evidencia. El pensamiento se convierte en un instrumento cardinal del «Ego» que requiere ecuanimidad y, en multitud de ocasiones, silencio.

El tercero atiende a nuestra realidad emocional. La sensiblería o bien la falta de tacto y consideración bloquea el centro de la emoción, nos debilita o bien nos entumece. Por en contrario, la rabia que nos suscita una situación adormece la conciencia y genera de continuo un malestar que nos impide sentir de forma adecuada.

El cuarto atiende a la realidad anímica, como un aspecto propio que se alimenta de continuo de nuestras sensaciones. Necesitamos pues de sensaciones gratas y positivas para que el alma fructifique y, diremos, que esto depende exclusivamente de nosotros, ya que según nos tomamos las cosas, así agitamos la sensación.

A estos cuatro aspectos humanos a atender los deteriora la molestia interior que sufrimos, muchas veces sin conciencia. Por consiguiente, podríamos decir que «ASÍ TE MOLESTAS, ASÍ ERES». Aparece una nueva constante energética que impacta de continuo en nuestra realidad física, mental, emocional y anímica. La molestia se convierte en un índice cardinal que va a poner en evidencia la fuerza o la debilidad de un individuo.

En atención a esto podremos acometer un inventario sincero, en el que nos preguntaremos:

¿Qué nos suele provocar molestia, desazón en la vida?

¿Qué tortura nuestras vísceras como una asignatura cardinal que aún no hemos trascendido?

¿Cuándo ponen los demás en evidencia a nuestro Yo menoscabado, cómo solemos reaccionar? ¿Huimos, sentimos rabia interior, juzgamos con aspereza al «pinche tirano» que está en ese momento entrenando nuestro talante?

¿Si siento que no me comprenden o aceptan, reacciono con dolor? ¿Qué espero en realidad de los demás…?

Asimismo, podemos mirarnos detenidamente ante un espejo, a ser posible desnudos, antes de preguntarnos:

¿Me siento bien conmigo mismo o me encuentro incómodo, disminuido? ¿Es veraz la imagen que muestro ante los demás?

La molestia nos hace depender ostensiblemente de lo que sucede afuera, pues implicamos una realidad emocional dañada que sufre el Yo debilitado. La persona madura no suele molestarse, ya que comprende y asume aquello que lo entrena. En consecuencia, el balance de molestia que sufrimos habla de nuestro proceso de desarrollo individual.

La gran asignatura que tenemos como individuos es regenerar el hábito de la molestia, condición con la que reaccionamos ante la vida y dejamos que nos contamine lo exterior. Saber ponernos un impermeable energético ante lo que al Yo no le agrada y ante las tonterías que pueden manifestar los demás, se convierte en un ejercicio consciente que favorece la salud en todos los campos.

La clave pues está en la atención que nos lleva a observar el parpadeo de debilidad que nos somete. ¿Estamos situados en el personaje molesto? Si es así, el monstruo externo nos abrumará y las respuestas ante él serán débiles y subordinadas. Son las situaciones de riesgo las que nos ayudan a crecer. El temple y equilibrio ante lo que vibra de forma inconveniente en el exterior nos otorga la fuerza imprescindible para nuestro desarrollo anímico. Sin embargo, el ser humano común no está dispuesto a admitir aquello que le molesta, a considerarlo como pruebas cardinales de templanza y gobierno, por lo que su «Ego» termina por dañar sus campos de energía.

El Yo torturado necesita justificar la molestia que padece ante lo que no quiere consentir. Es así como reacciona con dolor, perdiendo una energía sustancial para el camino. La templanza contribuye a la regeneración del alma, mientras que el desenfreno y el enardecimiento engendran debilidad y sumen a la personalidad en un desconcierto que nos convierte en títeres del destino.

El que aprende a no molestarse aprende a ser fuerte, sensible y verdaderamente inteligente. La reacción molesta nos desubica, pues consiente que el individuo se identifique negativamente con la anécdota no entendida y no superada. Si comprendemos que todo en la vida nos está entrenando y que aquello que nos pasa es circunstancial, en vez de reaccionar y quejarnos, adoptaremos un talante receptivo, por mucho que al «Ego» le quiera parecer una necedad insoportable.

No hay excusas para la molestia inconsciente, ya que ella, en definitiva, no soluciona y termina por dañar nuestros campos vitales. La contrariedad nos impide observar con perspectiva la realidad e impide que aprobemos asignaturas cardinales que nos proporciona la existencia para aprender.

El precepto, el rigor ajeno, suele crear molestia, puesto que el «Ego» no soporta la sacudida de aquello que interpretamos como imposición. En este sentido solemos reaccionar negativamente, sin admitir criterios u observaciones contrarias a lo que queremos oír. El Yo atascado en su propia nebulosa mental no soporta la Verdad que implica lo diferente. Observad que digo «la Verdad de lo diferente», pues si la escuchamos debidamente puede convertirse en tan oportuna como la propia. Por tanto, el gesto retorcido que suele emplear el «Ego» nos imposibilita aceptar lo que nos llega de los demás. Es así como amplificamos el dolor. En cada oportunidad que la vida nos brinda para desestructurar al Yo, para superar asignaturas tan importantes como las de la soberbia y las del auto-engaño, terminamos por reaccionar ardientemente y envolverlas con una excitación que nubla el entendimiento y acrecienta la MOLESTIA.

La molestia nos cierra todas las puertas en el camino de la auto-realización individual, y a este tipo de sentimientos negativos los sustenta una mente crítica que busca su ajustada interpretación. En consecuencia, el enfado nos impide ver con claridad las pruebas de la vida, nos hace obtusos y termina por fatigar el sentimiento.

 (Fragmento del libro «Resplandor y brisa, los diez parámetros de la conducta» de Antonio Carranza)

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                           EL PERFECTO SENTIDO

Comentarios sobre la película «PERFECT SENSE», ofrecida en uno de los Cine Forum que los sábados brindamos en nuestra Obra Social C.E.P.A. Incorporada al libro educativo «Al otro lado del espejo» de Antonio Carranza:

Digamos que una fuerza divina enciende el interruptor de la vida, y en el momento en que eso sucede aparece una centella de luz dispuesta a dar timbre y tono a todo el Universo. De ese rayo brotan multitud de colores, timbres diversos, una afluencia asombrosa de impactos, formas, garabatos, siluetas que conforman el mundo; nuestro mundo conocido. Este orbe inmenso que llamamos vida está repleto de sensaciones con un firme propósito: que los seres que lo habitan puedan experimentar, sentir, palpar, apreciar, vibrar en emociones diversas… puedan, en definitiva, relacionarse con otras formas de vida que les sirvan de entrenamiento. Todas ellas, sin duda, están preparadas para contribuir a un progreso interior insospechado. Esta escalada hacia la cumbre busca, mediante las sensaciones y los deseos que nos impregnan, la extraordinaria plenitud, la gran experiencia de sentirnos completos. Sin embargo, la fuerza del espíritu intuye que esto no podría suceder mientras se experimentan síntomas de frustración y la angustia que provoca todo aquello que nos parece diferente.

Ese era el plan, el plan que estableció Dios en el momento en que encendió el interruptor: que todos los seres experimentaran lo diverso para llegar a sentirse plenos. Pero le falló el plan, de tal manera que los seres humanos comenzaron a no querer advertir en lo contrario algo útil que los acercara a la cumbre del espíritu. Fue entonces que se hicieron egocéntricos, y sus corazones se cerraron, sin poder gozar sanamente de todo lo que les rodeaba. Empezaron a desarrollar una torpe sensibilidad que, lejos de conducirlos a ese gran resultado de la plenitud, los sumió en un continuo desencanto. Este nuevo estado les llevó a una permanente queja, a un extraño sentimiento de dolor, porque los gobernaba la sensación incomoda de no sentirse realizados y estables en su mundo. Fue así cómo comenzó la gran trampa de la penuria y el ahogo que supone necesitar y querer siempre disponer de más y más. Apareció por tanto una constante reacción contra la vida; y por más que esa fuerza divina les había otorgado todo un orbe de efectos maravillosos, ellos se sentían cada vez más desafortunados, cada vez más lejos de la plenitud propuesta por el plan.

images (1)El ser humano se acostumbró a reaccionar contra la existencia, necesitando más cosas para mitigar su hambre de estímulos. De esta forma su mente llegó a proyectar multitud de nuevas sensaciones, diferentes a las simples y sencillas que sugería la naturaleza. Y comprendió Dios que eso no era bueno porque distanciaba a las personas del plan universal que en principio se había ideado para su evolución. Fue así que decidió ir apagando el interruptor poco a poco, con la firme intención de que todo individuo comenzara a valorar aquello que fuera perdiendo. Dijo Dios para sí: «Hijo mío, a partir de ahora tendrás que perder para saber apreciar».

Entonces sucedió que comenzamos a perder el sentido del olfato, dejando de oler tantas sustancias y fragancias naturales. Sin embargo, esta pérdida no nos pareció demasiado importante. Tan apagados e insensibles estábamos que tan sólo llegamos a exclamar: ¡para lo que hay que oler…! Todas las perfumerías del mundo tuvieron que dejar de existir, y la palabra «perfume» se fue lentamente extinguiendo del uso ordinario, como la costumbre de llevarnos una flor a la nariz o bien el recuerdo de la fragancia del pecho materno. Olisquear se había convertido en un esfuerzo instintivo que poco a poco fue siendo espejismo. Lo hacíamos como una forma de saludo, sin apreciar por las fosas nasales ningún tipo de olor.

Luego perdimos el sentido del gusto y empezamos a relamernos constantemente, a tener la boca seca y una sensación ambigua en el paladar. Esto ya nos preocupó más, pues los alimentos dejaron de tener su gusto particular y comenzamos a comer indiscriminadamente. Aquí los restaurantes y todas las empresas relacionadas con la comida se arruinaron, teniendo que sufrir el deterioro de este hermoso sentido. Muchas personas caminaban por la calle con la boca abierta y la lengua jadeante, buscando inconscientemente recuperar un asomo de gusto y paladar. En ocasiones los podíamos vez lamerse los unos a los otros, manteniendo en sus semblantes muecas de asombro y de un desespero que sólo atenuaban los besos.

 Más tarde Dios pulsó de nuevo el interruptor para que perdiéramos el sentido del oído. Y ahí ya el hombre empezó a sentirse muy desgraciado, a tal punto que esta pérdida derivó en una extrema violencia. La violencia interior pasó a ser exterior, y cada ser humano comenzó a experimentar la sospecha de que él no era tanto como presumía. Gracias a esta sensación de vacío, de fatuidad, el hombre se enfrentó con el hombre; la vida ordinaria quedó totalmente mutilada, y hubo seres que se refugiaron tanto en sí mismos, que lentamente su fueron marchitando. Cuando la comunicación empezó a flaquear, la soledad dañó con espanto el corazón, y fue de esta forma como muchas personas que les quedaba un resto de sensibilidad valoraron en extremo la comunicación con otros seres, al sospechar que sus corazones se podrían secar fácilmente. Personas que antes se ofuscaban en sus propios credos y opiniones, ahora comprendían la cualidad maravillosa de la compasión. Individuos que antes les costaba dar su brazo a torcer y reconocer sus propios errores, ahora estimaban como un bien preciado esa posibilidad, acercando con verdadera inquietud las palmas de sus manos a las de los demás, dando a entender que por encima de todo se necesitaban y que cualquier criterio o consideración en aquellas circunstancias valía en verdad poco.

Fue en ese instante cuando aparecieron dos caminos, dos posibilidades latentes en el devenir humano: aquél de los individuos con esperanza y el que se abría para los desesperados. Hubo pues personas que vivieron aquella situación con verdadera luz y ánimo a pesar de todo, buscándose los unos a los otros para mitigar tanta pena, alzando los ojos al cielo comprendiendo cómo el deterioro que sufrían tenía por causa la soberbia y la indignidad. Tantas vicisitudes amargas les llevaron a comprender que Dios permitía aquella desazón como una gran prueba útil a superar, y así la esperanza que anidaba en sus corazones les ayudó a cooperar con su nuevo destino.

Pero hubo otros —por cierto la mayoría— que terminaron por sentirse desesperados. Protestaban constantemente, se quejaban de su infortunio, sintiéndose extraviados y sin norte posible. Se perdió el sentido del habla y ya, cuando ni siquiera podían expresar en palabras sus sentimientos, se miraban con desafío, con una total desconfianza. La comunicación llegó a hacerse imposible. Fue aquí que el ser humano recordó viejas leyendas de la antigüedad, las que narraban la gran confusión de lenguas y la desproporción de los sentidos cuando el ser humano se hizo soberbio contra Dios. ¿Ya había sucedido algo parecido anteriormente? Se preguntaban aterrorizados. ¿Cómo poder de nuevo recuperar las viejas sensaciones que comenzaban a convertirse en recuerdos inalcanzables? En ese estado de confusión los antiguos placeres no sólo se añoraban, sino que ponían en evidencia la torpeza y falsedad que había asolado al ser humano.

No obstante, antes de perder el sentido de la vista, el último sentido, el ser humano se dio cuenta que había dos sentidos superiores. Fue allí, en ese horizonte, en ese límite, que tomó conciencia del sentido de la vida. Antes, como estaba inmerso en una existencia de lujo y placer, de constante necesidad, ni siquiera podía dar crédito a tantas maravillas con las que se relacionaba. Antes no apreciaba a otro ser humano, aunque diferente, como magnífico y excepcional. Con anterioridad se escuchaba más a sí mismo que a quien le llegaba como radiante ocasión de compartir y aprender. Antes no podía sentir todas sus relaciones como privilegios exquisitos para la vida. Fue en aquél instante que dejó de ambicionar para en verdad sentir. Allí, en aquel límite, en aquella profunda sensación de pérdida, se dio cuenta de que había una vida junto a él que latía y que él podía disfrutar sin agobios y sin la continua zozobra de buscar nuevas sensaciones.

Entonces despertó el gran sentido que le permitía escuchar su corazón permanentemente.  Cada sístole, cada diástole, eran como un recuerdo de sí mismo, de su luz y su poder. Pero la vida le gritaba, la vida a su alrededor protestaba, la vida se empeñaba en crear en su mente un sudario de dolor y un espejismo de amargura. Atrapado en aquella zozobra, inerme y desamparado, el ser humano se dio cuenta que había otro sentido, otro sentido más importante todavía que el sentido de la vida; un sentido que de siempre lo había estado abrumando y, aunque aterrador, comprendió que era imprescindible tener en cuenta: el sentido de la muerte. Cuando esas sensibles personas comprendieron y sintieron en su corazón la fuerza de la muerte, al darse la oportunidad de abrazar a la muerte con toda la conciencia de que disponían, dejaron de sentirse pérdidas, nostálgicas y malhumoradas. Dejaron pues de experimentar la constante añoranza de la ternura y del calor, la ambigüedad de tantas sensaciones agradables que habían disfrutado en el pasado.  El gran sentido de la muerte, en el instante en que lo vivieron profundamente en su interior, es lo que les llevó a AMAR.

Estaban perdiendo la sensibilidad, estaban perdiendo la capacidad del gozo sencillo e inmediato. Habían sumergido la mente en un estado continuo de incertidumbre y queja. Un oscuro revanchismo anegaba el corazón humano, una molestia que les confundía y hacía que se acercaran a la muerte con más y más dolor. Cada vez ansiaban más, pues se habían convertido en devoradores incontinentes y en monstruos soberbios sin saberlo. Este estado inconsciente les alejaba cada vez más de Dios. Revelarse contra la simple existencia era revelarse contra Dios; y no abrazar cualquier manifestación de la muerte, era asimismo revelarse contra Dios.

Los sentidos del ser humano habían perdido la capacidad de aceptación; y la mayoría estaban buscando médicos y curanderos que los sanaran de esta nueva enfermedad sin comprender que el mal residía en el laberinto de sus mentes. El «Ego» es una ponzoña que les perturbó los sentidos y les llevó sin conciencia a dar tumbos por la vida, en rebeldía obtusa contra el destino. Ahora algunos han comprendido que la inmanencia de la vida es lo que está aquí, ahora, en cada verruga, en las canas y gloriosas enfermedades, en la hermosa vejez que, asimismo, nos construye y a la que nos acercamos con luz y seguridad, en la colosal arruga que nos dignifica, en la cicatriz que nos afea, en un simple huevo frito, en la flor mustia y en el pajarillo tuerto.  Han perdido mucho, mas al fin llegaron a saber que en el gran abrazo de la muerte descansa la soledad.

Ya no se sienten cómplices de entuertos y desgracias, pues no se quejan ni necesitan hablar de ellas. Respiran juntos y sonríen de una forma nueva y sensible que los conecta de inmediato con todo. Una mano en el hombro la aprecian como el mejor de los privilegios; y la complicidad que ahora les une es en suerte, no en desgracias. En estos nuevos tiempos donde los sentidos son luminarias del alma no les brotan por la boca soliviantos ni cicatrices, sólo alientos con los que aprender a amar más y mejor. ¿Cómo podremos aprender a amar si no valoramos lo que la vida nos da en cada momento?

En aquel instante Dios comprendió que todo había tenido un sentido y que a pesar de la rebeldía del ser humano, de su obstinación, a pesar de tantas quejas, de sus gestos ruines y miserables, de su recalcitrante egoísmo, después de todo aquello, el plan seguía funcionando. Sí, porque Dios comprendió que todo individuo volvería a casa cuando hubiera dejado atrás el dañino sentido del «Ego», cuando se hubiera desprendido de su Yo majadero y desesperado. En el plan también estaba escrita esa ambición: la necesidad de devorar estímulos y de dejarse tragar por los artificios del mundo.

«Hijo mío —dijo de nuevo Dios— volverás a abrazar la muerte y, tarde o temprano, dejarás de ambicionar. Así tus sentidos permanecerán limpios y radiantes para mí. Será entonces cuando vuelvas a esta, tu casa». El hombre sabio, tras tantas vicisitudes, escuchó la voz de Dios y supo que la muerte es en definitiva una gran amiga. Ella, en el instante en que nos desprendemos del ropaje falso del «Ego», nos otorga la profunda neutralidad. Y comprendió que ese sentimiento tenía que ver con el gran Amor que abre las puertas del corazón. ¡Volver a casa! No desear, no ansiar, no evocar… no sumergir la mente en las sombras del tiempo.

Las ventanas de los sentidos nos pueden llevan a la desesperación, a la amargura y a una constante reacción contra la vida. El ser humano, en el instante en que ansía, no valora lo que tiene y ofusca sus sentidos en la coordenada del tiempo, un tiempo hosco que lo devora sin conciencia y sin remedio. No valoramos más a una persona o a cualquier experiencia que cuando la perdemos. Eso sucede porque la psique humana se posiciona a este lado del espejo donde la atrapan las sensaciones ordinarias y su miseria mental. Por consiguiente, tenemos que perder para poder valorar. El día que no haya sensación de pérdida en tu corazón, encontrarás a Dios y todos los sentidos se diluirán en estos dos últimos fundamentales: en aquél de la vida y en el que atañe a la muerte. Será así cuando la conciencia humana habrá unificado todos los contrarios. La gasa sucia de la necesidad quedará atrás, la torpe frustración, la añeja mortaja del desencanto. Y nos veremos en otro plano, con otra lucidez que no nos nublará ya los ojos.

(Fragmento del libro «Al otro lado del espejo» de Antonio Carranza)

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RELATIVIZAR Y ASUMIR

 Borges decía que «el humor es la respiración del cerebro» y yo añado que la asunción es la del corazón. Si el humor nos ayuda a relativizar toda situación, a ser capaces de no otorgarle peso a los dilemas que nos proporciona la vida, a experimentar desde una óptica optimista que resuelve liberando la carga emocional que el Yo involucra a los acontecimientos de la vida, asumir las situaciones y a los demás tal y como son nos instala en la zona cálida del espíritu.

relativizarSin embargo, la mayor parte de individuos no están preparados para ello. Nos educan para incorporar un gesto adusto y afectado a aquello que el Yo no logra asumir. Y desde ahí el humor se agria y el sentimiento entra en la caverna del inconformismo y la animadversión. Lo verdaderamente significativo de esta cuestión es que, aunque lo estemos padeciendo como un contingente inestable, tendemos a justificarlo, culpando a los demás de nuestra lamentable situación y eligiendo la pena y la crítica hacia lo que desde afuera no nos llega como hubiéramos querido.

El problema es que el individuo común no aprecia el sentido causal de cada situación. Esto significa que cada síntoma de la vida se convierte en una proposición de superación consciente. Al no lograr identificar la anécdota desde esta perspectiva, el Yo involucra en ella la reactividad molesta que suscita su propia interpretación. En una experiencia que logramos registrar en lo que se denomina la retrospección lenta «post mortem», llegamos a una significativa conclusión: que la mayor parte de situaciones inconclusas que la conciencia reconoce en el campo astral, una vez que la persona ha muerto, guardan relación con este tipo de engramas carentes.

Todo engrama es una huella precisa en el subconsciente —sea traumática o no— que el alma acumula, lo que nos da a entender que cuando no logramos trascender una situación, en el instante en que el Yo personal le está otorgando una pesadumbre y una desazón que el sujeto no logra superar, no sólo sufrimos una herida abierta en nuestra personalidad, sino que el alma humana se lleva sin remedio a la otra vida esa secuela de dolor e incomprensión. Y ahora os pregunto: ¿si eso fuera así, qué importancia tiene para el sujeto que se hace consciente de esto los juicios de valor, la crítica y el merodeo sistemático en torno a lo que esperábamos de la situación y no se ha dado? Cuanto más nos demoramos psicológicamente en el resultado doloroso de la prueba no sólo estamos refrendando nuestra incompetencia para superarla, sino que además le suministramos al alma una carga de malestar que le impide madurar.

¿Qué nos llevamos realmente de esta vida? ¿Qué tipo de condiciones son las que en verdad nos enferman, tanto en relación a nuestro campo vital como a nuestra alma humana? Podremos elaborar múltiples argumentos a favor del dolor y la identificación mental con aquello que nos pesa, mas lo realmente trascendente es comprender que emocionalmente no hemos superado la prueba.

Superar las pruebas de la vida requiere de una capacidad consciente que nos autorice a relativizar todo fenómeno o situación. Cuando somos capaces de reírnos de nosotros mismos, de caricaturizar al sujeto incómodo frente a otra persona o situación, de observar desde una apropiada distancia la pantomima y el gesto torpe con el que tiende a reaccionar nuestro Yo, le estamos quitando crédito al amor propio. Ese elemento reactivo que denominamos «Ego» se nutre de nuestra menoscabada emoción. ¿Decides pues alimentarlo de continuo con una disposición díscola y, en consecuencia, débil? Muchos de aquellos que pueden leer esto no comprenderán aún la trampa mecánica en la que habitualmente sucumbe su «Ego»; y esto es así porque se encuentran tan acostumbrados a reaccionar ante los estímulos directos, que no pueden apreciar la salud que comporta la relativización y el buen humor.

Por otro lado, asumir la situación tal y como es, comprender de lleno a una persona que se muestra ante nosotros díscola, engreída, atrapada por cualquier gesto inconsciente, requiere de una fuerza emocional que la mayor parte de individuos no han alcanzado. Lo significativo del asunto no es establecer una valoración personal sobre el grado de asunción que tenemos, sino más bien darnos cuenta de ello y, en definitiva, comprender que la identificación molesta afecta a nuestra alma. En el instante en que me digo: ¡he suspendido la prueba!, ya estoy en disposición de aprender. Mas si por el contrario no observamos en una relación conflictiva el movedizo talante y la inconsciente molestia que cría enfermedad, no podremos preguntarnos abiertamente: ¿qué puedo aprender de esta situación? Cuanto más culpas al otro más acrecientas el sector doloroso en tu alma; y la suma de estas resistencias son, sin duda, el rosario de heridas que tendremos que recapitular tras la muerte. Ese será nuestro equipaje; esa será el obsequio que ofreceremos mustios ante la calavera retadora de Caronte.

(Extracto del libro «Resplandor y brisa» de Antonio Carranza)

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LA LÁMPARA DE DIÓGENES

El sistema de creencias anestesia el ingenio y la capacidad de penetración del individuo. Así el cerco virtual se ensancha en la mente y, sin conciencia, construimos un «país psicológico» particular repleto de supercherías. Vivimos pues en un estado permanente de zozobra, en la medida en que el Yo no puede apreciar la maravilla que recubre la vida. Nos <image003.jpg>pasamos la existencia luchando y volcando afuera lo que no somos capaces de descubrir en nuestro interior. Los manidos formulismos del bien y del mal encorsetan nuestro pensamiento, clichés subjetivos que usamos de forma mecánica, sin miramientos, pues se convierten en las pobres ortopedias que usa el Yo para no sucumbir.

Esperamos de los demás porque nuestro corazón no está esperanzado, y la mente no ha sido educada a asumir la realidad. La frustración y el desengaño están servidos, para ese personaje ilusorio que juzga permanentemente y, sin darse cuenta, se encuentra contaminado por los criterios y la ilusión que empaña a su alma.

En este orden de ideas el conocimiento que ayude a trascender los hábitos dañinos se hace imprescindible. Mas el personaje, mientras siga patrocinando sus creencias y la dudosa aprehensión de que todo está bien y no necesita cambiar ni reeducarse, no podrá apreciar el conocimiento como una exquisita posibilidad que le brinda la vida para evolucionar. Aquél que piense que solo puede superar obstáculos y condiciones, no aprecia con humildad nuevas posibilidades para aprender ni el calor de ser compañero en el camino.

Siempre existen puertas que franquear en la singladura del destino. Tras cada puerta hay un guardián que solicita tus credenciales y si no comprendes y vas con las manos vacías, no te permitirá pasar. ¿Cómo conquistar esas credenciales? ¿Qué significa esta metáfora? La lámpara de Diógenes continúa alumbrándonos.

                                                                                                    Antonio Carranza

 Motivos para tomar una iniciativa trascendental en la vida: transitar conscientemente por el camino

Sin título

Indicarles a todas aquellas personas interesadas en seguir los ciclos formativos a distancia, podrán hacerlo como miembro no presencial (solicitar información en Departamento correspondiente)

Tratado de kábala y alquimia (fragmento):

Propondremos en este estudio veinte pasos fundamentales que pueden permitir al alma avanzar por el Árbol de la Vida hasta la región clave de Chesed:

1.-La intención, anhelo de trascendencia que nos empuja hacia actitudes determinadas a través de las cuales poder desembarazarnos de inútiles hábitos mundanos. La voluntad es la cualidad por excelencia que impulsa las acciones. El discípulo comprende que sin actitud no hay camino y que los logros profundos del espíritu requieren esfuerzo, pues sus decisiones y capacidad de cambios sustanciales se convierten en el motor de la trascendencia.

2.- La conversión, mediante la cual descubrimos que nos alienta un Ser espiritual, independiente al personaje que estimula de continuo la mente y la emoción. Aparece una observación focal que distingue lo arbitrario de lo esencial.

3.- La contrición, como esa compunción interior que nos hace rechazar psicológicamente las acciones que han sido inadecuadas y que, gracias a la exhortación de la conciencia, advertimos. El «Kaom interior» persuade de continuo al iniciado, llevándolo a los diferentes tránsitos oscuros en los que su alma podrá depurarse.

4.- El discipulado, que acerca al estudiante a una vía de conocimiento que le permita descubrir las condiciones físicas y espirituales de él mismo y de la naturaleza que lo envuelve. El iniciado aprende a destilar aquello que comprende para el espíritu, no quedándose en los simples argumentos teóricos. Se obliga, por tanto, a hacer práctico su camino.

5.- La abstención, que nace de la lucha espiritual entre la materia y el espíritu, del combate psicológico que templa al iniciado y le permite desarrollar sus auténticas cualidades. Aparece por consiguiente la firme decisión de dejar a un lado los venenos y estímulos groseros que salpica el mundo a su alrededor.

6.- La atención continuada, que es preámbulo psicológico de la comprensión y, por ende, de todas las fases de conciencia. La  capacidad de hacer la mente focal pasa sin duda por las diferentes fases de relajación, concentración y meditación, que son necesarias para llegar a gobernar la psique. Aquí la constancia se convierte en una de las cualidades imprescindibles, ya que la continuidad de propósitos es la que a la postre nos permite alcanzar verdaderos resultados.

7.- La paciencia, como virtud primordial que nos ayuda a mantener el alma esperanzada y la intuición despierta. Se asumen los pasos del camino como ineludibles, y se entiende que alcanzar un estado superior precisa liquidar las condiciones y pruebas de aquel inferior por el que se pasa.

8.-El contento, la aptitud de aceptación y la comprensión de que toda circunstancia, por muy adversa que nos parezca, conserva en sí misma un oculto sentido que favorece el plan de trascendencia. El iniciado logra conectar con la fuente del gozo que le permite asumir la sacralizad de su existencia.

9.- La entrega, que llega a ser un factor clave para el despertar de la conciencia, ya que ésta no madura radicalmente si el iniciado no desarrolla su disponibilidad o el sentido de la compasión, como capacidad de descubrir en los demás lo propio.

10.- La capacidad de sentirse independiente, psicológica y afectivamente. Este apartado quiebra la oscura sensación de soledad, incomprensión, frustración e impotencia. La libertad interior se aprecia íntimamente relacionada con aquella que es exterior y el Yo personal deberá conquistar ante sus experiencias vitales.

11.- La aptitud de mantener el gesto meditativo y abstraído, hábito psicológico que permite una actualización permanente del alma desde los mismos sentidos físicos. Es aquí donde se hace pasiva la personalidad; y es en este punto donde aprendemos a no involucrarnos excesivamente en el hilo circunstancial que teje la vida. La capacidad de relativizar es ya comprender como efímera cualquier posición, acto o idea, por muy contraria que nos parezca.

12.- La devoción y oración, tomadas como vehículos de casación de la mente concreta con aquella emoción sublime que reconoce las fuerzas y poderes de los planos superiores de la conciencia.

13.- La sinceridad o capacidad de ser consecuente, ya que se entiende que la Verdad en planos absolutos no puede ser conquistada si no se manifiesta en el mundo relativo que cerca a lo humano.

14.- La seguridad individual, como confianza en uno mismo y en sus propias posibilidades. Se alcanza aquí el sentido cabal de la existencia, pudiendo con ello ser dueños de nuestro destino.

15.- La verdadera fe espiritual en el Ser interior que todo administra y organiza no exime en ningún momento el ánimo y aplomo personal.

16.- La comprensión de la enseñanza y el conocimiento trascendental como un bien sagrado que el compañero aprende a proteger y difundir. Aquí se distinguen tres tipos de enseñanzas:

a) Las que se mantienen en una periferia emotiva y carencial, promoviendo tan sólo valores y aspectos sociológicos y personales.

b) Aquellas que ayudan a la disolución del Yo condicionado. Se atiende al personaje aparente y se aprende a observar los comportamientos egoicos que lo limitan.

c) Las que son verdaderamente iniciáticas, ya que enseñan a cristalizar el alma y encarnar el espíritu.

17.- La humildad que desmiente de forma natural la necesidad asertiva de la personalidad. Aparece el llamado «sello hermético», que es la capacidad de callar y pasar desapercibido en situaciones que requieren poner en evidencia la compulsión del Yo.

18.- El pensamiento santificado por la pureza o claridad mental que no interpreta según los requerimientos del Yo. La mente adquiere su magnitud gloriosa, en íntima integración con todo lo que nos rodea.

19.- La capacidad mística y ascética, como facultad del alma en interiorizarse y cortar los circuitos energéticos con el mundo relativo de las formas. La paz interior llega a ser éxtasis, manifestándose en la mente los diferentes estados de metanoia o revelación.

20.- La profunda sensación de vacuidad, experiencia de ser en el Ser.

Fragmento del libro «El Árbol de la Vida» (las distintas etapas del camino) por Antonio Carranza

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LA COMUNICACIÓN EFICIENTE

Cuando la mente se encuentra gobernada por el amor propio, el Yo no escucha y, por consiguiente, no aprende.

La vida, usualmente a través de los demás, nos proporciona múltiples indicaciones e informes apreciados desde un punto de vista ajeno que, en muchos casos, pueden ser reveladores.

communication-73331_640Sin embargo, el ser humano tiende a apestillarse en sus consideraciones y formas de entender la vida, esperando que los demás las certifiquen. Diríamos pues que la fuerza del Yo reside en sus propias ideas. Ellas lo sostienen, convirtiéndose así en los soportes principales de la identidad.

Si de afuera nos llega una consideración, un comentario u observación que pone en entredicho al sujeto, éste se ve impelido por un mecanismo preciso que impulsa su amor propio:

1.- Una compunción molesta y visceral cuando sentimos que no certifican nuestro punto de vista. La falta de complicidad del otro nos sume en un territorio de indefensión, donde aparece un conflicto emocional que afecta a la personalidad y al centro emocional del individuo.

2.- Surge sin conciencia la necesidad de defendernos y justificarnos. Así podremos desplegar en la comunicación un enconado combate verbal, bien lo hagamos abiertamente, o bien de forma taimada y encubierta por el hábito social.

3.- El déficit personal requiere ser considerado y certificado. Cuanto más carente y débil sea la persona, más certificación necesitará. Aparece pues la «espera emotiva», que no es ni más ni menos que la necesidad visceral de revestir un territorio afectivo no resuelto a través de nuestros puntos de vista. Este mecanismo declara abiertamente la insuficiencia del individuo, carencias personales que se expresarán de forma palmaria en la comunicación.

4.- Aparecerá sin conciencia una evidente falta de respeto, ya que tenderemos a no abrir nuestra psique a la forma expresiva del otro y, a la vez, a sus consideraciones, simplemente porque son diferentes u opuestas a las nuestras. Aunque estemos callados, no podremos escuchar porque adentro estamos negando, atascados en la defensa personal, cerrados a lo que se nos dice; en consecuencia, ese «eco» que proclama el otro hiere una zona interna que no sabremos precisar. No importa en exceso el argumento, ya que el «Ego» pone en la conversación como relevante la propia hostilidad y el hecho principal de no ser ADMITIDO y APRECIADO. Aquí la conversación deja de ser racional para convertirse en visceral. Una conversación visceral manifiesta abiertamente la penuria emotiva del sujeto, su indefensión y, por ende, la falta de perspectiva ante la realidad. Aparece el encono, la obstinación… y aunque estas reacciones se vean envueltas por el cerco turbio de la baja auto-estima, el individuo echará mano de su amor propio, para que le sirva de escudo protector en el talante con el que encubre su personalidad.

5.- Se siente a la otra persona como hostil, como si nos atacara y menoscabara nuestra solvencia personal. Es frecuente que se produzca un efecto rebote que –por amor propio- se busque poner en evidencia ante terceras personas los defectos y carencias del prójimo. Esto último es muy frecuente en la relación de pareja, ya que en el grupo el débil siente su asertividad menos vulnerable. Podrá, sin conciencia, buscar alianzas posibles, complicidades, frente al que una zona oculta de su psique considera su contrincante. Esto último también suele suceder en los comentarios y críticas que un sexo hace sobre el otro. Obviamente, cuando este hábito es recurrente, deberemos considerarlo como patológico, ya que encubre un dilema carencial no resuelto.

6.- La debilidad del sujeto tenderá al tremendismo, esto es: hacer relevante sus puntos de vista, considerándolos como muy primordiales. Será pues incapaz de relativizar los criterios, de apreciarlos como enfoques parciales de la realidad.

7.- No estará dispuesto a reconocer sus limitaciones y carencias. Es más, tenderá a volcarlas en el otro, en múltiples circunstancias convirtiéndolo en espejo de sí mismo. «¡Pues anda que tú…!» exclamará enojado, y buscará aspectos o posiciones de la otra persona que le sirvan como ejemplo. El amor propio, cuando se hace compulsivo, puede incluso malinterpretar o bien entrar en la comarca del engaño, mediante una retorcida forma de auto afirmarse. Para él lo importante es vencer en el campo de batalla que ha desplegado el «Ego», cueste lo que cueste, aun en detrimento de la dignidad. Obviamente, cuando un defecto del otro es verdaderamente relevante, el débil no lo podrá excusar o ignorar; por el contrario, tenderá a usarlo como argumento y conjetura en la confrontación. Esto sucede porque al poner en evidencia los defectos ajenos, una zona oculta de nosotros presupone que los nuestros se hacen menos relevantes. Como es evidente, este mecanismo hace que el «Ego» domine y se posicione en la psique, ya que a él lo único que le interesa es la hegemonía del amor propio en la situación.

            ¿Qué se puede hacer para evitar este común síntoma de debilidad y raquitismo mental?

a)    No convertir la comunicación en un método de auto-afirmación.

b)    No esperar en ningún caso que el otro confirme tus ideas y puntos de vista.

c)     Entender que la distinta forma de expresión y el diferente punto de vista siempre son enriquecedores.

d)    No negar interiormente cuando el otro está hablando.

e)     Saber escuchar es abrirse a lo diferente, sentir a la persona con la que nos comunicamos como una aliada y no como un contrincante.

f)      Más allá del interés afectivo que pone el Yo en la conversación, siempre nos podremos preguntar: ¿Qué puedo aprender de lo que esta persona me está indicando?

g)    Ofrecer nuestras sugerencias y respuestas de la forma más parcial y consciente posible, impidiendo que se vean cautivadas por una exclusiva posición.

h)    Permitir que la conversación entre las dos personas se mantenga suspensa en una efectiva paridad. Nadie es más ni menos que tú; nadie te ataca, por consiguiente, no necesitas defenderte.

i)       Aprender a ASUMIR la inconsciencia y puntos de vista sesgados del otro. La tolerancia es fundamental en la comunicación.

j)      Aprender a no convertir el criterio en un ropaje del Yo. Cada uno de nosotros tenemos la mente instalada en nuestro país psicológico particular (ideas y creencias; sentido de lo que es bueno y malo…), mas todo criterio en verdad es relativo. Una conversación inteligente no se mueve en una atmósfera absolutista, ya que fluye entre el humo de la relatividad.

k)    Aprender a apreciar la energía que mueve nuestra REACCIÓN, esa sensación ingrata que sufre el Yo ante la experiencia, sea la que sea. Sucede que cuando duele es porque aún no hemos tomado la suficiente perspectiva sobre la misma.

Existen dos factores primordiales que estudia la Psicología de la auto-realización ante los demás:

Por un lado, la asunción cordial de la realidad, sin sufrir la condición de un Yo que toma como personal aquello que está pasando, que se involucra demasiado en la prueba. «El veneno ajeno no tiene porqué ser tu veneno».

El principal enemigo de este punto es el amor propio, el orgullo y la soberbia.

Por otro lado, la ubicación personal, cuando se actúa, se toma partido y se ejecuta sin dolor. Esta posición saludable desmantela ante el mundo causal las más obtusas condiciones y, asombrosamente, puede ayudar a los demás a tomar conciencia sobre el acontecimiento.

El principal enemigo de este punto es el miedo y la baja auto-estima.

Así pues en toda conversación, en las distintas posibilidades expresivas que elige el ser humano, solemos involucrar estos dos agregados psicológicos que surgen de nuestras carencias personales y de la propia debilidad. Mas si apreciamos la comunicación como un verdadero entrenamiento, como una oportunidad de crecer y aprender, estas condiciones podrán ser en verdad superadas.

 

(Fragmento del libro «Resplandor y brisa», los diez parámetros de la conducta) de Antonio Carranza

  LOS CUATRO ACUERDOS (Resumen)

1.- Sé impecable con tus palabras: observa que la palabra y el tono que la acompaña crea, mueve una energía precisa que impacta en la realidad vital de todo individuo. La cordialidad y la conciencia en la expresión se hacen fundamentales para el camino.

2.- No te tomes nada personalmente: si te identificas excesivamente con los venenos de los demás, si no eres capaz de relativizar lo ajeno, comprenderlo y acercar una actitud condescendiente y compasiva, tu «Ego» te llevará al campo de batalla en donde los demás los harás tus enemigos. Aparece un estado de vigilancia excesiva y de excesiva intimidación. «Nadie te pone; nadie te quita»

3.- No hagas suposiciones: la mente, cuando es educada en la interpretación y la suposición, se envilece. Así, una mente limpia no prejuzga, no se anticipa a lo evidente, ni tiende en preocupación a las situaciones de la vida. Fluir psicológicamente significa apreciar de forma simple y sencilla la realidad, por muy perturbada que pueda parecernos.

4.-Haz siempre tu máximo esfuerzo: despierta en tu actitud el sentido de lo excelente, ya que lo que haces afuera te construye adentro: el orden y la consecuencia son virtudes cardinales para el alma humana.

Indicarles a todas aquellas personas interesadas en seguir nuestras actividades a distancia, que podréis hacerlo como miembro no presencial (solicitar información en esta web o mediante nuestro  email)

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EL VAPOR DE LO VIRTUAL / LA MIRADA EFICIENTE

¿El vacío y el todo son una misma cosa…? ¿Puede el ser humano experimentar esta admirable sensación? Más allá del conocimiento se encuentra ese bienestar, mas el conocimiento le es al ser humano imprescindible. Lo es porque gracias a él la intuición puede llegar a despejar la vieja bruma. El conocimiento, cuando busca que la mente abra su resplandor, cuando persigue una mirada eficaz ante la adversidad, contribuye a que el alma humana vista sus alas.

1387227227007-394886_10151244507149624_1047235911_nAtenea, la diosa de la Sabiduría, viste al elegido con el manto de la humildad y le brinda un hambre insaciable por llegar a comprender. El conocimiento, sin este rasgo honorable, se marchita entre las consabidas ideas. Por ello, muchas personas rehúyen el verdadero conocimiento. Ellos quizás ni se lo piensan, ni son conscientes del mecanismo que usa el «Yo» para aferrarse a sus viejos paradigmas, mas mantienen la mirada en penumbra y el semblante torvo, muy subordinado a sus propias indefensiones. El conocimiento requiere de la mirada franca de la lechuza. No hay defensa posible, ya que el vuelo del que anhela saber le permite remontarse muy por encima del campo de batalla.

La mente ordinaria aletarga la intuición. De tanto presuponer y enjuiciar, de tanto «pensarnos» lo otro según nuestros propios reglamentos, perdemos sin conciencia esa maravillosa experiencia. Es común apreciar cómo el ser humano, por lo común, juzga una realidad ajena según él la podría vivir, según sus subjetivas formulas mentales y las respuestas mecánicas y aprendidas. El marco de creencias y justificaciones embotan la mente. Y en este orden de cosas, muchos pretenden «saber» aquello que en verdad desconocen.

El conocimiento de la mecánica que cría el «Yo» nos es verdaderamente imprescindible. ¿Cómo poder desnudar al personaje sin destrozar sus códigos de valor, las señas de identidad que lo comprimen y lo llevan al territorio de las falsas consideraciones? La sombra está empapada de luz, pero no lo sabe.

 Sin embargo, al ser humano le es aún más importante la sensación de dicha compartida con otro ser humano, quizás porque ese reflejo nos acerca a la vacuidad desde donde todo partió y hacia donde todo tiende. ¿Vacuidad…? Implicar soltar los hábitos viejos del intérprete, salir del escenario y aprender a compartir, a empaparse de humanidad, a apreciar con gratitud nuestras relaciones vitales, sin permitir que los códigos ambiguos e insolentes perturben la sensación. Las bellas palabras no bastan…. como no basta lo virtual. Mas me pregunto: ¿cómo poder experimentar ese sosiego cuando la mente se encuentra atrapada por el juicio, cuando sucumbimos al clima turbio de la propia razón. Cada vez que pretendemos trasladar a otra persona a nuestro rincón mental, cuando vestimos la envoltura tramposa del prepotente o bien del salvador, nos emboza sin conciencia el manto umbrío de la quimera. El «Ego» siempre tiene a su disposición su pintiparado diagnóstico: «Yo sé lo que tú necesitas…»

El vacío y el todo son una misma cosa; una experiencia vital que, sin requiebros, nos desnuda y a la vez nos cubre. No busques sin ton ni son. No vayas en pos de la quimera que aturde el destino y nos embrolla con sus bellas palabras. Una mirada entrañable, sincera, entregada, quiebra el espejo; y cuando es en amor… la calidez de los ojos que expresan la luz del alma, puede tu corazón regresar a ese principio. ¡Tanto clamor humano que albergar! ¡Qué deteriorado se encuentra en estos tiempos el sentimiento de la amistad! Compartir esto apreciando la respiración, contemplando esa sonrisa en tu semblante…. y regresas al principio, allá donde se evapora el camino. Y hay silencio; y la mirada se hace eficiente. ¿Me comprendes?

(Fragmento del libro «Resplandor y brisa», los diez parámetros de la conducta) de Antonio Carranza

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