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EL RÍO DE LA VIDA

EL RÍO DE LA VIDA

Heráclito de Éfeso (535 a.C.) nos acerca la célebre frase de que «nadie se puede bañar dos veces en el mismo río». Uno de los pilares fundamentales de su doctrina atiende al flujo universal de la vida, en el que todos participamos. En verdad este aforismo rezaba en su aspecto original de la siguiente forma: «En los mismos ríos entramos y no entramos, (pues) somos y no somos (los mismos)».

Es fácil comprender el sentido perecedero de las cosas y, a su vez, de la serie de anécdotas y condiciones que marca la existencia. Todos los seres transitamos por un bucle sumido en la relatividad al que denominamos tiempo. La coordenada del tiempo, al no ser lineal, sucede dentro del marco de la edificación y de la extinción, por lo que estamos sujetos a la transitoriedad de los fenómenos y de las sensaciones.

Este es el tejido del ensueño que los orientales denominaban maya, el bucle de la ilusión temporal donde tendemos a considerar las cosas y los acontecimientos como perennes. Heráclito a su vez nos dice: «Todo surge conforme a medida y conforme a medida se extingue». El filósofo griego insiste en dar a entender la transitoriedad de la vida, como asimismo lo hace la doctrina budista, cuando sopla para hacer posible la fugacidad en la mente.

La cuestión cardinal sobre esto es que en el escenario de la vida se presentan situaciones que las solemos experimentar con una carga emotiva y con una identificación psíquica que hacen que la persona crea que se baña una y otra vez en el mismo río, sin darse cuenta del absurdo. Las formas de pensamiento se diseñan según el marco limitado en donde fluctúa esta apreciación. Así el Yo agita su énfasis, muy necesitado de correspondencias formales, de valores que le autoricen y le den crédito en cada historieta que ensaya.

La vida se compone de una serie de viñetas concatenadas que pasan y pasan, según el bucle incesante del samsara. Este término sanscrito que define la rueda de la existencia en donde todos estamos inmersos, se dispone con un firme propósito: dejar una huella en el subconsciente (el depósito del alma humana) para favorecer la evolución. El equívoco consiste en que el sujeto percibe el acontecimiento como un valor por sí mismo, y no se da cuenta de que lo verdaderamente útil es la huella emotiva que deja en el subconsciente.

Nos bañamos una y otra vez en el mismo río, repitiendo los mismos resultados egoicos, emitiendo los mismos juicios de valor, reaccionando desde el mismo trance, rebotes que repercuten en una identidad pobre y dañada. ¡Y no nos damos cuenta! El Yo está programado para la identificación; como lo está para volcar en una serie de situaciones pasajeras toda una carga emotiva que le haga oscilar como un títere en el péndulo que lo lleva de la fascinación a la frustración. Esta compensación virtual es aprendida desde edades tempranas, instalando la psique en el sueño irreal que empaña la vida.

   La paradoja que planteamos en esta reflexión, es que  para salir de la mecánica del samsara (de la eterna ilusión) sólo existe un camino: advertir nítidamente la transitoriedad de las cosas. Cuando un individuo aprecia conscientemente que todo es pasajero y fugaz, que es su Yo condicionado el que le da una importancia capital al acontecimiento, se disipa el relieve de la auto-importancia y de la necesidad arbitraria de identificarnos con lo que pasa.

La evolución del alma humana requiere de esta perspectiva. Así el observador comprende que las aguas de la vida en las que se baña van de paso, un entrenamiento que permite hacer pasiva la propia personalidad. Esto significa que al darse cuenta de la transitoriedad de la vida, no involucra excesivamente su Yo en ella. Se baña en el río, sí, más sin una carga emocional que lo suma en el delirio de siempre, en la percepción subjetiva de la realidad.

La identificación formal de la que aquí hablamos es el motivo cardinal del dolor y de la enfermedad. Aprender a observar las cosas, situaciones y pensamientos como pasajeros, favorece una «muerte psicológica» imprescindible para que se den los sucesivos estados de conciencia en donde el alma humana pueda progresar. Diremos que al alma humana no le interesa en absoluto lo que pasa, sino la huella emotiva que ha dejado el suceso. Como es fácil de entender, cuanto más alimentemos la identificación formal, más atrapados estaremos en el ensueño. La perspectiva focal puede presentarse en cada situación, una vez que el sujeto ha aprendido a verse como un títere que representa y alienta la identificación, que chapotea en el agua del río sin comprensión sobre lo que en verdad importa. 

Todos los problemas psicológicos que presenta el ser humano derivan de esta tendencia a identificarnos en exceso con el río de la vida, cuando no hemos sido educados para apreciar la transitoriedad de las cosas. En el momento en que un sujeto aprende a RELATIVIZAR aquello que muestra y le pasa, a prescindir de la importancia personal, de los atributos y hábitos mentales en los que ampara a su Yo-experiencia, advierte la fugacidad. El ejercicio práctico consistiría en darnos cuenta de cómo un sector mecánico de nosotros mismos le concede un excesiva importancia a lo que está pasando.

Sí el sujeto no puede atenderse para desdoblarse, si persiste en justificar su costumbre reactiva, el artilugio mental de involucrarse y establecer litigios y estimaciones subjetivas, diríamos que aún no está preparado para ser, ya que será en función de lo que pasa y no podrá advertir como espectador el fluido del río. Diríamos con Heráclito: «Todo pasa; nada es permanente; aprende a relativizar tu imagen y tu anécdota, a no ser para ser. En eso consiste la prudencia, la discreción y el miramiento eficiente, la vereda que nos puede conducir a una genuina estabilidad». 

(Fragmento del libro «Al otro lado del espejo» de Antonio Carranza)

 

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