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Guías y Artículos de Interés PDF Imprimir E-mail

 OS PRESENTAMOS EN ESTE APARTADO UNA SERIE DE GUÍAS Y ARTÍCULOS DE INTERÉS QUE HAN DE SERVIR DE COMPLEMENTO A LAS CONFERENCIAS QUE NUESTRA OBRA SOCIAL BRINDA:

 

C7 - DEMÉTER Y PERSÉFONE.

 

EL MITO DE LA TRANSFORMACIÓN CÍCLICA

 (La Gran Diosa)

 

Para la arqueóloga Marija Gimbutas que excavó poblados agrícolas en Europa del Este con una antigüedad de 7000 y 8000 años las diosas del tipo de Deméter representan a la Dadora de Vida y Dispensadora de la Muerte cíclica. Ella es útero y tumba similar a la Pachamama de los indígenas latinoamericanos. Y su hija Perséfone es la Doncella del Renacimiento y la Regeneración, identificada con la luna, la primavera, las serpientes y el Mundo Subterráneo.

 

Esta Gran Diosa, desdoblada en dos o tres aspectos, representa el poder sustentador de la vida presente en las fuerzas y energías de la tierra, con sus florecimientos y repliegues estacionales que influían en la vida de las personas y en sus formas culturales. Los pueblos agrícolas veneraban estos arquetipos sagrados femeninos para obtener alimento, salud y bienestar, sabiendo que Deméter-Perséfone era su fuente de origen, la Diosa de los comienzos o Diosa de la Creación que periódicamente volvía a recrear el mundo, manifestando la abundancia de los comienzos en cada primavera y en cada cosecha.

 

A pesar de las distorsiones helenas, en la mitología griega hay una línea continua que va desde Eurínome -la creadora pelasga-, que pasa por Gea y Rea -abuela y madre de Deméter-, persistiendo en Perséfone, como diosa de la Vida y de la Muerte cíclica. En Perséfone tenemos a la ancestral diosa que desciende al Mundo Subterráneo actuando como redentora o resurgidora; un rol mítico también característico en Inanna, Ishtar e Isis. La Gran Diosa engendra no sólo hijas divinas, sino también hijos y amantes identificados con el potencial de la vegetación, el cereal y el renacimiento cíclico. Dentro de los Misterios de Eleusis esta el culto de Dionisos, dios de los nuevos brotes y arquetipo masculino, y el de Adonis como amante de Perséfone-Afrodita para celebrar el «hierosgamos», la unión sexual sagrada de la pareja divina.

 

Como Diosa Madre, Deméter engendra a su Hija junto con la creación simbolizada en la primavera y la agricultura. Ambas viven juntas, poniendo en marcha los ciclos de vida cósmica, vegetal, animal y humana. La Hija recibe las iniciaciones de la Madre para que colme de poder y sabiduría esos ciclos, ejerciendo como protectora de las leyes que ha de impartir la Diosa. A medida que crece y madura, la Hija comienza a alejarse de la Madre. Recorre distintos lugares animando la creación, y por donde ella camina todo crece y florece.

 

Un día escucha unos lamentos que provienen del fondo de una cueva. Entonces la Hija enciende una antorcha y desciende al Mundo Subterráneo de los Muertos. Cuando éstos ven la luz dejan de gemir y se alegran con la presencia de la joven diosa. Como Perséfone es la Diosa de la Vida y la Regeneración, los muertos encuentran en ella una esperanza de renacimiento.

 

Ella se queda a vivir con los muertos pasando a ser su Reina-sacerdotisa, ofreciéndoles el fruto del Árbol de la Vida: la granada. Su estancia en este ámbito trae el otoño, permitiendo el comienzo de los repliegues cíclicos en los que la naturaleza y los seres vivientes de despojan de lo viejo en espera de lo nuevo. Un proceso también vivido por las almas de los muertos a las cuales Perséfone está iniciando para su ingreso en otra forma de vida.

 

Después de educar, iniciar e impulsar a la Hija, Deméter se repliega ante su ausencia asumiendo su faz de Hécate, diosa otoñal e invernal de la tierra y de las encrucijadas. En este sentido, ella no es una madre desesperada ni una mujer atormentada por la pérdida, sino más bien una Anciana Sabia oculta en las raíces y las hierbas curativas, debajo de la tierra y dentro de las cuevas donde la vida se refugia hasta que los ciclos se completen.

 

Este retraimiento de la Madre, como asimismo el descenso de la Hija al Mundo de los Muertos, manifiestan los procesos donde se sume la naturaleza en imitación al universo. Ellas serán pues «Tomadoras de Todo», dispensadoras de lo temporal, de todo aquello que encierra dentro de sí una esperanza de eternidad. Resguardan por tanto en lo profundo de su ser divino la sustancia de la vida inmortal, protegiendo en cada ser vivo la llama de la vida en estado de latencia y expectación. El grano de cereal aventado y almacenado en las vasijas del templo de la Diosa agrícola también representaba el sentido del «muerto durmiente» en espera de su futura resurrección en la nueva planta.

 

Cuando los habitantes de la cultura agrícola de la Diosa sembraban enterrando esas diminutas semillas secas e inertes, éstas seguían la simbólica del invierno y de la muerte cíclica. Las semillas debían ser sepultadas en el útero-tumba a la espera del milagro que las convirtiera en una potente fuente de alimento y prosperidad. La siembra y el invierno, a su vez, recordaban la gestación uterina cuando la sangre menstrual de la mujer fluía hacia adentro para alimentar el feto que crecía en las penumbras del cuerpo.

 

Con el retorno de la primavera, cuando la Hija emerge del Mundo Subterráneo, la Madre vuelve a poblar el mundo y la vida durmiente nace sobre la tierra: las hembras paren, las plantas florecen y los árboles dan sus frutos. Los humanos participan de este retorno primaveral expresando sentimientos de amor, amistad y solidaridad. Realizan alegres danzas; celebran ritos de iniciación de las nuevas generaciones de jóvenes y la vida de la comunidad como la de la naturaleza, se renueva. Hay festejos y esperanzas compartidas.

 

No es difícil imaginar a las jóvenes de las comunidades agrícolas celebrar la primavera adornadas con coronas de flores, participando de iniciaciones femeninas e identificándose con la joven Core, la amante Perséfone. Y a los jóvenes celebrando las iniciaciones del Dios Verde de la vegetación: el joven Adonis y el excitante Dionisos. En este contexto las jóvenes no corrían riesgo de ser raptadas, violadas, ni degradas. Al encarnar el aspecto de Core eran altamente respetadas y disponían de su sexualidad celebrando uniones libres con sus compañeros en los campos y los bosques.

 

El mito ancestral de transformación cíclica de Inanna y Dumuzi; Ishtar y Tamuz; Isis y Osiris como así también los cultos del folklore pagano europeo estudiado por Sir James Frazer en «La Rama Dorada», siguen el mismo patrón arquetípico de Démeter y Perséfone. Por su parte, los evangelistas rodearon la figura de Jesús con las metáforas sagradas del mito matrístico para predicar la muerte y resurrección del Hijo Divino, identificado con el grano de trigo y así difundir una nueva religión que no tuviera en cuanta el valor ancestral de la Diosa Madre.

 

Una podría preguntarse por qué los occidentales hemos sido tan sensibles al mito de la madre doliente que llora a su hija, hijo o consorte que desaparece o muere violentamente. Por qué el símbolo tardío de la Virgen María frente a su hijo crucificado sigue resonando en la conciencia de las personas. Posiblemente porque el mito griego y el cristiano exaltan la muerte injusta y el dolor materno como arquetipo de amor sublime y abnegado.

 

La muerte injusta y el dolor materno implícitamente nos hablan sobre la vigencia de sistemas de dominación que victimiza a madres, hijas e hijos en la historia de Occidente. Las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, exclamando por sus familiares desaparecidos, y las Marchas de Silencio en Atamarca, encabezas por la madre de María Soledad y la hermana Pelloni, encarnan sin lugar a dudas el arquetipo Deméter y Hécate. Muchas celebraciones y aspectos presentes en esta época matriarcal actualizan con vigor el mito griego de Démeter y Perséfone, como así también lo siguen haciendo las periódicas violaciones, acosos sexuales y asesinatos «pasionales» que sufren las mujeres en nuestra sociedad.

 

Pero el significado ancestral del mito de Deméter-Perséfone no está en el dolor y el desgarro. Tampoco en la muerte injusta y el rapto violento, como símbolo para expresar los repliegues en la naturaleza o la muerte del ser humano. El significado ancestral más bien se refiere a una concepción sagrada donde la vida y la muerte conforman parte de un mismo proceso. Ambos no están dualizados y no funcionan como opuestos irreconciliables. La muerte natural, como la vida, son experiencias de transformación, iluminación y maduración que abarca dimensiones espirituales, psicológicas y culturales de muy diferente índole. En este sentido, la interrelación e interconexión de las diferentes formas de vida es un tema central en este mito matrístico agrícola. Así la Diosa Madre agrícola no sólo debe apreciarse como una productora de alimentos. El arquetipo expresa los métodos de subsistencia más inteligentes y benéficos para las especies y para la comunidad humana.

 

En esta concepción ancestral también se tenía en cuenta la existencia de situaciones injustas que podían surgir en el seno de la comunidad. En su dualidad de Madre, la Diosa ejercía como legisladora y patrona de la justicia, indicándonos que las mujeres y varones agrícolas poseían normas y procedimientos para juzgar a los transgresores de la ley. Temis y Atenea, por ejemplo, tenían a su cargo administrar justicia, ya sea desde el templo o el tribunal.

La Madre crónica se va a mostrar para el hombre primitivo a través dioses y diosas que reproducen a un universo diverso, de fuerzas conjuntas que influyen constante y decisivamente en el destino humano. Así, junto al aspecto conformador de la diosa, podremos distinguir otros tantos que permiten el equilibrio y soporte de las leyes naturales:

Será vigorizadora en la medida en que actúa energéticamente para impulsar los distintos ciclos de la evolución. De esta manera ella impelerá las fuerzas naturalizantes a través de las cuales la vida, tanto física como espiritual, tiene lugar.

 

Será medidora en cuanto ordena y crea límites definidos, permitiendo un universo reglado e interdependiente. La estructura del Universo es algebraica, destinada a mantener un equilibrio en todos y cada uno de los planos o secuencias del Árbol; y así los fenómenos que se expresan en la vida suceden por compensación, ya que cada manifestación está de alguna manera regulando la existencia, una afirmación concreta que se establece según las distintas formas en cómo se experimenta.

 

Será protectora, pues vela en su propio concierto para que los seres que reciben su influencia se sientan alentados y amparados a través de la misericordia divina. De esta manera el sentido de la equivalencia en las experiencias se ve ampliamente difundido en las sociedades antiguas, pues se entendían los efectos de la vida como correspondientes a causas previamente diseñadas con la actitud. A través de este talante orientará efectos concretos que preserven la vida y cada uno de los factores que favorecen la evolución.

 

Será iniciadora como aspecto muy considerado en los antiguos rituales de desarrollo espiritual cuando una Gran Sacerdotisa iba a simular su propio parto, mientras que el iniciado tenía que pasar bajo sus piernas, representando así su nacimiento hacia la nueva vida. En realidad, la devoción mariana que tanto templarios como rosacruces mantenían en sus iniciados era desde el vivo sentimiento de que la Madre favorecía la evolución anímica, veneración mantenida de igual manera en muy diferentes tradiciones mistéricas de la antigüedad.

 

Será desafiadora en obstáculos y contiendas, ya que permitirá considerar la vida como una sucesión de pruebas continuadas que ayuden a la trascendencia. Así la Ley de recurrencia va a plantear sucesivamente en el individuo parcelas de su inconsciente no resueltas, tanto desde el punto de vista físico, como psicológico y emocional. Todo vuelve para desafiar las condiciones expresivas de la personalidad, ya que es en ella donde el individuo se templa y vence antiguas contiendas del inconsciente.

 

          Será liberadora, pues permite romper con viejas estructuras para incorporar otras. El mismo sentido de la Totalidad se logra a través de conquistas parciales que desahogan las distintas sensaciones de sujeción y cautiverio en los que se sume todo individuo. Será conservadora en la medida en que mantiene latentes aquellos patrones conductivos que establecen necesidad. Preservará a través de este aspecto las condiciones de vida útiles para cada especie. De esta manera la llamada Ley del Trogo-autoegocrático permitirá que unas especies tengan que nutrirse de otras, ya que la subsistencia viene marcada por esta continua dependencia. Asimismo los ancianos suministrarán su conocimiento a los más jóvenes, una cultura se apoyará en el rastro que deja la que le antecede y las condiciones de cada plano se verán sujetas a las del anterior.

 

Entenderemos pues que todos y cada uno de los aspectos de la Madre forman parte de la estructura de casamiento cósmico que ordena y establece las distintas leyes naturales para el proyecto sucesivo de trascendencia que la vida requiere, entendiéndose que cada chispa anímica guarda en sí misma el sentido profundo de este plan. Este concepto bien lo comprendía San Ambrosio cuando nos preguntaba:

 «¿Qué otra cosa es la casa de tu Madre y  su sala, sino los lugares secretos de lo más profundo de tu corazón?»

 

Podremos, por consiguiente, advertir que el principio creatural del Universo está implícito en el fondo inconsciente de cada individuo y que, como estudiamos con anterioridad, él impulsará la serie de acontecimientos que representa para llegar a descubrirse a él mismo, trasladando su condición humana hacia la Unidad.

 

Es posible que el mito pre-patriarcal de Deméter-Perséfone aún sea una cuenta pendiente, una experiencia existencial poco transitada en toda su dimensión. Algunas personas presienten la necesidad de este mito ante la acelerada destrucción ecológica y en el dominio de los recursos naturales por unos pocos. Así «Hades» no deja de raptar a la diosa y llevársela a su mundo sumergido en el trastorno constante en el que se encuentra la economía mundial. No pocas personas sienten que la vida en las grandes ciudades las ha desconectado de la naturaleza y de los ciclos que la mente, el cuerpo y el espíritu necesitan para vivir en armonía y plenitud. La pobreza que afecta a millones de personas sucede como un largo e interminable invierno decretado no por la Madre Tierra, a la cual no se tiene acceso, sino por la sombra del padre «Zeus», su hermano Hades que detenta el poder «egoico», las bajas pasiones donde unos humanos ensayan a costa del bienestar de otros.

 

Con todo, mujeres y varones en distintos ámbitos están recuperando algo de la cualidad de las diosas gemelas y de sus hijos-consortes, cuando buscan soluciones y alternativas al repetido rapto de la vida y la esterilidad, provocada por la mentalidad patriarcal. Las mujeres, particularmente, con el desarrollo de la Conciencia Femenina sagrada, están devolviéndonos los rostros originales de la Diosa ancestral, influyendo en las formas culturales de vinculación con la naturaleza y entre los humanos.

 

Los mitos son muy persistentes, decía Mircea Eliade, porque contienen modos de ser y actuar que son relevantes para las personas. Al estar encarnados en diosas y dioses, animales, plantas o lugares sagrados, los mitos pre-patriarcales y sus símbolos arquetípicos comunican una historia de los tiempos primordiales que puede iluminar las búsquedas del presente. Muchos mitos y arquetipos, como el de Deméter-Perséfone, siguen latentes en el inconsciente colectivo y a veces saltan a la conciencia de las personas en momentos de crisis y de cambio.

 

(Si queréis adentraros en profundidad sobre el mito Ver guía Nº 16 publicada por el Departamento de información de C.E.P.A. «El rapto de la Esencia)

 

Basado en un escrito del Foro SUPERLUPE  (lo sagrado femenino)  presentado por  Analía Bernardo

 

 

 

 

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