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LA LUZ DEL ESPÍRITU DE VIDA

EL ESPÍRITU DE VIDA

Cuenta Robert Graves en su obra «Los Mitos Griegos» cómo Eurínome —Madre del Caos celestial— surge desnuda de la nada para dar a luz a todas las cosas creadas. En el momento que ella separa el mar del cielo con su danza solitaria sobre las olas, establece el vivo divorcio entre el mundo espiritual y el mundo terrenal, separatividad que se va a hacer extrema cuando del viento norte frotado entre sus manos surja la gran serpiente Ofión. En este mito griego, la serpiente se queda encantada con la danza de Eurínome, se enrosca en sus miembros y tiene una relación carnal con ella. De esta manera Eros irrumpe en el mundo terrenal a través de la libido sexual.

La expresión de la diosa conformadora es en sí misma seductora; y ella va a alumbrar todas las variantes posibles de la misma Totalidad. La fuerza fascinante del fuego, del color, del sonido o de la mujer, nos revierte al mundo insospechado de la misma fuente original de vida, y esto no podría suceder si no formara parte de nosotros mismos. En efecto, todo lo que nos encanta o seduce ya está previamente en nosotros, porque el placer del reconocimiento hacia las distintas variables de la vida no es ni más ni menos que la vía natural que encuentra el ser humano para recuperar trocitos de la Totalidad. Así la libido se declara abiertamente en todas las expresiones de la diosa conformadora, a través de una danza destinada a la seducción.

La serpiente Ofión no es ni más ni menos que la representación del llamado «FÓSFOROS LUCIFÉRICO» por las tradiciones esotéricas medievales, que se substrae de la neutralidad del alma para «desear», proyectando su fuego hacia los múltiples aspectos de la vida. Estamos por consiguiente encantados, substraídos aún en la danza de Eurínome, y ese arrobamiento inconsciente va a servir para que el ser humano empape sus sentidos en el mundo terrenal, en donde la corriente de la libido se aplica. Eurínome queda preñada de la serpiente, convirtiéndose en una paloma blanca que revolotea sobre el mar. Así, al igual que refieren las tradiciones posteriores cristianas, la diosa primigenia se desdobla en la fuerza espiritual que va a ser fundamento de la misma electricidad de Eros. La paloma pone el huevo cósmico que incuba la misma serpiente Orfión, enroscándose alrededor de él siete veces, pues el mito va a desentrañar de forma precisa la manifestación de los siete planos subsiguientes de vida, emanados del mismo pneuma espiritual.

 El Espíritu Santo se ha de convertir en el aspecto conciliador del Universo. Gracias a Él la electricidad vital llega a manifestarse, tanto para lo material como para lo espiritual. Este elemento neutro es fuego en acción, luz y semilla del alma que irrumpe con Eros hacia la vida y, a su vez, con Thanatos hacia la muerte. Sin pneuma (Espíritu Santo) no hay vida espiritual, ya que él constituye el impulso que alienta cualquier anhelo de trascendencia; e, igualmente, se encontrará inmanente al mismo acto sexual, en el que inconscientemente declaramos la aspiración andrógina y divina. Sin pneuma no hay tránsito ni creación pues Él representa la alianza, la casación de los opuestos, la reconciliación de la dualidad permanente a través de la luz del discernimiento que convierte lo antagónico en complementario. En relación a esto Jesús de Nazaret lo llamaba el Espíritu de verdad o el «Consolador», destinado a infundir en la materia y en la mente la fuerza espiritual que anima al mismo universo.

Discernir, por consiguiente, no es tan sólo pensar o razonar sobre las causas y efectos de la existencia, puesto que esta expansión mental lleva intuitivamente al ser humano a una percepción directa de la Realidad. El discernimiento nos permite distinguir lo aparente, ya que es el aspecto psicológico del mismo pneuma —claro, puro y transparente— susceptible de revelar nuestra esencialidad. Del cascarón de ese huevo cósmico han de salir todos los seres y las cosas existentes en las diferentes regiones de vida, todos los seres vivientes e inanimados, soles y planetas, reinos y mundos. Eurínome asigna a cada planeta un regente concreto, ordenando cósmicamente la relación directa entre todas las criaturas del Universo.

Cuando Ofión, enfurecido, reclama en el Monte Olimpo ser el creador del Universo en un ataque de soberbia, está representando la misma aspiración de la Sombra por ser Luz. Esta rebelión expresada en todas las culturas y tradiciones religiosas contra el orden universal declara un puño cerrado contra el cielo, pues es la misma ira humana que niega su pobre y limitada condición. El ser humano aspira a una categoría divina porque ella ya está implícita en su seno espiritual. La vida fenoménica, por consiguiente, va a hacer de puente con el fundamento de nuestra Madre Eurínome, desarrollándonos una personalidad alterna y cambiante, sujeta a múltiples tensiones. La rigidez, la fricción es necesaria, pues de ella ha de brotar la chispa de la conciencia, como una combustión reveladora que surge espontáneamente de la misma experiencia. Nos rebelamos obstinadamente porque en el inconformismo y en la aspiración hacia el placer colaboramos con el proyecto de trascendencia que vive inconscientemente en cada uno de los seres humanos.

El mito concluye indicándonos cómo la divina Madre, indignada, le pisa la cabeza a la serpiente, echándola del Monte Olimpo, por lo que Ofión tuvo que exilarse en las regiones sumergidas de la tierra. Significativo es el paralelismo que encontramos entre este mito y el correspondiente al del Génesis bíblico; y la relación con aquellos hindúes y mesoamericanos en los que una diosa termina por hacer sucumbir las distintas representaciones del «Ego» animal.

Es por ello que la luz del Espíritu Santo lo encontremos de continuo relacionada con la pureza de la diosa o la Gran Madre, dadora y sustentadora del plan espiritual. R. J. Stewart nos cita unos versos que hacen mención a esta Trinidad Logoica que acabamos de abordar:

«Sabed que en la cima y en la profundidad

De los siete niveles de Creación

Se encuentran los rostros de una verdad:

Uno el Padre de las Estrellas

Uno la Madre de lo Profundo,

Unidos y conjuntados para siempre

En el Hijo Viviente de la Luz».

La fertilidad se sucede en todos los reinos como una forma de equilibrar la voracidad del tiempo y de la muerte; y esta inclinación natural no sólo aludirá a la generación y procreación esencial para la existencia, sino que reflejará continuamente el plan expansivo del Logos en el alma humana.

   (Extracto del tratado «El Árbol de la Vida» las distintas etapas del camino) de Antonio Carranza          P.V.P.- 15 euros (Ver en publicaciones) 

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