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LA MOLESTA INTIMIDACIÓN

LA MOLESTA INTIMIDACIÓN

El dolor que emplea el Yo según su particular consideración, es subjetivo. Así pues, nos dolerá algo ajeno a nosotros según el código de valor que el cerebro le haya asignado a esa particularidad. Por ejemplo: nos duele que nuestro hijo sufra, aunque sea por una nimiedad, según la conciencia que el Yo atribuye al fenómeno. Si el padre o la madre se encuentran muy subordinados al trance que padece el hijo, no sólo lo vivirán como algo propio, sino que incorporarán a la experiencia del hijo una cierta DEPRECIACIÓN personal, por lo que reaccionarán con daño y animadversión.

Si una persona comprende la necesidad de que su hijo pase por ese trance, según el gimnasio emotivo que proporciona la vida, tendrá más capacidad de asumir el sufrimiento del hijo. Asimismo, una persona madura según la capacidad de aceptación y tolerancia que llegue a establecer, como también según sea la perspectiva que alcance en relación al fenómeno externo. Cuando un individuo es extremadamente emocional, sufre el fenómeno con una carga dolorosa desproporcionada, ya que  agrega todo su Yo-experiencia a la situación.

Así nos convertiremos en tremendistas, juzgaremos el fenómeno o el causante del mismo de forma sesgada, ya que primará el impacto doloroso que de forma mecánica aprecia el foco-dolor, y no tendremos una clara conciencia de lo que subyace en aquello que nos propone la vida, de lo que en verdad está pasando. Cuando se está intoxicado ni se aprecia la nitidez de la higiene ni el sabor del veneno.

Muchas son las personas que funcionan por reacción directa al estímulo, personas en las que prima la emotividad por encima a la razón. En este orden de ideas, un impacto externo, que puede venir de la mano de una proposición afirmativa o bien categórica, queda marginado en la espesa bruma de la debilidad personal, allá donde el desafecto pervive, como lo puede hacer el amor propio.

El amor propio es un eco antiguo que suele mostrarse desde una herida abierta en el subconsciente. Repercute según el impacto que el Yo interpreta como confrontación. ¿Por qué la mayoría de personas se suelen tomar de forma personal los acontecimientos que ocurren a su alrededor? Simplemente porque no logran cobrar una cierta perspectiva respecto a lo que está sucediendo. Se conducen según su propia susceptibilidad, y el timbre firme o intenso, el mismo rigor, la verdad al desnudo, son interpretados como crudeza o inclemencia. Estos escrúpulos son muy comunes en la actualidad, y llegan de la mano de una apremiante necesidad de afecto.

La persona, que prolonga una carencia emotiva, en la mayoría de ocasiones según la incomodidad adolescente soportada y no superada, tenderá a demandar cariño y estimación; y, solapadamente, interpretará amenazas allá donde el tono sea vigoroso, ya que será automáticamente sentido como exigencia o animadversión. Como es natural, muchos padres que arrastran estos matices intimidatorios se proyectarán sin conciencia en el espejo de sus hijos, convirtiendo aquellos acontecimientos que llegan con una carga de rigor en intolerables.

La vida, por mucho que no lo deseemos, tiene matices sobrios; a veces es austera. Y podríamos decir que en ocasiones la abundancia y plenitud viene de la mano de procesos de abstinencia que templan al individuo y le ayudan a apreciar la moderación como un bien en sí mismo. Obviamente, el reclamo inconsciente de afecto surte de la falta de asertividad, lo que contribuye a que los trances estrictos de la existencia no los sepamos manejar adecuadamente, ya que dejan al descubierto el perfil menos atractivo de nuestro Yo.    

«Trátame con dulzura, con cariño y usa para mí un timbre comedido», podremos reclamar, sin darnos cuenta que esa solicitud no pone tal sólo en evidencia la forma de ser de aquél con quien nos relacionamos, sino la tendencia a percibir como maltrato una frecuencia categórica o un argumento contundente. De esta forma el foco-dolor, que se nutre del impacto emotivo aumenta, ya que la anécdota se visceraliza, afectando de lleno al campo vital propio y al que envuelve nuestras relaciones.

El dolor de muelas se suele percibir como un «objeto» para la conciencia, como algo separado de mí, ya que estoy acostumbrado a «no ser yo dolor de muelas», sino que soy un sujeto que padece un síntoma. El lenguaje gramatical pone en evidencia esta costumbre. «Me duele la muela», y la muela será el sujeto gramatical al que atribuimos la acción del dolor, apareciendo el «Yo-conciencia» como si fuera un complemento, un observador apartado del fenómeno.

La mecánica del lenguaje habla por sí sola de nuestra desolada costumbre. En efecto, ya que advertiremos muchos objetos ahí afuera que «NOS DUELEN», que se convierten en impactos para el Yo, como dolores de muelas que no estamos dispuestos a tolerar y asumir. Sin embargo, aunque a otra persona la percibamos como la muela que nos hace daño, no diremos «ME DUELE MI PAREJA» o bien, «ME HACE DAÑO MI AMIGO», y a pesar de ser Yo el que padezca como ofensa su acción, necesitaremos deslindarla para hacer lo más visible posible al ENEMIGO.

La muela me duele y, aunque sea un objeto integrado a mi cuerpo, necesito separarme de ella lo más posible para tomar conciencia del causante del dolor. La muela, en ese momento de padecimiento, pasa a convertirse en mi adversario. E igual sucede con las demás personas con las que nos relacionamos, que sin darnos cuenta pasan a ser enemigos según provoquen un síntoma de dolor, como evocación a algo no resuelto íntimamente. Solemos decir: «me duele la cabeza»; o bien «me duele el estómago», mas no indicamos: «me satisface el paladar» cuando un alimento nos agrada, o «me es dichoso el estómago».

El animal humano requiere que su psique identifique con mayor vigor los síntomas que pueden ocasionar dolor que aquellos que proporcionan placer; por tanto, el instinto de supervivencia prevalece. Así, el mecanismo entre el sujeto y el objeto se decanta más hacia la depreciación que hacia la apreciación, lo que inclina al sujeto a tomar en consideración multitud de circunstancias que pueden ir en contra de su Yo. Digamos que ésta se convertirá en la costumbre y la inclinación.

Por lo común, toda persona se encuentra programada desde la infancia a defenderse más que a aceptar o bien agradecer. Esta conducta, que suele ser inconsciente, estimula lo que aquí denominamos el foco-dolor y, asimismo, contribuye a que la persona no encuentre recursos adecuados para su afirmación personal y para su estabilidad emocional.

Interpretará, reaccionará compulsivamente, ensombreciendo sus relaciones con la molestia subjetiva, la culpa y la queja. Al traducir a los demás y a la vida según el ángulo particular desde donde el Yo es educado, no ve ni percibe con claridad la realidad, pues la encara con dosis de intimidación y sobresalto.

Aquí tomamos por evidente que la mente se aclara o se hace difusa según la capacidad de concreción que adopta el individuo en relación al fenómeno que experimenta. Cuando una persona aprecia el estímulo desde un simple impacto emocional, limita su capacidad de raciocinio, esto es: la capacidad de observar y percibir lo que está pasando de forma juiciosa. La excesiva emotividad enturbia la mente, llevándola a la exclusiva defensa que interpone con apremio a la situación. Esta actitud es básicamente adolescente.

A todas las personas nos intimida más o menos lo diferente; sobre todo cuando nos llega de una forma categórica que sacude a nuestro Yo. No obstante, es la capacidad de transformar la impresión externa, de relativizarla, de entenderla como válida e, incluso conveniente, al formar parte de nuestro entrenamiento personal, lo que contribuirá a la madurez emocional de la persona.

Cuando un individuo convierte la existencia en INTEGRAL, aprende a no deslindar tanto al sujeto con el objeto. Esto significa que por mucho que el objeto vibre con una sintonía desacorde, la conciencia pasa a experimentarla como simpática y admisible. Así recuperamos el acto simple, cuando la mente no interpreta de forma sesgada el acontecimiento. Diríamos que la muela se ubica en su justa posición y, aunque duela, el enfoque del Yo-experiencia no es reactivo, ni se encuentra subordinado a la expectativa que yo tenía de que se decidiera por no doler.

El «pinche tirano» es un término que definimos como aquella persona que nos molesta reiteradamente, pues podríamos decir que «nos mete el dedo en la llaga», allá donde más nos duele. Todas las personas requieren «pinches tiranos» que sacudan el espantajo de su Yo, por mucho que éste tienda a rechazarlos, a molestarse o a tomarse de forma personal el argumento o la conducta ajena. Como es evidente, el sujeto poco evolucionado utiliza un mecanismo sutil: responder al «entrenador» con la propia interpretación que lo agravie o lo desprestigie.

Siempre el Yo está dispuesto a encontrar argumentos con los que deslustrar al otro, por muy peregrinos que sean; y desde hace miles de años hemos aprendido a quedarnos tan panchos y tan anchos, porque lo único que le importa a esa parcela egocéntrica de nosotros mismos es salirse con la suya. Al Yo débil o bien inconsciente le asusta la verdad. La Verdad, como puede poner en evidencia su falso criterio, es apartada, para que el personaje se haga eco de los pretextos y criterios que han de servir de andamiaje a la justificación. ¡Y ya está…!

Exclamo así porque la mayoría de personas que lleguen a leer esto no podrán comprender que la conciencia requiere en todo momento dosis de autenticidad y una clara lucidez con la que «ir al grano»: ser precisos y rigurosos con lo que está pasando. Si juzgas según la carga emotiva que te suscita la situación, o según lo que a tu «Ego» le conviene, si a tu movimiento intelectual lo agita la defensa o lo empuja una coartada subjetiva que no es capaz de contemplar con ecuanimidad, la molesta intimidación se instalará cada vez más en tu entraña, y exhibirás a los demás un colmillo retorcido que tú no podrás apreciar, porque, para ti, todos los espejos opacaran su reflejo. 

(Fragmento del libro «Al otro lado del espejo» de Antonio Carranza)

 

 

 

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