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CEDER y CONCEDER

Hay una diferencia notable entre CEDER y CONCEDER

Concede la persona que es fuerte y es capaz de prescindir de sus pretensiones, en la medida en que siente como prioritaria la conciliación, pues el gozo y la satisfacción de los otros ya los siente como propios. Aquél que en beneficio de un bien mayor puede sacrificar o dejar a un lado su posición en favor de los demás, de posibilidades generales que solicitan un espíritu colaborador, de participación y solidaridad.

Concede el que otorga y hace merced de su nobleza, pues ha madurado para relativizar sus propias convicciones y necesidades.

cederEl espíritu reclama esta sintonía, pues aprecia como primordial la cooperación con la que el «Ego» pierde su postura y su falso gesto. El individuo, cuando concede, favorece la ley de la sinergia, cooperando decididamente con el plan de la Totalidad en el que todos estamos implicados. Es así como una persona aprende a amar y a desacoplar conscientemente su talante egocéntrico.

Cede el débil que, atrapado en su carencia, se deja llevar por la voluntad de otra persona o de la marejada social que cerca su decisión. El que se rinde y da por miedo, o bien porque se siente encogido ante la decisión de los demás. Como aún su satisfacción apunta a conseguir sus propios logros, como aún lo atosiga la necesidad y el deseo, cuando cede lo hace con dolor, a regañadientes y sujeto por la molestia que supone para su «Ego» prescindir.

El que cede desde la debilidad personal aún no ha conquistado su propia dignidad, afectando al cardias mediante un permanente desasosiego. Es el desasosiego de la baja auto-estima, de no hacer valer sus propias convicciones y de mantener ante los demás una continua refriega. Como reclama constantemente consideración ajena, al ceder se siente disminuido y sometido.

El espíritu del que se ve obligado a ceder sufre la dicotomía de esa precaria voluntad, y la mente interpretará como injusta la situación de dependencia y como sometimiento el poder que los demás ejercen sobre él.

El débil pues tenderá a compararse, a culpar a otras personas de su precaria situación, reclamando de continuo una ubicación personal que lo valide ante sí mismo y ante el mundo. No podrá por consiguiente, ser ecuánime, ni apreciar como oportuna la concesión ante el bien ajeno, puesto que no ha aprendido a amar. Diríamos que el amor es un brindis emocional que no puede permitírselo. En este orden de cosas, la persona inconsciente se encuentra acorralada por sus propias convicciones y ambiciones, que se convierten en el menester permanente de un Yo inestable.

(Fragmento del libro «Resplandor y brisa», los diez parámetros de la conducta) de Antonio Carranza

P.V.P.- 15 euros

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