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EL DUELO

 

EL DUELO

Dame herramientas adecuadas para el bien vivir y tendré respuestas saludables para el bien morir.

El denominado proceso de «duelo» es la respuesta patética del ser humano ante un hecho que una parte de sí mismo no comprende o bien no acepta.

PATÉTICO: que impresiona, demostración sensible que agita el ánimo de una forma vehemente, usualmente con dolor, tristeza o melancolía.

La mayor parte de las personas son educadas para obtener y preservar, lo que genera, cuando la vida nos propone prescindir de algo o de alguien querido, que una zona inconsciente de nuestro Yo sufra la situación con dolor. Esta tendencia dramática y trágica no subsiste en la propia existencia, ya que la naturaleza establece de forma consonante sus procesos de pérdida y ganancia, de vida y muerte, según el esquema acorde que establece la regeneración.

DRAMÁTICO: aquello que interesa y conmueve vivamente.

         El hecho de que una cebra sea devorada por un cocodrilo para la naturaleza no es tan diferente del hecho de que un niño pequeño muera de tifus; o bien que un joven quede paralítico a tenor de un accidente de tráfico. En la naturaleza no subsiste lo dramático, ya que ella no mueve moral alguna cuando aplica sus leyes. Todo suceso se encuentra regido por un orden cabal que dictamina la misma regeneración, que es imprescindible para los procesos de la evolución. En consecuencia, si no existiesen cambios que regeneraran la vida no podría suceder la evolución.

REGENERAR: restablecer a través de mutaciones o cambios precisos que favorecen la reutilización de algo, restituyéndolo y animándolo para un renovador proceso.

dolorSegún esto todos los seres vivos estamos regulados por ajustes naturales, y a todos de continuo nos afecta la regeneración. De momento en momento, de instante en instante la naturaleza nos regenera, mediante cada aliento que busca, en definitiva, abrirse a un nuevo espacio; o a través de cada pensamiento que persigue respuestas donde, sin conciencia, buscamos perpetuarnos y subsistir.

Dicho lo cual, el hecho de que cualquier mamífero vuelque hacia la pérdida de un familiar una compunción dolorosa, viene dado por la resonancia sensible que establece en su cerebro una cierta dependencia emocional, útil, por otro lado, para perpetuar la especie. Así pues un elefante se detendrá desconsolado ante un ser querido, incluso pretendiendo reanimarlo con la trompa; llorará y bufará, hasta que el instinto le lleve a abandonar ese trance de duelo y continuar el camino de su regulada existencia. De la misma manera que lo hará un perro ante la ausencia de su amo, o bien un oso polar en un zoológico, cuando al ser condenado a perder su hábitat natural, mantendrá un movimiento continuo y desesperado con su cuerpo, mediante el cual manifestará el dolor de su nueva condición.

En nuestro anterior tratado «El humus humano» decimos: «Es debido a la investigación en sensaciones, a los anhelos de superación y traslación y a las emociones asimiladas por los plexos nerviosos, como vamos a ir definiendo nuestro Yo. Lo que nos da a entender que cada uno de nosotros necesitamos de una personalidad que exprese rasgos y caracteres propios…. Heredamos un talante emocional para que el alma humana pueda interactuar con el mundo. Y será de esta forma cómo la reacción emotiva implicará profundos cambios en el cuerpo físico, afectando a los sistemas visceral y glandular. A todo el proceso evolutivo del alma humana lo define la emoción, como el mecanismo de pálpitos que nos lleva a querer y, por consiguiente, a tender y elegir».

Nos es por tanto imprescindible sacudir nuestras emociones ante las diferentes circunstancias que estremecen la vida, ya que estamos vinculados a un arco sensible que nos lleva de la euforia y la satisfacción, a la depresión y al dolor. Esta cuestión en el ser humano se hace natural, marcada por el instinto primario que nos vuelca a nuestros deseos. Mas lo que la mayoría de las personas no llegan a comprender es que la emotividad, como lenguaje del alma humana, se convierte en el balance preciso de nuestra evolución. Podríamos decir: DIME CÓMO TE EMOCIONAS Y TE DIRÁ CÓMO EVOLUCIONAS.

Obviamente, los sujetos más débiles e inconscientes agitarán su emotividad de una manera compulsiva, mecánica y en muchas ocasiones arbitraria; mientras que las personas evolucionadas anímicamente dispondrán de una respuesta emotiva más calmada y ecuánime.

El duelo, en todos sus aspectos, pone al descubierto la penuria emotiva del ser humano, marcada por la identificación sensible con aquella cosa, suceso o persona que no está dispuesto a abandonar. Podríamos decir que cuanto más se declara la servidumbre, el sometimiento emotivo, de menos respuestas conscientes dispone el individuo. En el momento en que una persona comprende el devenir y el sentido regenerativo de la vida, deja de padecer la situación como molesta, ya que la pérdida no la identifica como inconveniente, sino más bien como adecuada y prescindible.

Una persona puede prescindir de algo en el instante en que comprende que ya no tiene que estar. Si el apego emocional lleva al sujeto a identificarse con la sensación de pérdida es, sin duda, por falta de conocimiento de las leyes naturales, y debido a ese instinto primario que nos vuelca en exceso a la vida y se resiste con virulencia a la muerte. El elefante padece su duelo en el tiempo preciso que en su cerebro se activa la pena y aun la nostalgia, mas cuando se cerciora de lo que ya es inevitable, abandonará y permitirá que el empuje de la supervivencia tome las riendas de su devenir.

Sin embargo el ser humano puede demorar el trance del dolor, alimentado por la melancolía y, sobre todo, por el cariz resistente que empleará su mente ante lo que no soporta o no está dispuesto a asumir. Con ello, enarbolará sin conciencia un foco soberbio y beligerante contra la vida, y no se dará cuenta porque su reacción luctuosa no sólo será aceptada socialmente, sino que en cierta manera lo excusará ante sí mismo. Es como si el subconsciente le dijera: «si no sufres, es porque no quieres de verdad». De esta manera cuanto más sufra una parte de sí mismo rendirá pleitesía a aquello que ha de abandonar, reafirmando su estimación. Su «Ego» lo llevará una y otra vez a la auto-compasión, y no podrá valorar con ecuanimidad la situación, ya que su visión se verá enturbiada por el mismo dolor. No obstante, aquí decimos que el verdadero amor puede prescindir saludablemente del sufrimiento, ya que reclama la luz de la aceptación.

Para poder afrontar conscientemente una pérdida, sea de la índole que sea, lo primero que tendríamos que preguntarnos es «¿Qué me quiere decir esta nueva situación? ¿Qué tengo que aprender de esto?» Si estas preguntas se declaran desde la serenidad, en la mayoría de los casos la respuesta nos revela el desapego lúcido que nos ha de ayudar a no sufrir.

Ya los antiguos griegos comprendían que el equilibrio emocional consistía en conciliar a Eros (agente de la vida) con Thanatos (dios de la muerte). Cuando una sociedad se educa para conservar y preservar, desde la inclinación erótica que reclama de continuo nuevas sensaciones, rechaza cualquier conato de muerte. Sin embargo, la muerte ya está aquí, junto a nosotros, es concomitante a la vida, pues en ella de continuo se nos reclama desechar algo para poder conquistar y progresar. La persona que no está dispuesta a prescindir demora su proceso adolescente y no puede progresar en el transcurso de la maduración.

Uno de los conceptos básicos que integramos en el camino de la auto-realización individual es el de aprender a hacernos «amigos de la vida». El sujeto que no comprende el devenir, difícilmente puede hacerse amigo de la vida, ya que en la medida en que no acepta lo que le pasa, agita sus resistencias mentales y emocionales, poniéndose en contra del destino. En consecuencia, la persona evolucionada aprende a asumir sus situaciones vitales, ubicando su emotividad a favor de la existencia.

La cuestión primordial que permitiría a muchas personas dejar de obcecarse y resistirse en la inclinación instintiva hacia el apego emocional, reside en el conocimiento amplio de las leyes naturales. Cuando alguien comprende el sentido tácito de la muerte, deja de sufrir. Tan importante es para nuestra evolución hacernos amigos de la vida como de la muerte. Aprender a bien morir significa asumir con un talante cordial aquello que hemos de abandonar a un lado del camino, ya que si desaparece o bien nos plantea un concreto desprendimiento, es porque no nos es útil. El desapego se convierte en uno de los principales antídotos que nos pueden redimir del veneno del «Ego», mas para poder aplicar este remedio una persona tiene primero que comprender su devenir y el sentido de lo que la vida le propone, momento a momento.

La comprensión del sentido regenerador de la muerte es cardinal para el proceso. Esta cuestión no debería ser tratada desde una óptica meramente religiosa, ya que el conocimiento trascendental que podríamos adquirir si analizamos y estudiamos multitud de tradiciones, o bien experiencias diáfanas que nos aclaran el sentido de la muerte física cuando ésta ha de llegarnos, es fundamental para nuestra comprensión.

Son muchos los individuos que se resisten a acercar sus mentes a un conocimiento trascendental, ya que su parcial mirada sobre los asuntos cotidianos la define el índice sensorial que han desarrollado. Esto es como decir que todo lo que interpretan de la existencia es a través de sus sentidos primarios, por lo que la intuición y la posibilidad de asumir una perspectiva holística sobre los asuntos de la vida y de la muerte queda relegada.

Nosotros desde aquí sugerimos un conocimiento adecuado y preciso que nos pueda llevar a la compresión del devenir, no precisamente a través de la creencia, sino más bien de una clara percepción sobre la realidad. Esta mirada nos ayudaría a dejar de sufrir la vida como ingrata y, al mismo tiempo, a despertar la conciencia sobre lo que nos pasa o bien le sucede a los demás.

Muchas personas de buena intención patrocinan círculos luctuosos en los que, sin una definida comprensión, alientan el frío helor de la pérdida. Ellos creen que el duelo es imprescindible y que requiere el tinte plañidero con el que poder justificarnos y desahogarnos. Desde aquí, no se percibe la sutileza de la dudosa compasión que puede experimentar el sufridor, el tono hosco y yo diría «egoico» de la resistencia emotiva, el veneno insidioso del apego, mas tampoco el trance de un personaje que en el teatro de la vida adopta sin conciencia el papel de víctima.

No estamos en esta vida para sufrir; y aquél que convierte su existencia en un valle de lágrimas se perderá la maravillosa sensación de sentir la vida integrada y cabal. Es la mirada consciente la que inunda el corazón de esperanza; y es la conciencia la que nos puede proporcionar el exquisito elixir del amor incondicional, aquel que abraza a la misma muerte. Abrazar la muerte es un acto de amor. Para vislumbrar mejor este concepto pondremos un ejemplo: Si un padre asume una limitación o incapacidad de su hijo como pertinente, según lo que la vida dispone para él, no sólo lo está amando, sino que contribuye a que el muchacho se sienta integrado con su realidad. Diremos que el subconsciente del niño identifica la asunción del padre o bien de la madre con la de la propia vida. Por el contrario, si el padre lo deprecia o bien pretende que sea un niño normal, aunque a priori parezca que lo ame no será así, ya que estima más su criterio sobre lo que espera de su hijo que la realidad de lo que es y manifiesta. Esto sería un acto de desamor que no contribuiría a que el niño creciera de forma adecuada. ¿Comprendemos esto….? Pues nuestras sensaciones y conductas ante la realidad existencial ocasionan lo mismo.

Si estuviéramos educados para reconocer que en cada situación de aceptación o desprendimiento que nos sugiere la vida se establece el antagonismo del amor o bien del desamor, identificaríamos el apego como un síntoma de subordinación y dependencia emocional. El amor es un sentimiento expansivo que abre la emoción a la realidad bienhechora de la vida. El desamor, por el contrario, se establece desde la aprehensión, pues crea resistencias sensibles y mentales a las circunstancias que se disponen como entrenamiento emocional. Cada vez que nos resistimos a lo que nos sucede estamos generando en nuestro campo astral un signo de desamor que comprime al alma humana. Si el progreso del Yo personal requiere de la energía de Eros, para constituir una concreta individualidad a través de lo que elegimos y deseamos, nuestra evolución anímica necesitará del beneficio de Thanatos, como energía liberadora que nos proporciona cada desprendimiento. En consecuencia, la liberación del alma precisa del consciente desarraigo de los efectos mundanos y, qué duda cabe, de aquellos apegos emocionales que nos sujetan a este mundo.

Los estudiosos del proceso de la muerte coinciden al considerar que cuando un moribundo se resiste a lo inevitable, recurre a una angustia extrema que lo lleva a sufrir. La resistencia ante la muerte conlleva dolor, tanto para los vivos como para los muertos, mientras que la capacidad de desprendimiento proporciona el bienestar plácido de la aceptación.

Muchas personas que leen esto podrían pensar: «eso está muy bien, lo entiendo, pero ¡qué fácil es argumentar sobre la muerte a aquellos que no han perdido a un hijo; a los que no los ha abandonado una esposa o bien no los han echado del trabajo!» Esta simple respuesta mental indicaría de forma palmaria la distancia insalvable que el subconsciente establece entre la teoría y la práctica. El individuo común está tan habituado al duelo que no concibe prescindir de él, por mucho que comprenda el beneficio anímico que la liberación mental comportaría. Muchas veces podemos divisar un ápice de la verdad, vislumbrar la luz, mas la obstinada condición pesará como una losa que a nuestro depauperado «Ego» le será imposible mover. Si no echamos a un lado la losa de nuestros hábitos negativos, de los clichés psicológicos que certifican la condición, no podremos avanzar en el camino.

                                     (Fragmento del libro «Resplandor y brisa, los parámetros de la conducta» de Antonio Carranza)

P.V.P.- 15 euros.

 

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