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EL YO ADOLESCENTE

 EL YO ADOLESCENTE

Problems between generations concept. Teen closed his ears with his hands while her mom yells at her.

El adolescente se muestra básicamente egocéntrico. Una persona egocéntrica es aquella que aprecia la realidad según su exclusiva consideración, muy subordinada a su debilidad personal y a sus propias carencias. Por consiguiente, el egocéntrico no alcanza perspectiva sobre la realidad que le toca vivir ni en relación con los demás.

Juzga y valora al otro según lo que espera de él, y no según aquello que en verdad representa para su vida. Él no ha aprendido a considerar el índice de aceptación y humildad que proponen las pruebas de la vida, lo que en verdad sugiere la forma de ser de otra persona que pasa por su lado, pues no puede entender que en las diferencias reside su gran entrenamiento.
El adolescente es proclive a compararse, tanto para salir ganando como perdiendo. De esta forma es vanidoso, pues necesita proteger su propia imagen ante los demás. Le importa sobremanera que lo admiren y aplaudan, y no soporta bajo ningún concepto que pongan a su Yo en evidencia. Mantendrá sin conciencia una pintiparada imagen que declarar, por lo que disfrazará la verdad con muy diversos manejos para que su Yo no se sienta menoscabado.
¿Cómo puedo saber si aún adopto una actitud adolescente ante la vida? Pues yo diría atendiendo a aquellos argumentos del pasado con los que justificas las penurias del presente; observando las explicaciones manidas que aún sirven a tu «Ego» de auto-defensa, ante otra persona que no sueles escuchar y aprecias como contrincante. Cómo tu Yo se molesta y se dispara en consideraciones subjetivas que no van a favor de la autenticidad y del reconocimiento de la utilidad de las cosas. Asimismo, en una conversación discutidora, atrapada en ideas inconsistentes, se manifiesta de forma palmaria la sinrazón del adolescente.
Siempre escorado en su posición y planteamientos, se deja llevar fácilmente por la emoción negativa, por la contrariedad, evadiendo cualquier enfoque que pueda facilitarle una mirada más amplia de aquello que está sucediendo. De esta manera el adolescente alienta el amor propio, como apoyo cardinal de un Yo del que no puede adoptar perspectiva alguna. Y, de ningún modo, estará dispuesto a reconocer sus propias contradicciones y a excusarse.
Acumula sin darse cuenta la insatisfacción, como sedimento que lo frustra y aminora. Esto es como decir que va acopiando decepciones, acrecentando el foco de dolor que su «Ego» carente ha forjado. El adolescente mantiene vivo en su psique el «no me diste», la decepción que de forma dispar se convertirá en un reproche continuado, destinado a patentizar la inadecuada actitud del otro ante sus intereses. Su mirada a la vida suele ser por tanto absoluta y crítica, no disponiendo de capacidad para relativizar los fenómenos ni, tampoco, para olvidar.
El adolescente no se da cuenta del mecanismo defensivo que usa su Yo ante la adversidad. Él lo justifica de continuo, y cuando se molesta tiene a su disposición una retahíla de advertencias y admoniciones que extrae irreflexivamente de su foco de dolor. Sin darse cuenta, funciona automáticamente, por lo que suele emplear una mente difusa, en donde la concreción se hace muy difícil. Es básicamente emocional, y no estará educado a seguir el hilo de una conversación ordenada y constructiva, ya que suele funcionar por impulsos y dispares reacciones.
Un adolescente que lea esto difícilmente se sentirá identificado con el perfil, por lo que sugerimos desde aquí una oportuna toma de conciencia con la que poder comprender nuestros hábitos dañinos y reconocer los escollos del camino. Todos de alguna forma mantenemos por instantes actitudes adolescentes, sin embargo, la madurez alza el vuelo hacia la corrección, y es en la enmienda, en el momento donde surge la prueba, cuando la honestidad y la nobleza desenmascaran la faz bisoña del Yo.
En el espejo ajeno se reflejan más vivamente las carencias humanas debido a un mecanismo prefrontal del cerebro, gracias al cual tendemos a traducir y valorar en exceso todo lo que se mueve a nuestro alrededor. De esta manera programamos desde niños la mente para enjuiciar lo de afuera, para estipular, aun inconscientemente, qué me niega o qué me puede reportar complicidad y seguridad. Este hábito a la especulación establece nuestros juicios de valor según lo que al «Ego» le interese apreciar, cuestión que nos impide estimar a nuestros semejantes de forma ecuánime.
El Yo aparente evita que podamos hacernos una idea precisa de lo que almacena nuestro subconsciente, del balance carencial que padece nuestra alma. No comprenderemos por tanto el entrenamiento y aprendizaje que propone una relación para ajustar en nuestro interior algo no solucionado. Estamos tan habituados a tener en cuenta las concretas respuestas que nutren a nuestro Yo personal, que no llegamos a distinguir el lenguaje oculto de nuestros estados anímicos. Esta sucesión de hábitos compulsivos y externos ha contribuido a que el subconsciente humano engorde en necesidades y ahogos personales, produciendo una serie de trastornos que merman la identidad individual. Y este colapso —que desde aquí consideramos enfermizo— impide que podamos atender con sano juicio aquello que nos reporta el trato con nuestros semejantes.
Todos, en mayor o menor medida, padecemos esta equívoca situación. Mas es a través de las personas con las que compartimos vida cómo podemos ir manifestando y comprendiendo las cuestiones no resueltas por el Yo y, asimismo, las cualidades que debemos lograr; aunque este entrenamiento lo vivamos desde una continua comparación, o bien desde la reacción y tensión personal. En este laboratorio de experiencias y correspondencias humanas investigamos nuestra razón de ser, de existir y constituirnos. Por ello las relaciones con los demás se van a convertir en el caldo de cultivo imprescindible para la evolución.
Dentro de cualquier sistema de correspondencias gobiernan dos aspectos fundamentales de la energía: la simpatía y la repulsión. Podríamos decir que en el interior de cada uno de nosotros vibra un timbre personal siempre dispuesto a sentir como agradable la relación con aquellas personas que van a favor de nuestro Yo, y como desagradable la de aquellos individuos que vibran en una sintonía distinta. Es como si el Yo dispusiera de un sintonizador de frecuencias y lo aplicara en la relación con los demás de forma mecánica. A mayor confusión y debilidad, mayor resistencia tendremos a sintonizar con los demás, reduciendo nuestras relaciones a un marco estrecho de posibilidades. Sin embargo, el desarrollo de la conciencia nos permitirá poder asumir y simpatizar con un índice mayor de individuos.
Todo el universo sucede como una telaraña energética en donde cada hilo no podría establecerse si no cuenta con la estructura general y, asimismo, con aquél en donde se apoya. Esto es como decir que todos dependemos de todos, que somos eslabones de una cadena común en la que nos corresponde un exacto cometido que podríamos identificar conscientemente.
Esta previa investigación requiere pues mucha industria, ya que se trata de pasar del marco de referencias externas que sumen al Yo en una permanente superchería, al marco consciente que nos permitiría definir nuestra exacta posición individual. Es fácil entender que la persona, cuanto más débil se siente, cuanto más inmadura, más va a necesitar envolver su personalidad en las actitudes y características de los demás, ya que al no encontrar en sí mismo una estabilidad propia, tenderá a que otras personas sirvan de referencia a su menoscabado Yo. Podríamos decir que en la medida en que se va estableciendo su fuerza personal, el individuo se siente menos subordinado a los otros, se hace más libre e independiente, debido precisamente a su mayor capacidad de tolerancia y comprensión.
Como es de suponer, buscamos en los demás superar un fondo carencial no resuelto, compartir sentimientos, criterios e intereses comunes, en la medida en que no nos sentimos completos y, en cierto modo, realizados. Todos los seres humanos pretendemos mitigar a través de emociones compartidas la sensación de zozobra que nos proporciona la vida; y esto es así porque necesitamos a nuestros semejantes para ir alcanzando una cierta estabilidad emocional.
Luis Racionero nos acercaba este elemental desenlace:
«Baila un hombre al sonido de un tambor, son las doce de la noche, apenas bailará una hora.
Bailan muchas personas al sonido del mismo tambor, podrán pasarse toda la noche bailando».
Esto nos indica cómo el ser humano siempre ha necesitado la complicidad de los demás para dilatar sus sensaciones.
Es fatalidad experimentar la existencia humana desde un continuo sobresalto, marcada por una incesante sensación de pérdida. Esto lleva al individuo a conquistar, a ansiar sensaciones que puedan llegar desde afuera, porque no somos capaces de encontrarlas en nuestro interior. Por muy pasajera que sea la experiencia, la psique se ilusionará con la idea de conquista y con aquella que nos hace sentir cómplices del destino de otra persona. Aparece como imprescindible la exaltación de los sentidos, que nos ha de prolongar hacia el placer y la fascinación que tanto el Yo anhela. Por ejemplo: si las palabras que nos llegan de otra persona certifican a mi Yo, me siento partícipe de ellas, la sensación personal será estimulada; por el contrario, si el eco que me llega del otro no le interesa a mi Yo, no forma parte de mi consideración, tenderé a rechazar e ignorar.
A tenor de esto seremos educados desde dos paradigmas esenciales: «No valgo si no represento» y «no me aprecian si no tengo». Participarle a otra persona estas dos referencias, sea cual sea el sentimiento que nos ligue con ella, se convierte en cardinal para todo sujeto. Y es por esto que podríamos decir que antes de que suceda el afecto ha de suceder la confirmación; o lo que es lo mismo: el subconsciente necesita articular un contundente axioma: «no te quiero si no confirmas a mi Yo».
 
(Extracto capítulo III del tratado «Resplandor y brisa, los parámetros de la conducta» de Antonio Carranza)
P.V.P.- 15 euros.
 
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