Menú Superior

LA COMUNICACIÓN

LA COMUNICACIÓN

«La comunicación es a la relación lo que la respiración a la vida» Virginia Satir.

¿Por qué es tan importante comunicar? Porque en la expresión no sólo el Yo personal se auto-determina, sino también a través de ella podemos sentir la complicidad de alguien que camina junto a nosotros y nos escucha. Esto, sin lugar a dudas, favorece todo el circuito sensorial humano, contribuyendo a la auto-estima y regenerando los lisosomas del cerebro. En consecuencia, la comunicación sana afecta a la propia regeneración celular del individuo, estableciendo salud y bienestar.

dinamica-distorsion-comunicacion-clinica-del-L-1La persona, según se desarrolla y evoluciona, experimenta como satisfactoria la escucha, aguza el oído a lo que oye del otro, pues aprende a auscultar con el alma y lo escuchado, por muy contrario que se muestre a sus formas de pensar y sentir, no cruje con dolor.

Habitualmente los seres humanos han amplificado el hábito de convertir a la persona que les sirve de interlocutor en un espejo donde proyectar la propia consideración. Esto significa que se ESPERA, aún inconscientemente, la confirmación de la otra persona a lo expuesto, y cuando no se produce, el «Ego», de forma automática, emite su gruñido de malestar y confusión. Como es fácil de entender, cuanto más débil sea la persona, cuanto más sienta menoscabada su auto-estima, más reclamará certificación en el otro y, asimismo, más sufrirá los desacuerdos con daño y pena.

Muchas personas se sienten dolidas por la expresión que le acerca otra persona, bien sea porque les llega con una carga de imposición, o debido a las estrategias de expectación y complot que el «Ego» necesita. «Expectación» porque el inconsciente precisa certificación, espera que lo validen y alaben; «complot» debido a la necesidad de confabulación emotiva que se produce cuando en la comunicación se esponja el Yo, e intuimos que puede convertirse en un medio suculento para que nos quieran.

Obviamente, si las personas que se comunican son egocéntricas, tenderán a imponer y manipular, aún sin darse cuenta de cómo su «Ego» se declara. Aquí nos parece fundamental considerar que el índice de carga egocéntrica que padece un individuo se puede determinar por su incapacidad de escucha, al interpretar o bien sentir como provocación la reflexión contraria de otra persona, reaccionando a la contra o necesitando fehacientemente defenderse.

Una conversación en la que se piensa y se siente de forma dispar puede ser distendida si los individuos que la experimentan han superado la cota de incomodidad que suelen sentir las personas endebles, aquellas que se anonadan fácilmente o bien fácilmente reaccionan con acritud. Según esto, el amor propio queda herido en el instante en que el eco del otro lo interpretamos como incitación. Nos irrita que nos pongan en evidencia, que nos contradigan; nos sublevamos al experimentar lo diferente como un desafío que el «Ego» experimenta con hostilidad, y de esta forma la comunicación se enturbia.

Una conversación llega a hacerse tortuosa si en ella se instalan conductas de ataque y defensa. Estos hábitos dañinos podrán manifestarse abiertamente, a través de una reacción de enfado, de protesta y malhumor; mas también podrán declararse de forma solapada, mediante la ironía, el sarcasmo o bien aquella indiferencia que ignora y huye de la controversia. Como es de suponer, estas rutinas, que el «Ego» patrocina de forma automática, son causa del desamor que mina el afecto y puede quebrantar cualquier relación.

Cuando una persona requiere certificación personal en la comunicación, podríamos decir que aún no puede amar, ya que el amor busca indefectiblemente, de forma primordial, conciliación y acuerdos, un entendimiento saludable que en ocasiones requiere dejar a un lado nuestras manidas posiciones para poder apreciar «lo otro». Al amor lo refresca la escucha y el sano entendimiento.

Así, una zona oculta de nosotros señalará lo siguiente: «si no confirmas lo que espero de ti, si no colaboras con tus palabras a lo que yo siento y necesito, no te oigo y te rechazo». Cuanto más la persona requiera auto-afirmación, cuanto más demande a la vida los señuelos que puedan avalar su propia identidad, más crítico se hará con lo que escucha del otro. Por lo que aquél que suele sentir como repelentes las observaciones ajenas, declara de forma palmaria su necesidad de que lo certifiquen y resuelvan.

El ser humano común cae en una fraudulenta estratagema: «Los demás me resuelven en la medida en que me aplauden y valoran». Esto se convertirá en un estímulo vanidoso que, sin darnos cuenta, solemos incorporar a la comunicación. En consecuencia, si alguien ahí afuera no certifica nuestros criterios, o bien pone en evidencia algo impropio de nosotros mismos, lejos de escuchar con solicitud, se dispara un mecanismo de rechazo y animadversión.

Obviamente, es en la confianza y en el trato habitual donde se dispara con mayor virulencia este dispositivo, ya que la familiaridad permite deshacernos de la máscara y mostrar abiertamente la propia condición. Aquí, una persona educada podrá atenderse, en la medida en que no sólo observará su talante discutidor, sino que será capaz de aguzar el oído y abrirse a lo diferente, tanto sea para aceptar como para aprender.

La aceptación a lo que la otra persona es y representa, a aquello que manifiesta según su propia idiosincrasia o progreso personal, es fundamental en cualquier relación humana; como lo será estar abierto a lo nuevo, pues en multitud de ocasiones es en lo diferente donde podemos en verdad aprender. ¿Siento que asumo la realidad de mi interlocutor, admito sin virulencia sus pensamientos y formas de entender? ¿Qué puedo aprender de esto que me está expresando? ¿Escucho sin interpretar o prejuzgar, sin que esa afectación mine el fluir de la conversación?

Al identificamos excesivamente con los venenos de los demás, el «Ego» nos lleva al campo de batalla en donde surge fácilmente la enemistad. Atrapados por este hábito, aparecerá en la conversación una hiper-vigilancia a lo que el otro declara, siendo proclives a tomarnos de forma personal sus creencias y argumentos, una trampa que contribuye al sentimiento de intimidación.

La réplica puede verse sometida por una reacción molesta que opone el «Ego» a la manifestación del otro, o bien convertirse en una objeción constructiva, en la medida en que no la mueve la protesta, sino el interés por entenderse y el sano juicio. En muchas ocasiones las personas suelen presuponer una respuesta en el otro que no se da y la mente, cuando es educada en la interpretación y en la suposición, se deprava. Una mente sana no prejuzga, no se anticipa, fluye psicológicamente y llega a apreciar con simplicidad cualquier situación.

¿Qué entendemos por sano juicio? Bueno, yo diría que parte de un interés por aclarar y considerar con sensatez y proporción. Así, al criterio no lo envolverá de forma taimada el sentimiento, que en multitud de ocasiones prevalece por encima del entendimiento. Una persona excesivamente emotiva tiende a bloquear el juicio en favor de la sensación, por lo que se conmoverá, haciendo que sus criterios sean erráticos y giren en torno a la impresión sensible que, en ocasiones, podrá perjudicar sus estados de ánimo. Obviamente, cuando en una conversación son varias las personas que mantienen este tipo de frecuencias compulsivas, la palabra vagabundea, y las conductas pueden fácilmente soliviantarse.

El sano juicio requiere prudencia y asiento. Prudencia para que el hilo conductor de la opinión no llegue a agredir al que escucha, en aquellos instantes en que de forma automática acometemos o nos defendemos a ultranza, convirtiendo al otro en contrincante. Asiento para no caer en la grotesca costumbre de la justificación mental, que engendra argumentos sin mesura, haciendo que la persona se aferre a un exclusivo alegato.

Es fácil comprender que es satisfactorio sentirse comprendido y escuchado mas, sin embargo, muchas son las personas que no llegan a experimentar esta posibilidad, quedando anulada o bien reducida a un marco estrecho de situaciones. ¿Por qué sucede esto? Pues sencillamente porque el ser humano común no es educado desde edades tempranas a atender sin reactividad, a desarrollar la sana complicidad con los demás, principio cardinal del respeto y de poder sentir el bienestar ajeno como propio.

Ser «cómplice de camino» significa no sólo reconocer sensiblemente la necesidad de la otra persona, sino descubrir el privilegio de darse y tomar como relevante el compartir. Cuanto más una persona se sienta necesitada, menos podrá dar y compartir. Desarrollar un espíritu conciliador requiere sensibilidad y tacto, como cualidades que, sin que el individuo tenga por qué perder la propia auto-estima, integra en sí lo de los demás. De esta manera se establece la sinergia en cualquier relación, ley fundamental de la vida que indica que siempre que dos o más entidades se reúnan con espíritu de cooperación, se consigue más con un menor gasto de energía.

Es significativo comprobar cómo en muchas relaciones familiares la actitud egoísta y la falta de tacto contribuyen a que se gaste una cantidad excesiva de energía, que sucederá no sólo en los altercados y discusiones que se provoca, sino también en el malestar interior y en el reclamo. Todo reclamo no solucionado requiere actualización, por lo que la comunicación es imprescindible para subsanar el dolor que internamente se padece. Dentro del clima familiar, muchas personas apelan al silencio, a la evasión expresiva, a no hablar para no discutir, pues se encuentran hastiados por la incomprensión. Sin embargo, consideramos aquí la comunicación como vía terapéutica imprescindible en el marco familiar, y si ésta se hace imposible, el estado anímico de los implicados habrá de sufrir su fiebre y, a la postre, enfermará.

Como en mi anterior tratado «La balanza dorada» refiero, el ser humano coopera decididamente con el Plan de la Totalidad en la medida en que integra cada una de las partes o aspectos disímiles que le llegan para superarse a sí mismo y aprender. En este sentido, la persona se hace consciente de lo que implica cada relación, desarrollando tanto su capacidad de adaptabilidad como de entrega.

La honestidad, la búsqueda de la verdad y la consecuencia, no sólo convierte en afable la comunicación, sino que le proporciona una calidad intelectual útil para que las personas que se relacionan se entiendan y aprendan los unos de los otros. Sin embargo, la mayoría de las personas son educadas desde niños para proclamar en una conversación las propias ideas, que sin conciencia terminan por convertirse en instrumentos psicológicos de un Yo necesitado de consideración.

De esta manera, tenderemos a justificar a ultranza los propios argumentos, por muy peregrinos que sean, a trabar el intelecto en exclusivos puntos de vista, al disimulo que pone de relieve la máscara personal…, hábitos que impedirán que la mente se clarifique y que convertirán la comunicación en competitiva y egocéntrica.

El «Ego», como mecanismo inconsciente donde suele apoyarse el amor propio, nos lleva a la hipocresía y, asimismo, a manidas posiciones intelectuales que quiebran la sensatez y la sensibilidad indispensable para abordar con sano juicio cualquier relación.

La hipocresía es una mueca sardónica que hiere al alma, resbala por la faz y entumece la propia personalidad. Lejos de reconocer la virtud como dueña y señora de la expresión individual, la desdeña, pues ella es un vicio impúdico que usa el débil cuando aprecia la autenticidad como signo de humillación.

La virtud precisa de una austeridad, de un rigor que a la hipocresía molesta. La virtud nunca se aviene al disimulo, ni merodea en torno a criterios errabundos con los que defender la propia imagen; no es acomodaticia y no necesita fingir para pronunciarse.

La hipocresía da rienda suelta a su clamor y a su terrorista ojeriza, y si fortuitamente se siente sorprendida, encuentra sin dificultad nuevos argumentos con los que volver a recolocar su máscara. Conspira y coquetea usando una falsa cordialidad para seducir al mundo, el mundo que ella remienda a su antojo y con el que vanidosamente trafica. De esta manera no se da cuenta del vasallaje y del atuendo de lacayo que emplea.

Ante el empuje de tanta farsa, la virtud, desconcertada, como no puede estallar en violencia, se conmueve y debilita. Se ha convertido en una vaca sagrada aquejada de tifus a quien nadie venera. Escuálida, mira con pena a la patética hipocresía, sintiendo resignada cómo sus escándalos hacen temblar la tierra y colorean con artificios cualquier relación.

En este orden de sensaciones, el amor también tirita, pues se siente cómplice de la virtud, compañero de la verdad desamparada.

Si como indicamos anteriormente Virginia Satir nos relaciona la comunicación con la respiración, podríamos plantearnos la posibilidad de permanecer en una conversación atentos según el flujo respiratorio que manifiesta nuestro campo vital. Esto es como decir que si en un intervalo concreto del diálogo aparece una desazón, un brote de molestia y reactividad, podríamos generar el hábito de transformar conscientemente la impresión que nos llega del otro.

Antes de permitir que el Yo establezca su mecanismo compulsivo, antes de reaccionar psíquicamente y ofrecer una respuesta prefrontal en donde la dualidad se implanta contundentemente, podríamos activar el foco consciente en el centro de la frente, respirar sosegadamente y disponernos a escuchar sin oposición. El ser humano guarda en sí mismo la posibilidad unívoca de la síntesis; y esto significa que en vez de alimentar la costumbre discutidora en donde la confrontación trepa por el pensamiento, en todo momento podemos decidir por la integración lúcida que restablece el entendimiento.

En el instante en que asumo, presto atención y aprendo del otro, estoy haciendo un ejercicio de centramiento que me lleva a la unidad. ¿Unidad…? Implica interponer la conciencia entre el estímulo externo y la psique, un ejercicio lúcido que proponemos en uno de los capítulos de nuestro anterior tratado «Senda de Sabiduría», al hablar detenidamente sobre la transformación de las impresiones que nos llegan de afuera.

El gimnasio de la vida está diseñado para que el ser humano aprenda a superarse a sí mismo, gracias a la madurez que puede transmutar el hábito ordinario. Cada relación se establece como una oportunidad de logro y consecuencia, en la que el Yo ordinario puede ser entrenado. Cada vez que un individuo se concilia psíquicamente ante la existencia, está avanzando en el camino de la auto-realización, por lo que armonizar y convenir con el otro se convierte en el adiestramiento más notable que nos facilita la vida para avanzar. La palabra «trans – mutar» significa ir más allá mediante un cambio en nuestra forma de operar y comportarnos, lo que convierte cada relación en un ejercicio de alquimia interior.

El propósito sustancial de la vida, aunque muchas personas no lo sepan, es aprender a conciliar en nuestra dimensión anímica los factores Yang y Yin (masculinos y femeninos) que se establecen de continuo en ambos hemisferios cerebrales. Cuando se produce este casamiento consciente, en la silla turca se activa el chakra Ajna, debido a una pulsión estimulativa que percute en la glándula pineal. En consecuencia, el llamado «tercer ojo» se abre cuando el individuo desarrolla una amplia percepción, según sea su mirada interior y según aquiete su balance emocional.

En estos tiempos de tránsito y crisis la humanidad pasa de un dilatado periodo patriarcal, en donde la energía Yang (masculina) ha imperado socialmente durante siglos, a otro matriarcal Yin en donde la mujer reclama una posición paritaria, un periodo destinado a que la energía femenina adquiera en la reciente Era de Acuario que inauguramos un decidido influjo. Lo queramos o no, estamos al borde de un nuevo matriarcado, como sucedió hace milenios en la Grecia antigua, cuando la mujer (según nos cuenta Plutarco) era instructora del saber, venerada y diosa.

Sin embargo, esta travesía, como les sucede a tantas otras, es impulsada por la Ley del péndulo, haciendo que la mujer, en general, se incline a una decidida auto-afirmación, en muchos casos desproporcionada y extrema. De un estado de sometimiento, en el que las actitudes machistas imperaban socialmente, hemos pasado en esta época de cambios frenéticos, a un apuro por ser y representar a toda costa nuestro pintiparado Yo.

Así las energías Yang y Yin se encuentran en franca contienda, alentadas por la marea ansiosa y vanidosa que nos subyuga. Si por un lado el cambio y la vindicación social son legítimos, como es legítimo que todo ser humano tienda a auto-realizarse como individuo en lo que hace y construye, por otro lado la prioridad de vigorizar al Yo a toda costa puede ir en detrimento de esa paridad que requiere toda relación de pareja. Y esta cuestión, como es evidente, atañe tanto a la realidad masculina como a la femenina. La importancia egoica que otorga credibilidad a un Yo deteriorado, en muchos casos llega a perjudicar las relaciones de pareja. De forma general diríamos que el Yofemenino busca a toda costa resarcirse de sometimientos pasados, mientras que el Yo masculino se siente desbordado por este empuje vindicativo que descoloca su condición, tanto personal como social y familiar.

Es en esta marejada cuando la mujer puede llegar a perder su capacidad conciliadora, el prestigio intuitivo y  pacificador que de siempre la caracterizó. Y es aquí donde la turbiedad mental se acrecienta, pues en aras de la igualdad puede naufragar la sensatez. Asimismo, el hombre podrá tender a defenderse de lo que interpreta como hostilidad, sin tomar conciencia de aquello que subyace tras el gesto vindicativo de la mujer. En el libro «Senda de Sabiduría» refiero lo siguiente: «El ser humano vive tras la alambrada de su propia consideración, una defensa que él encuentra como natural frente a los demás y ante el medio que le toca vivir».

Acuario es un signo de aire, precursor de una nueva Edad, de un nuevo ciclo zodiacal que empuja influido por dos planetas principales: Urano y Saturno. Urano ha de ejercer un empuje revolucionario que quiebre la conmoción emocional que bañaba el anterior signo de Piscis, por lo que si no hemos asimilado el mensaje de Amor Consciente que patrocinaban los anteriores maestros de esta era de agua (Jesús de Nazaret en occidente y Gautama el Budha en oriente), el ser humano requerirá una nueva determinación que dé un giro notable a la conciencia. Saturno nos llevará al caos regenerativo, a las oportunas crisis en las que pueda morir lo viejo para que florezca lo nuevo, por lo que el cuervo negro — emblema de este planeta — nos sugiere una oportuna muerte psicológica en la que poder prescindir del Yo-consideración.

En este orden de ideas, las divergencias que hoy en día afectan a los dos sexos son producto de este influjo astrológico, de la mano de las radiaciones que establece la estrella central de Alcione. Es una crisis necesaria que ha de provocar un ajuste, un forcejeo de identidades que reclaman distensión, consecuencia y orden.

Acuario, por consiguiente, obliga al rigor, como consecuencia imprescindible para los nuevos tiempos, en los que las enseñanzas del espíritu han de llegar higienizadas por conductas juiciosas y estables. Es un nuevo tiempo que recupera las enseñanzas iniciáticas de antaño, el eco templado y explícito que pueda aniquilar la turbiedad mental y esa propensión vanidosa en la que zozobra el Yo. En consecuencia, la comunicación que patrocina esta nueva Era es lúcida y concreta, exenta de proselitismos, de posiciones gregarias y partidistas, pues busca la luz individual al servicio de los demás. Sin método no puede haber consecuencia; método para el entendimiento, método para el progreso individual, como el método oportuno que requieren los niños y las familias para emprender una saludable educación.

La mayor parte de personas que leen esto podrán estar de acuerdo con la idea de que en estos tiempos turbios se defienden postulados insensatos. El «Ego» baña las mentes humanas con tintes presuntuosos, lo que contribuye a  que la persona se encuentre aturdida, sin respuestas coherentes ante cualquier situación. La osadía de los derechos prevalece por encima del desánimo de los deberes; y esto es como decir que muchas son las personas que son educadas para prosperar según la contundente certificación que establezca su Yo-consideración.

Como es de entender, esta desbordante situación se proyecta de consuno en la comunicación. Si no perdemos de vista el matiz psicológico de la cuestión, muchas son las conversaciones que se agitan entre la vindicación sostenida, y los ardores petulantes que pavonean al Yo. Así el discurso hace aguas, y la justificación mental prolifera, al abrigo de ese personaje que de continuo pretendemos proteger.

¿Qué podríamos hacer en favor de un diálogo sensato y coherente?

— En primer lugar atender la disposición al razonamiento constructivo: ¿mantengo a ultranza posturas irreconciliables, o puedo atender «lo otro» como válido, sin solivianto?

— Desarrollar la facultad de concreción mental que contribuye en una conversación a no «irnos por las ramas». ¿Suelo ser preciso en aquello que deseo expresar? ¿Cómo mi emotividad me lleva a proclamar sinsentidos o a repetir una y otras vez las mismas consideraciones?

— Aprender a no interpretar o prejuzgar para poder escuchar. ¿Mantengo habitualmente una oculta aprensión, escrúpulos  que me impiden ser imparcial a la hora de comunicarme con los demás?

— No interrumpir o ignorar la libre expresión ajena. Cada cual tiene derecho a expresarse según es su talante intelectual y emocional. ¿Comprendo que la forma de ser y manifestarse del otro contribuye al desarrollo de la atención y de la escucha? ¿Soy en verdad paciente ante lo diferente?

— La importancia de ceder cuando pongo atención a lo que es preeminente. El ceder no significa aguantar, pues llega a ser un acto de amor donde se aprecia que la felicidad del otro contribuye a nuestra propia felicidad. La persona, cuanto más madura es, más indulgente se muestra. ¿Tengo capacidad de desistir de lo mío en favor de lo del otro?

— Observar cómo de forma taimada se manifiesta la descalificación. Al anular o desacreditar al otro, estamos consolidando un espejo que refleja nuestra indefensión.

— Reconocer y poner en evidencia aquello que es juicioso y coherente, según nuestros compromisos con la vida y con los demás. ¿Qué significa en verdad el compromiso que adquiero con la vida? ¿Puedo conciliarlo saludablemente con el compromiso adquirido con otras personas?

Consideramos desde aquí que estas pautas deberían de atenderse en el propio sistema educativo, al entender que la conversación es un arte susceptible de ser desarrollado.

Fragmento del libro «Ser o no Ser (nuestro perpetuo dilema)» de Antonio Carranza

P.V.P.- 15 euros.

No comments yet.

Deja un comentario