Menú Superior

LA MOLESTIA

LA MOLESTIA

 La regeneración humana implica cambios y un movimiento consciente de la conducta y la realidad vital que nos sustenta. Entendemos cuatro aspectos que de continuo requieren una continua regeneración, para que no entren en procesos de decadencia y deterioro.

El primero atiende a nuestra realidad física. Sentirnos cómodos con nuestro cuerpo implica una adecuada expresión y, a la vez, atender al balance de densidad que en él incorporamos. Resistencias en la forma de movernos, debilidad que sufre el Yo personal y de continuo repercute en nuestros órganos y sistemas.

53596_N_08-09-12-22-28-16El segundo atiende a nuestro contexto mental. Observar la inclinación inconsciente al pensamiento negativo y a la reacción que instaura la psique frente a aquello que nos pone en evidencia. El pensamiento se convierte en un instrumento cardinal del «Ego» que requiere ecuanimidad y, en multitud de ocasiones, silencio.

El tercero atiende a nuestra realidad emocional. La sensiblería o bien la falta de tacto y consideración bloquea el centro de la emoción, nos debilita o bien nos entumece. Por en contrario, la rabia que nos suscita una situación adormece la conciencia y genera de continuo un malestar que nos impide sentir de forma adecuada.

El cuarto atiende a la realidad anímica, como un aspecto propio que se alimenta de continuo de nuestras sensaciones. Necesitamos pues de sensaciones gratas y positivas para que el alma fructifique y, diremos, que esto depende exclusivamente de nosotros, ya que según nos tomamos las cosas, así agitamos la sensación.

A estos cuatro aspectos humanos a atender los deteriora la molestia interior que sufrimos, muchas veces sin conciencia. Por consiguiente, podríamos decir que «ASÍ TE MOLESTAS, ASÍ ERES». Aparece una nueva constante energética que impacta de continuo en nuestra realidad física, mental, emocional y anímica. La molestia se convierte en un índice cardinal que va a poner en evidencia la fuerza o la debilidad de un individuo.

En atención a esto podremos acometer un inventario sincero, en el que nos preguntaremos:

¿Qué nos suele provocar molestia, desazón en la vida?

¿Qué tortura nuestras vísceras como una asignatura cardinal que aún no hemos trascendido?

¿Cuándo ponen los demás en evidencia a nuestro Yo menoscabado, cómo solemos reaccionar? ¿Huimos, sentimos rabia interior, juzgamos con aspereza al «pinche tirano» que está en ese momento entrenando nuestro talante?

¿Si siento que no me comprenden o aceptan, reacciono con dolor? ¿Qué espero en realidad de los demás…?

Asimismo, podemos mirarnos detenidamente ante un espejo, a ser posible desnudos, antes de preguntarnos:

¿Me siento bien conmigo mismo o me encuentro incómodo, disminuido? ¿Es veraz la imagen que muestro ante los demás?

La molestia nos hace depender ostensiblemente de lo que sucede afuera, pues implicamos una realidad emocional dañada que sufre el Yo debilitado. La persona madura no suele molestarse, ya que comprende y asume aquello que lo entrena. En consecuencia, el balance de molestia que sufrimos habla de nuestro proceso de desarrollo individual.

La gran asignatura que tenemos como individuos es regenerar el hábito de la molestia, condición con la que reaccionamos ante la vida y dejamos que nos contamine lo exterior. Saber ponernos un impermeable energético ante lo que al Yo no le agrada y ante las tonterías que pueden manifestar los demás, se convierte en un ejercicio consciente que favorece la salud en todos los campos.

La clave pues está en la atención que nos lleva a observar el parpadeo de debilidad que nos somete. ¿Estamos situados en el personaje molesto? Si es así, el monstruo externo nos abrumará y las respuestas ante él serán débiles y subordinadas. Son las situaciones de riesgo las que nos ayudan a crecer. El temple y equilibrio ante lo que vibra de forma inconveniente en el exterior nos otorga la fuerza imprescindible para nuestro desarrollo anímico. Sin embargo, el ser humano común no está dispuesto a admitir aquello que le molesta, a considerarlo como pruebas cardinales de templanza y gobierno, por lo que su «Ego» termina por dañar sus campos de energía.

El Yo torturado necesita justificar la molestia que padece ante lo que no quiere consentir. Es así como reacciona con dolor, perdiendo una energía sustancial para el camino. La templanza contribuye a la regeneración del alma, mientras que el desenfreno y el enardecimiento engendran debilidad y sumen a la personalidad en un desconcierto que nos convierte en títeres del destino.

El que aprende a no molestarse aprende a ser fuerte, sensible y verdaderamente inteligente. La reacción molesta nos desubica, pues consiente que el individuo se identifique negativamente con la anécdota no entendida y no superada. Si comprendemos que todo en la vida nos está entrenando y que aquello que nos pasa es circunstancial, en vez de reaccionar y quejarnos, adoptaremos un talante receptivo, por mucho que al «Ego» le quiera parecer una necedad insoportable.

No hay excusas para la molestia inconsciente, ya que ella, en definitiva, no soluciona y termina por dañar nuestros campos vitales. La contrariedad nos impide observar con perspectiva la realidad e impide que aprobemos asignaturas cardinales que nos proporciona la existencia para aprender.

El precepto, el rigor ajeno, suele crear molestia, puesto que el «Ego» no soporta la sacudida de aquello que interpretamos como imposición. En este sentido solemos reaccionar negativamente, sin admitir criterios u observaciones contrarias a lo que queremos oír. El Yo atascado en su propia nebulosa mental no soporta la Verdad que implica lo diferente. Observad que digo «la Verdad de lo diferente», pues si la escuchamos debidamente puede convertirse en tan oportuna como la propia. Por tanto, el gesto retorcido que suele emplear el «Ego» nos imposibilita aceptar lo que nos llega de los demás. Es así como amplificamos el dolor. En cada oportunidad que la vida nos brinda para desestructurar al Yo, para superar asignaturas tan importantes como las de la soberbia y las del auto-engaño, terminamos por reaccionar ardientemente y envolverlas con una excitación que nubla el entendimiento y acrecienta la MOLESTIA.

La molestia nos cierra todas las puertas en el camino de la auto-realización individual, y a este tipo de sentimientos negativos los sustenta una mente crítica que busca su ajustada interpretación. En consecuencia, el enfado nos impide ver con claridad las pruebas de la vida, nos hace obtusos y termina por fatigar el sentimiento.

 (Fragmento del libro «Resplandor y brisa, los diez parámetros de la conducta» de Antonio Carranza)

P.V.P.- 15 euros.

No comments yet.

Deja un comentario