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LA REVOLUCIÓN CONSCIENTE

LA REVOLUCIÓN CONSCIENTE

 Tres fueron los principios capitales que estimuló la masonería para que tuviera lugar la Revolución Francesa: LIBERTAD, IGUALDAD Y FRATERNIDAD. Esta llamada alentó un aire fresco a la Europa del siglo XVIII, facilitando una decisiva igualdad de clases, mas dio lugar a un proceso entrópico en donde la burguesía se instaló de forma contundente, no sólo en los tránsitos económicos y políticos de la sociedad sino, asimismo, en las mentes de aquellos ciudadanos dispuestos a tomar partido de la realidad política de su tiempo.

La cuestión es que esos buenos principios, si bien aún se encuentran inscritos en los postulados masónicos, y en el espíritu constitucional de los pueblos modernos, ni han dejado la huella adecuada en el sentimiento popular, ni podríamos decir que se divulgan o irradian entre aquellos individuos destinados a coger el timón cultural de la sociedad en la que vivimos. Aquí cuando hablamos de cultura hablamos de educación, como simiente que emerge de continuo en la forma de comportarse de las personas y de los pueblos.

Es más, podríamos decir que estos postulados se tambalean, que la bandera de la Revolución hace tiempo quedó destrozada en manos de una imagen libertaria gastada y marchita. ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué, lejos de avanzar, tenemos la sensación de que estamos estancados y, en ciertos aspectos, retrocedemos?

Pues yo diría que el ser humano sucumbe a un factor entrópico de tabla rasa cultural, de mediocridad y menoscabo de las verdaderas aspiraciones anímicas debido al rancio poder que el «Ego» sigue estableciendo en su psique. La ablución burguesa en la que nos bañamos todos los días ha impregnado la mente de una mucosa vanidosa que, de tan manida, no se aprecia. Es el atavío que usa el personaje para ofrecer su imagen al mundo, las disipadas ideas destinadas a levantar un andamiaje que sirva de soporte al Yo-caricatura, al Yo-estampa que sin contemplaciones coloreamos, protegemos y proyectamos en los demás.

libertad-igualdad-fraternidadLIBERTAD.- La persona por lo común no puede ser libre. Y no lo es porque incorpora a su talante y a su forma de pensar multitud de ideas aprendidas que, lejos de ayudarlo a redimirse del mundanal barullo, lo sumen en él. Atascado en creencias que condicionan su autonomía mental y delimitan su emotividad, atorado en el egoísmo y en el amor propio, la fuerza personal no puede establecerse en su ánimo. Para conquistar la categoría de «individuo» (indiviso, no dividido) se requiere de una oportuna independencia que ponga en evidencia la penuria en donde el sujeto acostumbra a subsistir. Asimismo, se hace imprescindible tomar conciencia del catálogo de poses y clichés aprendidos que, lejos de ayudarlo a emanciparse de su «Ego», lo ratifican. La cuestión es que la persona común no se da cuenta de la engañifa; es más: se apoyará en conceptos triviales que tan sólo van a favor de su comodidad y de la forma en la que pueda consolidar al actor que interpreta un rol aprendido de forma automática.

Si la pose ya se convierte en solidaria, en la mayoría de casos se abandona a una marejada romántica y soñadora, mientras queda cautivado por ese «Ego» que usa pensamientos morales, de poco calado anímico, ideas espirituosas que no terminan por hacerse eficaces, ya que tan sólo servirán para consolidar la máscara. Y es así como, sin conciencia, se entretendrá en el camino.

Él, a diferencia del sabio filósofo, creerá que está al tanto, que conoce lo que es útil para su evolución, y creerá que sus aportaciones dialécticas pueden sazonar su mundo, sin que llegue a comprender que sin la cualidad fundamental de la humildad, es minúsculo su saber y poco intuye de los trazos de un sendero verdaderamente iniciático. Su prioridad no será Ser en el Ser; por el contrario, se centrará en aquellas monturas que validen a su Yo, creyendo que avanza cuando en verdad se estanca en el lodazal de su amor propio.

La libertad se conquista por asalto. Requiere una previa confirmación en la propia individualidad, que la ceniza caiga sobre la cabeza como testimonio de la calcinación que se ha producido en la mente. Las ideas necesitan de un tueste a fuego vivo, para sólo saber que lo imprescindible es Ser, y que para experimentar este estado se debe no sólo hacer pasiva la personalidad, sino destruir los soportes del Yo-consideración que durante milenios nos hemos empeñado en salvaguardar. Una verdadera enseñanza del espíritu es en «muerte», tal y como se entendía en las antiguas Escuelas de Misterios egipcias, cuando le susurraban al iniciado, tras superar las pruebas de los cuatro elementos, la siguiente frase: «Recuerda que a partir de ahora estás muerto; compórtate como tal». ¿Qué significa este recordatorio?

La única libertad posible para el ser humano consiste en desgarrar las vestiduras del personaje que durante milenios nos hemos acostumbrado a interpretar. Así no necesitaremos tanto proclamar nuestro Yo ante los demás, ni echar mano de aprendidas poses intelectuales. Dejaremos, en definitiva, de depender emotivamente; y dejaremos de reclamar consideración y la dosis de estima que, a la postre, se convierten en grilletes psicológicos de difícil supresión. ¿Observas cómo te visten tus creencias y aquellas ideas que sirven de andamiaje a tu Yo? ¿Tomas conciencia de cómo este hábito no sólo te lleva a no ser permeable con las ideas de los demás, sino que recurrentemente somete tu identidad y niebla una auténtica presencia individual?

La falsa identidad esclaviza al individuo. ¿En qué consiste la falsa identidad? Sólo desde la atención serena y consciente se puede vislumbrar. La sed de vida segrega en la persona una inquietud que lo lleva a todo tipo de formulismos y clichés intelectuales destinados a consolidar al Yo. Cuanto más apariencia, más se instala la sensación de existir y perpetuarse, por lo que sin darnos cuenta nos alejaremos de lo que es esencial en nosotros y, en consecuencia, decaeremos en la artificialidad de un Yo engañoso. Esto sin duda es esclavitud, la soterrada esclavitud que representa el personaje en todo lo que piensa y hace. Diríamos que la sensación de adquirir una identidad, por muy postiza que sea, mitiga nuestra zozobra existencial, lo que hará que el sujeto se identifique con multitud de fetiches mentales.

La gran libertad requiere de los tránsitos de la muerte. Sólo es libre aquél que aprende a demoler sus sombras psicológicas.  El mito griego que anuncia el nacimiento de la diosa Atenea revela la resurrección psicológica que ha de suceder tras concretos trances de la mente. Así, cuando a Zeus, el padre de todos los dioses, lo aqueja un fuerte dolor de cabeza, solicita a Hefesto, el dios de la fragua destinado a templar nuestro fuego interior, que le de un hachazo en la cabeza para mitigar el mal. Será mediante este impacto cómo Atenea —diosa de la Sabiduría— podrá brotar de su cabeza. Nos parece asimismo interesante advertir cómo en el mito de Eros y Psique, un fuerte dolor de cabeza que enajena la mente de la bella será precursor del trance que la arroje al abismo, para que al fin el alma humana (Psique) pueda ser bendecida por el amor de su esposo Eros. (Ver nuestro anterior tratado «El Puente de las Luces» sentido oculto de la mitología griega)»

En consecuencia, es en muerte cómo se alcanza la verdadera liberación, y es en muerte cuando el alma padece sus distintas noches oscuras, que se convertirán en trances primordiales que nos puedan llevar al accésit o la experiencia numinosa del Ser. Si la persona pretende liberar a su Yo a través de conquistas mundanas, doctrinas filosóficas o ideologías con las que consolidar la creencia y la pose, usará elementos placebos que mitiguen su angustia existencial, mas no se acercará al trance que el espíritu requiere para vigorizarse en la identidad individual.

«Mira que te vas a morir;

mira que no sabes cuando;

mira que te mira Dios;

mira que te está mirando».

IGUALDAD.- La igualdad no puede suceder en un mundo dispar, en el que la diversidad se convierte en el caldo de cultivo imprescindible para que cada cual conquiste su propia individualidad y razón de ser. Cuando al ser humano le preocupa conquistar aquello que otros logran, vindicar y alzar rótulos de todo tipo que pongan de relieve su condición, podríamos decir que aún no es por sí mismo.

         Se supone que el reclamo masónico viene de la mano de una igualdad de clases, llamada principal de la revolución de aquellos que se encuentran sometidos. No obstante, si nos damos cuenta, mientras el «Ego» continúe doblegando la voluntad de los seres humanos, siempre habrá ricos y pobres, patronos y vasallos, libertos y esclavos, por mucho que el barniz social cambie.

         La burguesía se ha convertido en una forma de vasallaje en la que prima la conquista mercantil y el incautarse de bienes mundanos que consoliden al Yo. La burguesía tan sólo hace que la seducción hacia la materia sea compartida por más gente, que haya más abalorios que desear y, por ende, que la angustia existencial invada de lleno a un ciudadano tipo «encantado» en la nube de la ilusión, que antes disfrutaban las clases eminentes y ahora la entropía social convierte en patrimonio de los muchos. La cuestión es que en esta parábola social, muchos son los que se pasan la vida ensoñando para conquistar, comparándose con los demás para salir ganando o bien perdiendo, alimentando ese Yo-ideal que oscila como arbotante en sus mentes.

Nos comparamos pretendiendo igualarnos, sin darnos cuenta que somos seres singulares y, en esa singularidad, estriba la madurez de todo individuo. Es por ello que cuando una persona siente que otra le hace sombra, surgen dos tendencias opuestas: la envidia que la lleve a desear o bien chiflarse por aquello que no le corresponde ni entiende que no le ha de pertenecer, o bien la admiración, que puede partir del respeto y se convierte en aliciente útil para medrar en el camino. Por ello, el ejemplo de los demás siempre ha sido el fundamento principal de la educación.

El reclamo de igualdad ha contribuido ostensiblemente a que el ciudadano tipo deje de admirar y no le estimule aprender de aquellos que saben o bien enseñan, lo que convierte al sujeto en egocéntrico. Podríamos decir que el «Ego» diseña en la psique la ilusión de que como todos somos iguales, todos podemos alcanzar derechos y categorías fácilmente, sin que el tránsito de los deberes y la humildad imprescindible para el que se cultiva, puedan en verdad fermentar en estos tiempos decadentes.

Así la igualdad termina por convertirse en acicate del orgullo y la soberbia. El ser humano común buscará sus señas de identidad en la masa, en las modas, pretendiendo asemejarse, que es una forma adolescente de reclamar cariño y aceptación. Podríamos decir que la sed de pertenencia grupal se acentúa, y los distingos se convertirán en señuelos de la vanidad, como incentivos con los que seducir y fascinar.

Lo grave del asunto, es que por lo común se pierde en sentido de la jerarquía, una ley primordial de la vida que desde la auto-consideración pretenderemos erradicar. Así, se pierde el respeto a la experiencia, a la senectud, al saber. Los chicos son educados para anteponerse los unos a los otros, para competir y, a la vez, para no considerar de forma adecuada a sus padres o a sus profesores. ¿Veneración…? Será una palabra obsoleta y de escaso valor cultural. ¿Obediencia…? Se convertirá en un concepto rancio de imposible aceptación. Nos amaremos tanto a nosotros mismos, que no podremos honrar o bien reverenciar lo que nos llega de los demás.

Lo significativo del caso es que el marco de los fetiches que inventamos, si por un lado están destinados para hacer tabla rasa cultural y social donde el ciudadano termine aborregado, será sin que se pierda del todo la sensación de que él medra y quiere ser diferente… ¿diferente a qué? No importa… diferente, aunque la contradicción sea evidente.

Ningún árbol es igual a otro, ninguna flor es igual a otra. La particularidad es lo que confiere a la naturaleza su brillo y esplendor. En relación a los seres humanos, diríamos que es en la diversidad donde se ha de encontrar la unidad, mas la naturaleza no da saltos, por lo que cada cual, si madura, deberá de encontrar su particular forma de ser y constituirse como individuo. Todo maestro adquiere su particular carisma, y el desarrollo evolutivo consiste precisamente en eso: aprender a utilizar de afuera lo que nos es conveniente, mas constituyendo una estable personalidad y un propio empaque individual.

El respeto en la diferencia es lo que favorece una decisiva evolución espiritual. Cuando pretendemos que los demás sean como nosotros o bien piensen como nosotros, estamos obcecadamente permitiendo al «Ego» que use la estafa de una igualdad advenediza. El sujeto que es débil la reclamará de continuo, porque no se podrá permitir ser por él mismo y, en definitiva, tolerar y considerar de forma saludable las diferencias de los demás.

El inconsciente no asume su realidad; se compara de continuo y busca aquello que lo estimula de los demás. Sin embargo, por mucho que pretenda la conquista, nunca podrá establecerse en igualdad, ya que tras las apariencias, siempre subsisten peculiaridades personales y anímicas que deberíamos de atender para llegar a Ser.

FRATERNIDAD.- Esta palabra procede del concepto de hermandad, común en las antiguas sociedades masónicas, cuando se entendía que si alguien que pertenecía a la comunidad requería la asistencia de un compañero, éste debía de estar disponible. La disponibilidad se convierte en un aspecto cardinal del camino iniciático.

         En nuestra Escuela la disponibilidad, que es capacidad de servicio y que parte del entendimiento de que ayudar a los demás de forma adecuada está ligado al favor que nos debemos a nosotros mismos, se entiende como un factor clave para el desarrollo de la conciencia.

         Trascender las condiciones egocéntricas es indispensable. El bien común sucede desde la comprensión de que todos formamos parte de un mismo tallo, hijos de una misma madre, hermanos de una savia natural que es del espíritu y no de la mente. En consecuencia, los llamados en el medievo «Hijos de la Viuda» eran hermanos de una comunidad iniciática que se ayudaban entre sí, y entendían a la viuda del constructor del tempo judío, Hiram Abif, como la madre espiritual de la fraternidad a la que pertenecían. Esta llamada pues era atendida como un reclamo prioritario e impostergable.

         La revolución de la conciencia implica no sólo compartir, sino también sentir que la satisfacción de los otros es tu propia satisfacción. Esto se aplica de forma clara en la familia, que compartirán según el talante solidario en el que hayan sido educados sus miembros. Y esto sucede entre las parejas, cuando el amor que se deben les permite anhelar la salud y el placer del otro antes que el propio.

Como ustedes comprenderán, la sociedad actual se encuentra muy alejada de convertir este factor clave de la conciencia en efectivo. El egoísmo es un veneno aciago que contamina de lleno la psique humana, como será causa de todos los altercados que hacen que nuestra humanidad aún continúe transitando por una fase adolescente.

La Ley de la sinergia, que contempla el favor de permanecer unidos para conquistar bienes comunes, en nuestros tiempos se hace imposible. Es por tanto una labor educativa que requiere ejemplo y dedicación. En el dilema que en muchas ocasiones se estable en la forma de pensar y conducirse de las personas, se aplica la fraternidad cuando las situaciones se aprecian como oportunidades de caminar juntos y construir. Si se entiende que la construcción individual no debe de estar reñida con la construcción colectiva, se podrá ceder y a la vez conceder.

Una nueva Revolución se avecina, aunque con matices diferentes a aquella francesa del siglo XVIII: la Revolución de la Conciencia que ha de ser primero particular, para luego terminar por empapar a la sociedad que nos corresponde vivir. La verdadera Revolución es una cuestión de educación. Estamos aún lejos de ello, pero no cejemos en el intento, elijamos como prioridad principal cultivar la luz que hay en nuestro interior, el resplandor que puede otorgarnos una fidedigna Libertad.

(Fragmentos del III capítulo de libro «Resplandor y brisa, los parámetros de la conducta» de Antonio Carranza)

P.V.P.- 15 euros.

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