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LA SED DE CONQUISTA

LA SED DE CONQUISTA

 El primer pálpito emotivo surte del ideal. El ideal de completar una media naranja rota y desgarrada tras tantos años de ansiedad en el que el ser humano siente la vida defectuosa. Defectuosa y carente, porque en el subconsciente hemos aclimatado una sensación de penuria que nos lleva a codiciar algo que nos pueda completar y proporcionarnos un mínimo de sosiego.

El hombre burdo busca ese sosiego en las formas: la satisfacción de un logro mundano que compense su apuro emotivo, el anclaje a la belleza que él puede tomar como sublime, sin tener conciencia de que forma asimismo parte del ensueño. Este bucle formal va desde los señuelos que usa la quimera social para seducirnos, hasta los muy variopintos perfiles del arte. Sin embargo, la maniobra más instintiva de la que se vale el subconsciente es el encanto y la atracción que nos suscita el sexo complementario. ¡Atributos…! Variables que acicala la naturaleza y suscita el embeleso, como herencia animal imprescindible para la supervivencia de la especie.

Nos pasamos la vida encantados o inclinados a todas las formas de encantamiento posibles, sin tener conciencia de la envoltura fantástica que recubre cualquier fascinación. Desde el punto de vista sexual, la atracción parte del contorno, de la serie de peculiaridades y distintivos que en el inconsciente provocan una llamada de atención. Es el deseo el que prima, como condición arcaica que estimula los sentidos y despierta el mecanismo de la conquista…; y si no es así, diremos que la parvedad del apetito y la necesidad frustrada.

¡Está ahí…! En el subconsciente profundo que buscará todo tipo de compensaciones que aminoren de alguna manera la ansiedad. Es como si el ser humano hubiera desarrollado, sin saberlo, un mecanismo de auto-defensa con el que volcar a la sociedad su hambre de estímulos y descargar de alguna manera su penuria materno-sexual. Carencia materna que heredamos desde la infancia, desde los primarios estímulos bucales. Carencia sexual que arrastramos desde la adolescencia, desde el estímulo que nos provoca el sexo complementario.

La sed de conquista se convierte así en una rémora antigua de difícil redención. No obstante, existe una vía —aunque estrecha— en la que podríamos encontrar un ápice de luz. Y sucede cuando la provocación del estímulo sensorial es educada, sustituyendo el simple deseo por una emoción sublime que puede convertirse en el umbral de la liberación.

Queremos decir que el arco de la emoción se convierte en el viaje cardinal que puede redimir la pobre condición humana:

Es un viaje que va desde el deseo insatisfecho a la vacilación de una angustia vital que en nuestra existencia no deja de atormentar la psique. Pasa a la ansiedad por conquistar y alcanzar los muy variados incentivos que han de servir de placebos para el Yo sensorial, y no importa tanto la anécdota o el fin, pues lo que realmente recolecta el alma humana es el cúmulo de emociones que hayamos implicado en la empresa y la sensación de logro obtenido. En consecuencia, en el proceso será tan útil el placer que un niño experimenta cuando encaja la última pieza de su puzle, que aquél del adulto en el momento en que da la última pincelada a su cuadro. La suma de placeres sensuales acomoda en el subconsciente los distintos valores anímicos que han de servir para nuestra maduración.

VIAJE ESTADOS DE ÁNIMOEn consecuencia, no maduramos en relación a la anécdota o logro adquirido, sino más bien según el timbre emotivo que la experiencia haya podido articular en nuestra alma. Así una persona puede haber obtenido muy variados provechos materiales o, incluso, conquistas y placeres sensuales, mas si no ha aprendido a destilar esa emotividad como poso útil en su interior, el resultado se quedará prendido en una periferia aparente que lo social podrá aplaudir, más lo anímico no podrá identificar como verdaderamente efectivo.

Es por esto que nos podremos pasar la vida atesorando querencias que mitiguen en cierta medida nuestra zozobra, sin tener en cuenta que el «querer» nos crea una dependencia emocional anclada en la carestía y en la vieja angustia vital. El salto de calidad emocional hacia el AMOR requiere maestría. No se puede amar si previamente el individuo no ha cultivado sus estados de ánimo, a través de la actitud y el desarrollo de la asunción. La mayor parte de personas no están educadas en la asunción, esto es: aceptar sin condiciones la realidad de los demás, por lo que, sin conciencia, demoran su viaje en la «querencia emotiva», en la necesidad de placebos que amortigüen el dolor, rellenando sus huecos insatisfechos con fetiches y conquistas que suceden en la periferia de un Yo huérfano, desprovisto de una verdadera individualidad.

En la mayor parte de relaciones de pareja, el estímulo sensorial queda suspenso en la inclinación pasional, en el hábito que subyuga en la medida en que aplaca síntomas de angustia y ansiedad. Desde ahí se establece con fuerza una dependencia afectiva que puede promover el deseo y la misma insatisfacción, mas no llega a convertirse en amor. El amor se cuece en la pulsión anímica, desde la atención consciente donde las almas experimentan un estado de sublimación y simbiosis capaz de liberar los síntomas turbios de un Yo menesteroso.

El amor calma la sed de conquista y establece en el alma un sedimento de concordia que puede poco a poco exaltarla y sublimarla. En esto consiste el denominado «tantra» sexual, como vía de liberación espiritual a través del trance del amor; y en esto consiste la alquimia emocional, como aquella industria de mudanzas conscientes que usa el maestro para hacer efectivo su viaje.

 (Fragmento del libro «Senda de Sabiduría» 3ª edición) de Antonio Carranza

P.V.P.- 15 euros.

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