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PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL CAMINO

PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL CAMINO

Desde el punto de vista de la masonería, los cuatro fundamentos del camino tienen que ver con el hacer, con el osar, con el callar y con el atender.

Como vimos anteriormente, el «hacer» guarda relación con el desarrollo de los dos primeros chakras, ya que a través de los logros que conquistamos podremos favorecer la construcción del Yo. Por eso las personas deprimidas o que tienen baja autoestima necesitan fundamentalmente acercarse a terapias de manipulación,  de expresión creativa. El «hacer», el tomar decisiones, desarrollar inquietudes no sólo es útil a los sentidos, sino que terminará por serlo a nuestra alma humana. Hay  acciones útiles para el Yo y otras que tenderán a fortalecer el alma humana. El Yorequiere en un principio representarse a sí mismo en lo que hace, dosis de vanidad, la sensación de haber podido y construido. Al alma humana, por el contrario, le será adecuado el compartir sanamente emociones, la sensación de cooperación y entrega donde el Yo aprende a sentirse ubicado de una forma más integral y participativa.

El «osar» se relaciona con el tercer chakra. Osar significa atreverse, y el que no se atreve no vence sus miedos y sus inhibiciones personales. El chakra manipura nos invita a adoptar la fuerza interior, como una resultante fundamental en el desarrollo de la personalidad humana. El ser humano «es» en la medida en que «se atreve a ser», a realizar sus proyectos, a afrontar situaciones de riesgo que le ayuden a realizarse como individuo.

Aprender a «callar», a hacer más pasiva la personalidad y el ansia por representarnos a nosotros mismos en lo que expresamos con la palabra, sólo puede suceder cuando un individuo ha alcanzado una cierta madurez emocional. La cualidad fundamental del corazón es la dignidad. El chakra Anahata relacionado con el corazón nos permite ser por nosotros mismos, ser verdaderos individuos, porque en la medida en que se obtiene la fuerza interior —que no es orgullo, ni soberbia—, el ser humano deja de necesitar consideración y estima de aquellos que lo rodean. La mayor parte de nuestras expresiones busca, aun inconscientemente, esa consideración. La verdadera capacidad de amar no podrá suceder sin estas dosis de fuerza personal.

La atención se convierte en el siguiente aspecto imprescindible para el desarrollo del alma humana. El proceso estímulo-modelo-respuesta debe de sufrir aquí un cambio sustancial, cuando el iniciado se permite activar su conciencia entre las impresiones que llegan del exterior y la mente. «Atender» es la base fundamental de todos los principios conscientes que han de favorecer el tránsito hacia la maestría, ya que la comprensión y la conciencia, como aspectos fundamentales del camino iniciático, no pueden suceder si no aprendemos a prestar una atención debida a aquello que nos condiciona.

Como vemos, el cuerpo humano es un arquetipo divino organizado cabalmente para que en él se puedan dar los principios naturales de la evolución. Él va a representar los diferentes trances del camino, mas será en su núcleo, en el sol central del corazón, donde el iniciado comience a construir su templo interior. La capacidad de respeto y compasión suceden como una derivada oportuna de la ubicación personal, cualidad fundamental de este chakra. En efecto, ya que el proceso del amor sólo puede establecerse en nuestro corazón cuando alcanzamos la dignidad personal.

El denominado «Niño Sol» por los alquimistas medievales es un principio crístico que emana del chakra anahata (corazón), como la primera luz de ese «sagrario» espiritual que todos llevamos en nuestro interior. Construir el templo se convierte para los freemasons (el gremio de albañiles libres nacido tras el Renacimiento) en el objetivo primordial del hombre espiritual. Así el templo exterior que ellos edifican irá destinado a representar el templo interno que cada uno debe construir en su corazón. Ellos, como los templarios y cátaros, entienden la evolución del alma humana como un proceso de desarrollo de la conciencia, un tránsito de las referencias externas que atrapan al hombre hacia las internas que lo liberan y clarifican.

En este sentido, el término «templo» guarda las mismas raíces etimológicas con las palabras «tiempo» y «temple» (templanza). Construir nuestro templo interior significará liberarnos de la rueda de lo temporal y caduco, trascender la inercia de la vida e instalar la emoción en una serenidad neutra, en una «templanza» que nos permita experimentar la paz del espíritu. Ellos van a utilizar una serie de símbolos que representen este fundamental proceso:

La regla.- destinada a unir. Representará el «trazo consciente» que el iniciado debe establecer entre sus intenciones y objetivos.     conducta-masonica

La palanca.- destinada a levantar. Representará el esfuerzo y la constancia, como virtudes principales para alcanzar los logros del espíritu.

El mazo.- destinado a consolidar. Él se convertirá en la pieza que represente el tesón y la voluntad consciente.

El compás.-  destinado a cerrar el círculo de la vida. Esta herramienta será la clave última de la masonería, ya que simbolizará el cierre de los ciclos de la vida y el encuentro con nuestra esencia primordial.

Si estos son los elementos principales, representados infinidad de veces en las catedrales masónicas, el sentido fundamental de la construcción del templo es el de rehacerse a sí mismo. La piedra filosofal será representada por un hexaedro perfecto y pulido, como culminación del trabajo de depuración y síntesis que todo iniciado emprende en el camino. Así pues, la masonería es fundamentalmente alquimista, ya que en sus símbolos señala el proceso de destilación y depuración anímica que permitirá que el espíritu triunfe sobre la materia.

Hiram Abiff sería el constructor del templo, el arquitecto que Salomón elige y que con posterioridad es traicionado y asesinado por tres de sus envidiosos ayudantes. Esta traición es considerada para los judíos como la influencia del mal en el alma humana. La masonería entenderá asimismo que todos nosotros somos Hiram Abiff, iniciados en el camino de la vida que tendrán que aprender a construir su templo interior. Es por ello que a los iniciados masónicos se les denominara «hijos de la viuda», ya que el arquitecto Hiram era hijo de una viuda en la misma ciudad de Jerusalén. No obstante, todos tendremos que padecer la traición de las tres influencias nefastas destinadas a desestabilizar la obra, representados vivamente en multitud de tradiciones espirituales:

Los tres traidores de Harim Abiff:

Sebal                   Orteluk                         Stokin

Tres enemigos indeseables fueron los que traicionaron a Moisés:

Core                    Dathan                         Abiram

Asimismo el patriarca Job se tuvo que encontrar con sus tres enemigos de la noche:

Eliphas                Bildad                           Zophar

Entre los egipcios tres demonios desestabilizarán el reino de Osiris:

El demonio del deseo (Apophis) El demonio de la mente (Hai)  El demonio de la mala voluntad (Nebt)

Los antiguos griegos los representarán en sus tres furias:

Alecto                           Mégera                         Tisífona

Para los budistas serán tres venenos que contaminarán al alma humana:

El veneno del apego     El veneno de la ignorancia     El veneno del desamor

            Según la antigua tradición mazdeista, que fundara Zoroastro, serán los servidores de Ahrimán, la sombra:

Asoqar                Frasoqar                       Zaroqar

En las antiguas tradiciones aztecas nos vienen señalados por:

Ihuimicatl           Toltecatl                       Tezcatlipoca

También las leyendas nórdicas nos hablan de los tres traidores de Odín:

Juvelon               Juvelaz                         Juveloz

Los tres traidores de Jesús de Nazaret representarán a su vez el demonio del deseo (Judas), el demonio de la mente (Pilatos) y el demonio de la mala voluntad (Caifás).

Al final Salomón, basándose en las medidas que su padre David recibiera mediante la inspiración, reconstruye el gran templo en Jerusalén, como obra culminante que la voluntad divina llegara a cristalizar en el mismo pueblo de Israel. El pueblo judío pues se convertirá todo él en un arquetipo representativo de la obra espiritual que el iniciado debe emprender aquí en la tierra. Tendrá asimismo que liberarse de la esclavitud de lo mundano y grosero, representado en el proceso de decadencia que vivía el pueblo egipcio, cuando mantenía en esclavitud la voluntad judía. Tendrá que verse sometido por la inercia que lo lleva a venerar al dios asirio Mammon, en el pasaje en que el envidioso Datán lleva al pueblo a adorar al becerro de oro, mientras Moisés ora en el monte Sinaí para recibir las Tablas de la Ley.

El dios asirio Mammon representará para toda una era de decadencia el culto al placer desorbitado y ansioso y, a su vez, el afán por los bienes materiales. Como consecuencia de esta debilidad inconsciente, el arquetipo se llega a declarar en todo un pueblo que habrá de pasar los duros trances del denominado «desierto de los sabios», aquel que todo iniciado debe atravesar para encontrar la «Tierra Prometida».

El pueblo de Israel tendrá que aprender a consolidar su hegemonía espiritual en la Tierra Prometida. Por ello necesitará previamente fundar la ciudad de Jerusalén, viva representación del poder de la paz y el amor en el corazón del hombre. El templo pues estará destinado a consolidad la luz divina en el alma humana, proceso de las tres fuerzas de la creación que guardan relación con el mismo nombre «IS-RA-EL».

IS.- Principio de la luz femenina, representada por los egipcios en la diosa Isis, como fuerza naturalizante de vida.

RA.- Principio del poder y la fuerza masculina encarnada por el dios egipcio RA. Este será el dios solar que surcará los cielos con su barca para servir de puente y esperanza al alma humana.

EL.- Como aquella fuerza capaz de conciliar, principio espiritual de casación y síntesis. No en vano el nombre de Elías significa «soy el que soy», ya que su origen etimológico deriva de Eliy Yah, o el poder del Verbo que crea.

                               (Extracto del libro «Ser o no ser» nuestro perpetuo dilema de Antonio Carranza)

P.V.P.- 15 euros. 

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