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¿QUÉ OCULTA EL VELO FEMENINO?

¿QUÉ OCULTA EL VELO FEMENINO?

LA DIOSA DE LA ABUNDANCIAMe encuentro como instructor con algunas mujeres que, por el simple hecho de ser hombre, reaccionan como alumnas y no consienten ser enseñadas. En ellas prevalece la generación por encima de lo individual. La conformación de su identidad parte de una espesa carencia, que es impelida culturalmente y ha condicionado la forma de ser de sus madres y abuelas. Algunas lo reconocen; otras no pueden.
Por otro lado la energía Yang (masculina), cuando se aviva en afirmación y rigor, si es impulsada con contundencia, suele incomodar a aquellas personas que la vinculan a una rotundidad paternalista y manipuladora. Recuerdo cuando fui invitado hace años a participar en un congreso sobre chamanismo en México, el día en que un señor interrumpió mi intervención afectado por la forma contundente con la que exponía el necesario RIGOR y la RECIEDUMBRE con la que el Mago Interior (como parte autónoma de nuestro Ser) debía pronunciarse. Luego reconoció, con las lágrimas anegando sus ojos, que mi energía le evocaba el temperamento díscolo de su padre, y que una zona débil de él mismo le había impulsado a reaccionar a la contra.
Este ejemplo da a entender cómo muchas personas reaccionan con afectación ante el rigor, que lo suelen relacionar con la severidad y la áspera tiesura que puede manejar las mentes impresionables, o bien someterlas a voluntad. Así, en aras del amor, la ternura y el respeto, rechazan cualquier conato solvente, mas a su vez sucumben en la paradoja de pretender por medios tibios la afirmación que les falta.
El cariz feminista, como lo es el machista, establece disputas de género en cualquier relación con el sexo complementario. El conflicto subyace en una zona imprecisa del inconsciente y del subconsciente, por lo que la persona no se dará cuenta de cómo su Yo permanece a la defensiva, y su alma castigada por clichés aprendidos a través de los cuales se puede sentir fácilmente intimidada, movida por la urgente necesidad de auto-afirmarse frente al otro. Esto hará que en la energía que vibra en el sexo complementario no llegue a encontrar conciliación y descanso.
Me parece verdaderamente singular la contradicción que muchas mujeres experimentan en estos tiempos de desconcierto. Por un lado deciden no llamarse «feministas», pues conceptualmente buscan un poso de igualdad y respeto en la comunión de los sexos. Sin embargo, por otro lado, cuando se relacionan habitualmente con un hombre que declara abiertamente sus convicciones, sienten que una parte de ellas mismas se siente apocada, y es así cómo la libre expresión del hombre puede llegar a convertirse en amenaza. Por supuesto, parecido pasmo sufre el hombre común, aunque en una dirección diferente.
La Ley del péndulo las lleva a afianzar manidos postulados en los que buscan alentar de continuo a su Yo:
Consideremos algunos:
1.- Las mujeres han sido engañadas y se les ha lavado el cerebro para que asuman su papel de esposa y madre como única meta; como consecuencia el ser «ama de casa» las deprecia y anula.
2.- Es imprescindible establecer una revolución social, una reforma de la imagen femenina, para que toda mujer no se sienta sojuzgada y manipulada.
3.- La cultura existente no permite a la mujer sentirse un ser humano pleno, por lo que ella debe luchar para afirmarse y combatir la autoridad del hombre.
4.- La mujer debe enfrentarse a los prejuicios machistas o bien religiosos, ya que ellos usan técnicas manipuladoras que hacen que ella no se sienta plena y liberada.
5.- Es imprescindible que la mujer alcance cuanto antes las posiciones de poder que el hombre ha disfrutados durante milenios.
6.- El matrimonio no debe ser una vocación. Ser esposa y madre puede convertirse en un papel que denigre la libertad femenina.
7.- La madre trabajadora debe luchar por la igualdad, allá donde ejerza; y asimismo hacer que el hombre cumpla con el 50% de los cometidos respecto a los hijos, sean de la índole que sean.
8.- El aborto es un legítimo derecho femenino en donde el hombre adquiere un papel irrelevante.
9.- El lesbianismo es una opción sexual válida y aceptable que no tiene por qué implicar traumas ni condiciones psicológicas para la familia.
10.- El hombre es un competidor, un adversario a vencer, pues ha sido causa del sometimiento y de la falta de libertad de la mujer. Detrás de todo hombre hay un peligro sutil: una tendencia a subyugar y avasallar. Por ello la mujer de nuestro tiempo tiene que permanecer alerta ante cualquier conato de abuso.
Muchas son las mujeres que sostienen en sus relaciones sociales y de pareja estos axiomas, criterios recurrentes que les impedirán alcanzar una legítima individualidad. Es el individuo el que puede conciliarse con otro individuo diferente, en la medida en que ES por sí mismo y no necesita ningún tipo de proyección. Cuando una mujer ve reflejada su imagen en el espejo de un hombre, no sólo consiente en que el conflicto merme su luz femenina, sino que usa las arcaicas posiciones de competencia y revancha para su propia afirmación; y esto no es dignidad, sino otro tipo de vasallaje más sutil que alienta las sociedad de nuestro tiempo, precursora de una igualdad decadente.
Obviamente, la mujer que se escuda en estos principios no puede advertir el talante reivindicador y combativo que fuerza su personalidad a la lucha y a la prioridad (exclusiva y excluyente) de su auto-consideración. El estado egocéntrico del ser humano desde tiempos inmemoriales ha devastado profundamente al alma y, asimismo, a la calidad de la luz familiar. Hoy en día, si bien la mujer suele mantener la prioridad inclusiva de los hijos en su proyecto individual, no así lo hace con la pareja, por lo que pondrá de relieve sus propios pretextos para sentirse realizada, muchas veces en detrimento de la conciliación y los acuerdos paritarios que definen el equilibrio en toda la relación.
Fisiológicamente el cerebro de una mujer es bien diferente al cerebro de un hombre, ya que suele suceder que unos desarrollen con mayor vigor el hemisferio derecho (Yin) y otros el izquierdo (Yang). En este sentido, la capacidad sensible y analítica en ambos puede ser distinta, si bien conciliable. Por otro lado, el hecho de que una mujer esté desde niña capacitada para dar a luz y ser madre establecerá (aún inconscientemente) toda una serie de improntas que invertirá en su forma de ser y conducirse.
Desde mi punto de vista, favorecer en la sociedad una INTELIGENCIA CONSCIENTE es una labor educativa susceptible de renunciar a los viejos paradigmas feministas y machistas. Este tipo de educación antepone la luz de la sensatez a las consideraciones de género, cuestión que muchas personas no saben cómo abordar. Así la fuerza, sensibilidad e inteligencia, como aspectos cardinales de la personalidad humana, pueden llegar a construirse de forma individual, y no por oposición. Por consiguiente, los aspectos que degeneran la personalidad serían los siguientes:
FUERZA — lucha por el poder y la razón / hegemonía del Yo representación frente a la representación del otro / pendencias y rivalidades subliminales.
SENSIBLIDAD — acomodo inquietante de la sensiblería, desborde impresionable en el trato / tendencia excesiva de coloquios y discursos donde los afectos y necesidades emotivas se ponen de relieve / predisposición inconsciente a usar a los hijos como cataplasma de la propia identidad / penuria que pone de relieve la insensibilidad y falta de tacto del cónyuge, como una forma taimada de vindicación personal.
INTELIGENCIA — deterioro de la coherencia y concreción mental / discurso errático y polivalente / menoscabo de la sensatez en beneficio de la propia consideración.
Una sociedad —como le sucederá a cualquier familia— diríamos que puede alcanzar un notable bienestar cuando es capaz de trascender la competencia de género, desde la dignidad conquistada y el apoyo que sus miembros patrocinan entre ellos. En el momento en que una persona es débil, busca autoafirmarse frente al otro, posicionando su Yo-identidad ante un espejo que la subordinará al rol y a las competencias. El verdadero individuo aprende a romper el espejo, síntoma de libertad y autosuficiencia. Y es así cómo se descubre el gran privilegio de dar más y mejor, de ocuparse de la realidad ajena, fundamento cardinal de eso que llamamos amor.
El intervalo en el que una persona está más por ser ella misma ante los demás, cuando su prioridad se centra en que no la desprestigien o menoscaben, buscando afirmar su propia imagen, su prestigio, podríamos decir que es egocéntrico. Esta es una fase legítima en el desarrollo de cualquier identidad, si bien podrá conllevar frecuentes conflictos y, en ocasiones, contradicciones personales.
La feminidad sucumbe cuando una mujer no se atiende a sí misma desde su idiosincrasia profunda; al igual que pasa con la masculinidad en el hombre. La naturaleza profunda de la que hablamos excluye el rol y la imagen a proteger, pues es una cualidad anímica que ha de florecer desde el subconsciente. En este sentido podríamos decir que la mujer es el eje de la familia, y que la impronta como madre la puede llevar a ser conciliadora, mediadora y protectora, sin que por ello tenga que descuidar su luz como persona individual; es más: cuando una mujer se ha preservado como tal, al poner esmero en esta particularidad, llega a enriquecer el orbe social donde se ubica.
Desde mi punto de vista, en el momento en que una mujer descuida su feminidad en beneficio de su rol, muchas veces asistido por un vuelco hacia la vanidad social que impregna de lleno nuestro tiempo, puede perder su ingenio femenino, la perspicacia y sensibilidad inherentes a su naturaleza, que son cualidades imprescindibles para el equilibrio humano. Un hombre sensible no sólo las valora, sino que se nutre permanentemente de ellas, ayudándole a su vez a que despierte su inspiración y su capacidad amorosa. Dice un antiguo dicho tántrico que «el dios Shiva sin la luz de la diosa Shakti, termina por conducirse como un cadáver».
La dignidad de todo ser humano reside en él mismo, por lo que para que brote una personalidad estable todo individuo debe aprender a escuchar su corazón y no traicionarse en favor de posturas aprendidas y movidas por intereses partidistas.
«Te doy gracias mujer por el hecho mismo de ser mujer. Con la “intuición” propia de tu feminidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas».             (Karol Wojtyla)

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