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RELATIVIZAR Y ASUMIR

RELATIVIZAR Y ASUMIR

 Borges decía que «el humor es la respiración del cerebro» y yo añado que la asunción es la del corazón. Si el humor nos ayuda a relativizar toda situación, a ser capaces de no otorgarle peso a los dilemas que nos proporciona la vida, a experimentar desde una óptica optimista que resuelve liberando la carga emocional que el Yo involucra a los acontecimientos de la vida, asumir las situaciones y a los demás tal y como son nos instala en la zona cálida del espíritu.

relativizarSin embargo, la mayor parte de individuos no están preparados para ello. Nos educan para incorporar un gesto adusto y afectado a aquello que el Yo no logra asumir. Y desde ahí el humor se agria y el sentimiento entra en la caverna del inconformismo y la animadversión. Lo verdaderamente significativo de esta cuestión es que, aunque lo estemos padeciendo como un contingente inestable, tendemos a justificarlo, culpando a los demás de nuestra lamentable situación y eligiendo la pena y la crítica hacia lo que desde afuera no nos llega como hubiéramos querido.

El problema es que el individuo común no aprecia el sentido causal de cada situación. Esto significa que cada síntoma de la vida se convierte en una proposición de superación consciente. Al no lograr identificar la anécdota desde esta perspectiva, el Yo involucra en ella la reactividad molesta que suscita su propia interpretación. En una experiencia que logramos registrar en lo que se denomina la retrospección lenta «post mortem», llegamos a una significativa conclusión: que la mayor parte de situaciones inconclusas que la conciencia reconoce en el campo astral, una vez que la persona ha muerto, guardan relación con este tipo de engramas carentes.

Todo engrama es una huella precisa en el subconsciente —sea traumática o no— que el alma acumula, lo que nos da a entender que cuando no logramos trascender una situación, en el instante en que el Yo personal le está otorgando una pesadumbre y una desazón que el sujeto no logra superar, no sólo sufrimos una herida abierta en nuestra personalidad, sino que el alma humana se lleva sin remedio a la otra vida esa secuela de dolor e incomprensión. Y ahora os pregunto: ¿si eso fuera así, qué importancia tiene para el sujeto que se hace consciente de esto los juicios de valor, la crítica y el merodeo sistemático en torno a lo que esperábamos de la situación y no se ha dado? Cuanto más nos demoramos psicológicamente en el resultado doloroso de la prueba no sólo estamos refrendando nuestra incompetencia para superarla, sino que además le suministramos al alma una carga de malestar que le impide madurar.

¿Qué nos llevamos realmente de esta vida? ¿Qué tipo de condiciones son las que en verdad nos enferman, tanto en relación a nuestro campo vital como a nuestra alma humana? Podremos elaborar múltiples argumentos a favor del dolor y la identificación mental con aquello que nos pesa, mas lo realmente trascendente es comprender que emocionalmente no hemos superado la prueba.

Superar las pruebas de la vida requiere de una capacidad consciente que nos autorice a relativizar todo fenómeno o situación. Cuando somos capaces de reírnos de nosotros mismos, de caricaturizar al sujeto incómodo frente a otra persona o situación, de observar desde una apropiada distancia la pantomima y el gesto torpe con el que tiende a reaccionar nuestro Yo, le estamos quitando crédito al amor propio. Ese elemento reactivo que denominamos «Ego» se nutre de nuestra menoscabada emoción. ¿Decides pues alimentarlo de continuo con una disposición díscola y, en consecuencia, débil? Muchos de aquellos que pueden leer esto no comprenderán aún la trampa mecánica en la que habitualmente sucumbe su «Ego»; y esto es así porque se encuentran tan acostumbrados a reaccionar ante los estímulos directos, que no pueden apreciar la salud que comporta la relativización y el buen humor.

Por otro lado, asumir la situación tal y como es, comprender de lleno a una persona que se muestra ante nosotros díscola, engreída, atrapada por cualquier gesto inconsciente, requiere de una fuerza emocional que la mayor parte de individuos no han alcanzado. Lo significativo del asunto no es establecer una valoración personal sobre el grado de asunción que tenemos, sino más bien darnos cuenta de ello y, en definitiva, comprender que la identificación molesta afecta a nuestra alma. En el instante en que me digo: ¡he suspendido la prueba!, ya estoy en disposición de aprender. Mas si por el contrario no observamos en una relación conflictiva el movedizo talante y la inconsciente molestia que cría enfermedad, no podremos preguntarnos abiertamente: ¿qué puedo aprender de esta situación? Cuanto más culpas al otro más acrecientas el sector doloroso en tu alma; y la suma de estas resistencias son, sin duda, el rosario de heridas que tendremos que recapitular tras la muerte. Ese será nuestro equipaje; esa será el obsequio que ofreceremos mustios ante la calavera retadora de Caronte.

                                    Extracto del libro «Resplandor y brisa» (los parámetros de la conducta) de Antonio Carranza

P.V.P.- 15 euros.

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