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TEMAZCAL: LA LUZ Y SUSTANCIA DE LA MADRE

TEMAZCAL: LA LUZ Y SUSTANCIA DE LA MADRE

¡Por todas nuestras relaciones!

El concepto de hermandad se manifiesta de forma esplendorosa en el temazcal, ya que él representa el seno de la Madre de donde parten todas las criaturas. Este ritual ancestral solicita una nueva gestación, en la que el alma humana ingresa de nuevo en la matriz de la Madre para poder ser alumbrada a una nueva vida. El temazcal integra una unidad energética que vibra en un solo tono, en la frecuencia armónica que prevalece en el interior de la Naturaleza.

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Cuenta la leyenda que el Gran Espíritu hizo dos muñecas de arcilla y las puso en el suelo. Después se colocó a su lado y sudó por mucho tiempo hasta que las muñecas se convirtieron en personas vivas. Una de ellas se dirigió hacia el oeste, decidiendo encantarse con las diferentes sensaciones e ilusiones que otorga la vida. Esta criatura se quedó sumida en el sueño. La otra se dirigió hacia el este, y fue así que comprendió cómo la aurora hace fecunda en la mañana todas las cosas vivientes. El contacto con los primeros rayos de sol le brindó el anhelo de superación y salud, por lo que se convirtió en iniciado y aprendió a estimar con devoción el influjo de la Madre. El iniciado hace su ofrenda en el Temazcal para mostrar su gratitud por ser creado, para regenerar todos sus campos energéticos y, asimismo, para recibir de la Madre el don de la asistencia, un atributo de amor que sólo puede obtenerse cuando trascendemos el deseo ordinario y nuestros hábitos mentales. El iniciado no puede comulgar con las fuerzas del Universo mientras su mente se encuentre atrapada en la ilusión de lo que quiere y espera de la vida, por lo que aquellos que experimentan este ritual de alto grado interpretándolo según sus creencias o bien sus aspiraciones, cierran el alma al sortilegio de la Madre. El temazcal, por tanto, requiere abandono y confianza, no sólo en el chamán que oficia, sino en la misma Naturaleza que opera en el hervor de la regeneración.
Hace tiempo, en aquellos días en que las personas y los animales danzaban juntos, el Gran Espíritu consintió en que todos entraran en la Casa Sudor para dar nombre y sustancia a cada uno de ellos. Antes de comenzar el ritual divino, a todos les habló: «Nosotros hemos estado en la Tierra un rato largo, pero no estaremos más tiempo en la condición presente. Unas personas diferentes están viniendo a vivir aquí y hemos de dejar que ellos resplandezcan. Debemos partir, mas para que ustedes puedan merecer esta gloria, les dejamos como regalo la Casa Sudor, para que en ella la Madre los regenere y lleguen a alcanzar la Gran Salud.
Muchos de ustedes no estarán dispuestos o preparados para esta aventura, por lo que cada uno decidirá a partir de ahora permanecer al margen de la Madre o poder ser nutrido por Ella. Tienen que decidir».
Fue así cómo el alce aceptó el regalo, recibiendo su nombre y saliendo empapado de luz de la Casa Sudor. De allí también brotó el águila, volando hacia las grandes alturas para anunciar el lucero de la mañana. Entonces la urraca azul dijo en la Casa Sudor que deseaba ser un águila, y el Gran Espíritu le dio la oportunidad de serlo, permitiéndole volar. La urraca azul intentó imitar el vuelo fácil y elegante del águila, pero no guardó su equilibrio y batió pronto sus alas. El Gran Espíritu dijo al fin: «una urraca azul es una urraca azul. Tendrás que estar satisfecha con lo que eres. De la Casa Sudor surgirán criaturas de todo tipo: unas serán fuertes y otras débiles; las habrá valientes y generosas, mas también deberán de existir las que temerosas se agazapen entre las malezas».
Cuando el oso avanzó, el Gran Espíritu lo nombró vigilante de los bosques, animal feroz para las personas y demás animales. A todos dio nombre y función pública el Gran Espíritu, menos al coyote. Una vez que todos los animales se dispersaron por el bosque, el Gran Espíritu llamó al coyote y le dijo: «Has sido sabio y hábil, un animal temido, y a ti te daré la misión más especial de todas: aullarás a la luna para que los humanos puedan recordarme. Será así cómo ellos elijan lo que quieran ser. Podrán convertirse en taimados como el puma, en feroces como el oso; podrán imitar el silbido de la serpiente, mas también algunos pocos decidirán volar como lo hace el águila y entrarán en la Casa Sudor para lograrlo». De esta forma el coyote se sintió satisfecho por su cometido, aullando a los cuatro vientos para dar sentido y luz al camino.
El Gran Espíritu se dispuso a irse para siempre de este mundo, dejando la Casa Sudor al cuidado del hombre precavido. Antes de partir le dijo: «a todos he dado su nombre y su cometido, mas serás tú el que vele por este recinto. No permitas que personas desagradecidas entren a él, ni aquellos que no desean sudar, cuya fuerza y poder la buscan con el pensamiento. Sólo le daré el poder a los piadosos que anhelen sudar y empaparse con la luz de la Madre, a los elegidos de noble corazón que comprenden el Gran Sacrificio.
Y fue así como el hombre precavido se hizo chamán y custodiador de la Casa Sudor, y habló con las piedras, y se hizo hermano de los árboles y los frutos de la Tierra, sabiendo que su verdadero espacio estaba alentado por el Gran Espíritu. Nunca más temió cosa alguna, y sirvió de puente y canal a los ancianos y ancianas de larga vida, a aquéllos que soplan en el vientre de la Madre. Convino sabiamente los elementos en su corazón, y la Gran Salud pudo habitar entre los humanos.
Los iniciados emprenden el gran viaje cuando en verdad están preparados, cuando confían y dejan de temer. En el interior del Temazcal se transita el rumbo del Universo, en el Gran Aliento del vapor de la Madre. ¡Oh iniciado, no temas la brasa ardiente, pues es la respiración con la que la Madre te alumbrará a una nueva vida. El trastorno es necesario pues forma parte de la sanación de tu alma. Jubiloso, deposita con fe tus ofrendas en la Casa Sudor y el Gran Espíritu consentirá tu renacimiento!
                                                                          Por Antonio Carranza (Basado en un antiguo texto chamánico)
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